8 de marzo

Camellando

Columna publicada el 11 de marzo de 2017 en El Heraldo.

El año pasado la artista plástica y cantante colombiana Lido Pimienta, quien se mueve entre Londres y Toronto y es una de las artistas pop más prometedoras de la escena contemporánea, hizo un cover de la canción Work, de Riahnna, usando el lenguaje coloquial barranquillero y muchos de sus recuerdos de cuando vivió en esta ciudad.

La canción se llama “Camellando” y retoma las historias que le contaban las vendedoras de las calles, de empanadas, de jugo de naranja, muchas veces acompañadas por sus hijos, trabajando de sol a sol. Las mujeres le contaba a la artista, una y otra vez, la misma historia: que trabajaban tanto, usualmente para mantener a un hombre y mantener una familia, en su coro repite el estribillo “camellando, camellando, camellando, me la paso camellando y tu vagabundeando” y hace referencia a esos hombres, mantenidos por estas mujeres trabajadoras, flojos, infieles, dormilones, dispuestos a irse con otra para afirmar su masculinidad, mientras ellas trabajaban, o hacer largas siestas, con la tranquilidad de tener a su lado mujeres decididas a proveer.  “Yo sé que tu me quieres, a tu manera tu me quieres” canta Pimienta, retomando los testimonios de estas mujeres que intentan excusar el comportamiento de sus parejas, de justificar ese amor inmerecido que reciben.

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El cuidado es trabajo

Columna publicada el 2 de marzo de 2017 en El Espectador.

“Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”. No lo dice Pambelé, Lo dice Virginia Woolf en su célebre ensayo feminista Una habitación propia. Pensar, soñar, parecen actividades baratas, pero son carísimas: su prerrequisito es tener las necesidades básicas garantizadas (algo que pocos, pero especialmente pocas, tienen en este país); y no sólo eso, también se necesita tiempo libre. Algo que históricamente las mujeres no hemos tenido, porque hemos estado encargadas del funcionamiento de los hogares, de la comida, de la reproducción, la crianza y la educación. Virginia Woolf fue la escritora prolífica que fue porque pudo mandar al carajo todas esas obligaciones. Pero no porque “fuera una rebelde”; también y sobre todo, porque era de una clase social que podía pagar por los trabajos de cuidado y de servicio, porque tenía propiedades, dinero para comer y vestirse asegurados y un marido que le permitía tener esa habitación propia (otros maridos recluían a sus esposas “creativas” por “locas”). De nada sirve tener la mente de Virginia Woolf si no se tienen todos esos privilegios.

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8 de marzo: ¡Nosotras paramos!

Columna publicada el 23 de febrero de 2017 en El Espectador.

Imaginen que de un momento a otro desaparecen todas las mujeres: el mundo, como lo conocemos hoy, colapsaría. Y no porque los hombres sean del todo inútiles o las mujeres imprescindibles, sino porque es el trabajo invisible de las mujeres lo que sostiene la economía en todas las sociedades humanas.

Lo primero que causaría el gran colapso es la división por género del trabajo. Las mujeres hacemos casi todos los trabajos de cuidado y crianza, somos las profesoras, las enfermeras, las secretarias, todos campos mal pagados y poco apreciados, pero sin los cuales no funcionarían ni las empresas, ni los hospitales, ni los colegios. Claro, habría médicos (cuyos pacientes morirían en el quirófano porque nadie desinfectó la mesa ni les pasó el bisturí) y jefes (que no tendrían ni idea de cómo funciona la oficina en realidad) y ni hablar de los bebés y los ancianos, que no durarían vivos más de dos días sin profesoras y enfermeras. También está el trabajo doméstico, que casi en su totalidad, en el mundo, está realizado por mujeres (usualmente de bajos recursos) y sin el cual nuestras vidas y rutinas laborales sencillamente no funcionan. No hay mujer exitosa (ni hombre) que no haya construido esos éxitos desde el privilegio de poder delegar en otra mujer (empleada, madre, abuela) el funcionamiento de un hogar.

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¿Es relevante el feminismo en el siglo XXI?

Columna publicada el 8 de marzo de 2016 en Univisión.

¿Es relevante el feminismo en el siglo XXI? Es la pregunta más repetida para en este 8 de marzo, Día de la Mujer. La respuesta sencilla son cifras como estas:

● 1 de cada 3 mujeres ha sufrido violencia sexual, la mayoría a manos de su compañero sentimental,

● 800 mujeres mueren cada día por causas relacionadas con el embarazo que pueden evitarse

● ganamos entre 10% y 30% menos que los hombres (por supuesto la brecha es más grande si no eres blanca, o si eres migrante),

● Solo el 50% de las mujeres en el mundo tiene un empleo remunerado, aún no nos reconocen la cantidad de horas extra que dedicamos al trabajo doméstico, trabajos de cuidado o de reproducción,

● Aunque tenemos el voto hace más de 50 años (en la mayoría de los países), la representación política sigue siendo muy baja y apenas el 22% de las parlamentarias del mundo son mujeres,

● y el 46% de las noticias en la prensa refuerzan estereotipos de género.

Entonces, ¿Por qué, ante cifras tan contundentes, todavía hay quien piensa que las conquistas de los derechos de las mujeres son cosa resuelta y del pasado? ¿Por qué muchos no ven la desigualdad que enfrentamos las mujeres?

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Feminismos latinoamericanos: coordenadas mínimas

Ensayo publicado el 23 de febrero de 2016 en Horizontal.

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En 2016 se cumplen 100 años del Primer Congreso Feminista de Yucatán, 100 años de feminismo organizado en México. Aunque en ese entonces el país estaba en plena Revolución y era muy mal visto, además de peligroso, que una mujer viajara sola a alguna parte, 617 valientes asistieron y demostraron que las mexicanas estaban perfectamente capacitadas para participar en debates públicos.

Sin embargo las mujeres fueron excluidas del constituyente del 17, con el cuento de que en los requisitos fijados en la Constitución de 1857 decía que para ser diputado se requería ser mexicano (cuando conviene, los pronombres masculinos o neutros nos incluyen a todas, y cuando no, pues no). Con este argumento se le negó la posibilidad de ser diputada a Hermila Galindo, promotora del sufragio universal, la educación laica y de que las mujeres tuvieran información sobre salud y sus derechos sexuales y reproductivos.

¿Cuánto hemos avanzado en estos 100 años? ¿Hemos construido algo que podamos denominar “feminismo latinoamericano”? Son preguntas amplias y sus respuestas son tan múltiples como los feminismos latinoamericanos. A continuación les propongo algunas claves para contestarlas.

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