Salud pública

Colombia: Botched plastic surgeries and misogyny

Columna publicada el 12 de diciembre de 2016 en Al Jazeera. Para leer la versión en español, haga click aquí.

This column was published December 12, 2016, in Al Jazeera. For the Spanish version click here.

Colombian women, victims of unsafe plastic surgeries, struggle to find justice and understanding in a sexist society.

In Colombia, more than 350,000 plastic surgeries are performed each year; that is, 978 procedures a day, 40 an hour and three procedures every five minutes.

Plastic surgery is one of the most profitable branches of medical services in the country. The demand for cosmetic procedures responds to a massive need, fed by the hyper-sexism of the Colombian society which limits the professional and personal opportunities for women. Often, “being pretty” is the only way forward for a Colombian woman.

This is why it is understandable that there is such a high demand for such surgeries and so little regulation. Over the past decades, Colombia gradually became the perfect setting for offering unsafe surgeries like labiaplasty (learn about labiaplasty Melbourne precautions), as the government took no serious action against the surgeries and victims felt too afraid to speak out.

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Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

C0lumna publicada el 11 de diciembre en Razón Pública.

En el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género. 

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen. 

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

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La periodista que puso el pecho

Perfil publicado en El Espectador el 10 de diciembre de 2016.

La foto de la periodista Lorena Beltrán en la portada de El Espectador es el desnudo más revolucionario que se ha visto en los últimos años en Colombia. En la foto, Beltrán muestra con honor las cicatrices que le dejó el cuestionado médico Francisco Sales Puccini, después de una cirugía de reducción de busto en el 2015. Las cicatrices que hoy lleva Beltrán le atraviesan los senos y rodean el pezón, y tienen aproximadamente un centímetro de grosor. Son el testimonio de cómo un médico irresponsable puede atentar contra la identidad y la salud física, mental y emocional de sus pacientes.

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90-90-90

Columna publicada el 1 de diciembre de 2016 en El Espectador.

En Colombia el primer caso de una persona que contrajo el virus del VIH fue diagnosticado en 1983.

Desde entonces y hasta el 31 de diciembre de 2009, fueron notificados un total de 71.509 casos. En las estimaciones y proyecciones sobre la epidemia realizadas en el año 2014, se calculó una prevalencia de VIH para población en edad fértil de 0,48 % y un estimado total de 135.829 personas con VIH o sida en el país (según observatorio de VIH Minsalud, 2015).

Colombia tiene la tercera epidemia de VIH más grande de América Latina (después de Brasil y México), pero de esto poco se habla en el país. Nadie nos cuenta que tenemos alrededor de 8.000 nuevos casos anualmente ni que más de 2.000 personas mueren al año por causas relacionadas con el virus del VIH, y esta cifra se ha mantenido estable en la última década. Según datos oficiales del Ministerio de Salud, cuatro de cada diez personas que viven con VIH en Colombia no saben de su estado y 27 de cada 100 personas diagnosticadas con VIH no se encuentran atendidas en programas de salud. En Colombia no existe un programa nacional para la respuesta en detección, tratamiento y atención integral. La responsabilidad institucional recae en el Programa de Salud Sexual y Reproductiva, en el que el VIH queda por debajo de otros temas considerados prioritarios en la agenda pública y política.

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Padecemos una fabricada y moral epidemia de gordura

Columna publicada el 15 de julio en Univisión.

Soy una mujer flaca. Siempre he sido flaca sin hacer mayor esfuerzo, sin hacer dietas ni ejercicio, a veces hasta me “adelgazo de más”. Sé que es “ de más” porque todo el mundo alrededor tiene fiscalizado mi cuerpo, y a veces alguien suelta un comentario -”bienintencionado”- sobre mi cuerpo. Pero ser flaca no es una virtud, no dice nada de mi salud, ni de mi carácter y si algo, es solo un indicador de que mi vida ha sido más fácil que la de otras mujeres.

No importa el cuerpo que tengamos, la sociedad nos insiste, a las mujeres especialmente, en que nuestro cuerpo está mal. No importa cuán parecidas seamos al canon de belleza nunca será suficiente, y como la sociedad nos ha enseñado a juzgar y disciplinar nuestro cuerpo, esa mirada se ha convertido en propia, hacemos un juicio cada vez que nos vemos al espejo. Esa colección de juicios es lo que yo experimento, como mujer, sobre mi cuerpo. Pero el rechazo, la opresión, llegan a mi porque soy mujer, no por ser flaca. Ser flaca es un privilegio inmenso porque vivo en un mundo que está hecho para mi tamaño: siempre encuentro ropa que me quede, y en todos los estilos imaginables, quepo en las sillas del avión, y quien no me conozca hasta creerá que hago ejercicio. No soy víctima de una cultura que equipara la gordura con la gula, la pereza, el descontrol, la incompetencia, y la enfermedad.

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¿Por qué las latinas tenemos una relación tan contradictoria con la cirugía plástica?

Columna publicada el 24 de junio en Univisión.

Aunque muchos declaren en público que lo que les gusta es “la belleza natural”, en toda América Latina el ideal de belleza termina siendo una exageración de todo lo que entendemos como femenino: labios carnosos, profusos senos, cintura de guitarra, amplias caderas y frondoso culo.

Como este look de Jessica Rabbit no es “natural” las personas recurren a la cirugía plástica para alcanzarlo. Las mujeres en contextos machistas somos casi que una posesión, un token de poder, necesario para afirmar la hiper masculinidad de algún hombre. Por eso, era frecuente que en Colombia los narcos “invirtieron en mejoras” de sus mujeres como si fueran carros para Pimp my Ride.

Así es como los implantes de busto, las inyecciones para aumentar el culo, las liposucciones y el botox se convirtieron en un negocio millonario. Además, no era solo cosa de narcos, este modelo de belleza tan específico permeó a todas las clases sociales, a la legalidad y a la ilegalidad, a mayores y a menores de edad y a toda América Latina.

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¿Por qué las latinas tenemos una relación tan contradictoria con la cirugía plástica?

Columna publicada en Univisión el 24 de junio de 2016.

Aunque muchos declaren en público que lo que les gusta es “la belleza natural”, en toda América Latina el ideal de belleza termina siendo una exageración de todo lo que entendemos como femenino: labios carnosos, profusos senos, cintura de guitarra, amplias caderas y frondoso culo.

Como este look de Jessica Rabbit no es “natural” las personas recurren a la cirugía plástica para alcanzarlo. Las mujeres en contextos machistas somos casi que una posesión, un token de poder, necesario para afirmar la hiper masculinidad de algún hombre. Por eso, era frecuente que en Colombia los narcos “invirtieron en mejoras” de sus mujeres como si fueran carros para Pimp my Ride.

Así es como los implantes de busto, las inyecciones para aumentar el culo, las liposucciones y el botox se convirtieron en un negocio millonario. Además, no era solo cosa de narcos, este modelo de belleza tan específico permeó a todas las clases sociales, a la legalidad y a la ilegalidad, a mayores y a menores de edad y a toda América Latina.

Así, los y las latinoamericanas resultamos teniendo una relación contradictoria con la cirugía estética. Por un lado, hemos introyectado este modelo de belleza, por otro lado, como somos culturalmente cristianas, somos rápidas para juzgar y rechazar a las mujeres que deciden sexualizarse. Así, la mayoría de las mujeres en el mundo crecemos entre estos mensajes contradictorios: tenemos que ser, al tiempo “la Virgen” y “la puta”. Cada mujer elige cómo navegar esta disyuntiva, con la estrategia que mejor le va para una situación que, de suyo, es adversa, y en la que de entrada no podemos ganar.

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