Barranquilla

Arroyo peligroso

Columna publicada el 4 de junio en El Heraldo.

Esta semana se entregaron las obras de canalización del peligrosísimo y muy tradicional arroyo de la 84.

Todos los barranquilleros sabemos que a los arroyos no se los subestima: lo que parece una corriente segura puede cambiar en cualquier momento, y por eso, la ciudad se paraliza cuando llueve y los niños y niñas aprendemos a rezar pidiendo que llueva para no tener que ir al colegio. El culmen de nuestra adaptación cultural es nuestra particular señal de tránsito: un carro hundiéndose en una corriente y bajo la lluvia, y las palabras “Arroyo peligroso”.

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Isocromática

Columna publicada el 16 de abril de 2016, en El Heraldo.

Los primeros 100 días del reincidente alcalde Alejandro Char en la ciudad de Barranquilla han sido la luna de miel de la unanimidad. Según muestra La silla Caribe, en Barranquilla no hay ningún tipo de oposición política y hasta los del Polo son vargaslleristas. 21 de 21 concejales están alineados con la administración Char y le aprueban todos los proyectos que presenta. La suma de sus últimas propuestas llega a los 1,6 billones de pesos para realizar obras, comprometiendo vigencias fiscales futuras, que sí, parecen ser urgentes y necesarias para la ciudad pero cuyo desarrollo no se presenta con transparencia. Sin embargo, lo que es raro aquí es que no es común que a alguien le suelten tanta plata, ni tan fácil, ni sin que sea claro si pertenecen al Plan de la administración de Elsa Noguera o al de Alex Char. Tanto dinero se justifica en obras necesarias para la ciudad, pero nadie habla del altísimo riesgo de endeudar a la ciudad que, aunque contó con el buen manejo financiero de la alcaldesa Noguera, todavía está en deuda. Pero bueno, digamos que todo, todo, se arregla con Old Parr.

Y no es que Char sea un mal alcalde. Es un tipo encantador que pasa del bordillo al coctel del Country Club. Encarna al barranquillero aspiracional y por eso nos cae bien a todos. Y sí. Ha hecho cosas. Lo que se nos olvida a los colombianos es que “hacer cosas” es lo mínimo que debe hacer un alcalde, y que somos nosotros, los ciudadanos, los encargados de ponerle los límites a cada administración. La unanimidad que rodea a Char inhibe el debate ciudadano, y eso, les aseguro, es lo peor que le puede pasar a la ciudad. ¿Qué es lo que no vemos en esta fantasía dionisíaca? ¿Qué pasa cuando no somos críticos con la ciudad? Por ejemplo: ¿cómo es que nadie se queja de la medida de militarizar Barranquilla? En cualquier otra ciudad, como Medellín o Bogotá, el debate habría sido álgido. En cambio aquí no pasó nada, y eso es especialmente absurdo porque esta es una ciudad que, tradicionalmente, se ufana de “mediar con cheveridad”.

En el momento en que llega un arma, se acaba esa “cheveridad”.Es una tristeza que una ciudad que se fundó bajo los valores de la apertura y la irreverencia, una Barranquilla con ‘meke’, haya terminado por morderse la cola. La rebelde y transgresora burguesía de ayer se convirtió en la aristocracia apoltronada de hoy, y ahora somos coloniales, conservadores, tradicionalistas (y en el peor de los sentidos). Se nos olvidó lo que era estar sentados en una mata de cadillo.Una fuente le dijo a La Silla Caribe que irse contra el alcalde es como irse contra el Junior. Y ya saben, que los barranquilleros somos ¡trojeros, junioristas, olimpiquistas! (Hasta yo lo digo hinchando pecho, pero no sin olvidar que Olímpica Estéreo, y hasta el Junior son de los Char). Somos ¡isocromáticos, mi rey! Y sí, porque imagínense que isocromático significa “del mismo color”. Miren qué tristeza, nosotros, los corronchos, los multicolores, los caleidoscópicos, nos alineamos a la camisita Polo rosada y terminamos “ique de isocromáticos”. ¡Ñeeeeee!

Cirugía con un sable

Columna publicada el 31 de octubre de 2015 en El Heraldo

Hace años los barranquilleros nos ufanábamos de tener una ciudad tranquila y feliz. Fue sorprendente que la brutal violencia del narcotráfico fuera mucho menor en Barranquilla. Sin duda, tuvimos miedo, pero no fue nada comparado con lo que vivieron Bogotá, Cali o Medellín. En tiempos de La Violencia, con mayúsculas para diferenciar el periodo de la violencia perpetua que ha tenido Colombia, Barranquilla fue un remanso. Al punto que, en 1950 y 51, mientras en otras ciudades del país se hablaba del “corte de corbata”, aquí se publicaba la revista Crónica, y los intelectuales podían darse el lujo de hablar de deporte y literatura, de irse a tomar y conversar a La Cueva, dando origen al modernismo colombiano.

Por eso, al principio fui escéptica ante las historias de atracos en Barranquilla. No fue sino hasta que, en vísperas de Carnaval, un tipo en una moto le sacó un arma a mi mamá para robarle la billetera y el celular. Eran las siete de la noche en el barrio Boston. La cosa no pasó a mayores, pero nos quedó claro que ahora en Barranquilla toca “cuidarse”. Esa sensación de inseguridad fue uno de los motores del voto para la Alcaldía, y, cómo no, todas las campañas para la Alcaldía lo capitalizaron. Días antes de su elección, el electo alcalde Char dijo que “si la Policía no puede garantizarles la seguridad a los barranquilleros, pediré al Ejército que salga a las calles a ayudar”.

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Trece años

Columna publicada el 18 de octubre en El Heraldo.

Acaban de caer dos redes de trata y explotación sexual de niños (especialmente niñas) y adolescentes en Barranquilla y Cartagena. Las autoridades también lograron desmantelar una red en Armenia que estaba vinculada a anillos de trata en la región cafetera y que enviaba a las víctimas a la costa Caribe. En Barranquilla parece que la red de proxenetas buscaba a las niñas en colegios, centros comerciales, redes sociales, y alcanzaron a cooptar a más de 200 adolescentes entre los trece y diecisiete años que promocionaban como “vírgenes”, usando fotografías de sus genitales para concretar servicios de hasta seis millones de pesos. Mientras tanto, en Cartagena, las autoridades realizaron un operativo en Islas del Rosario, donde se celebraba una fiesta con 25 menores de edad que habían llegado engañados y drogados al lugar. Al parecer esta red usaba la fachada de una academia de modelaje con sede en Bocagrande y manejada por la ex reina de belleza popular Kelly Suárez.

Estas capturas recientes muestran cómo han evolucionado las tácticas empleadas por las redes de trata para captar menores y cómo la “subasta de la virginidad” se ha convertido en un problema gigante que amenaza a las niñas y niños de todas las regiones del país. Medellín, Cartagena, Pereira, Barranquilla y Cali ganan cada día más renombre como centros de prostitución infantil y como ciudades de origen y destino para la trata de menores con fines de explotación sexual. También es claro que muchas de las empresas legítimas relacionadas con el turismo, como hoteles y agencias de viaje, y trabajadores independientes (como taxistas que ofician de reclutadores y proxenetas) sirven como facilitadores del abuso infantil e incentivan la prostitución forzada. Eso sin contar las muchas ‘agencias de modelaje’ o de ‘citas para extranjeros’ que se han convertido en fachadas recurrentes para este tipo de delitos. Según Insight Crime, en Colombia hay al menos 35.000 menores de edad que son explotados sexualmente.

A pesar de la alarmante situación, aún hay quienes dicen que el problema es inventado, como la secretaria de Participación Social y Desarrollo, Rocío Castillo, que afirma que “en Cartagena no existe turismo sexual porque aquí no vienen los turistas a eso”. Castillo cree que la explotación sexual a menores (un hecho innegable) existe, pero que no está relacionada con un “imaginario” turismo sexual. ¿Quién cree que son los clientes que abusan de estos niños y niñas? A la indolencia y negación de muchos funcionarios se suma que el Estado difícilmente cumple la Ley 985 de 2005 de asistencia a víctimas. “El Estado colombiano no garantiza integralmente los derechos de las víctimas de trata, por lo tanto las víctimas regresan al mismo contexto de vulnerabilidad donde fue captada, o a uno peor. Las víctimas por serlo no dejan de tener derechos ni se pueden volver la prueba de los casos penales”, dice Ariadna Tovar, directora legal y de incidencia regional para Women’s Link Worldwide.

Ni el Estado ni la ciudadanía pueden negar el problema de la trata y explotación sexual (esclavitud) que enfrentan las niñas y niños de Colombia. De nada sirven las capturas mediáticas si en contextos políticos se sigue negando el problema, si no se les da atención adecuada y garantías a las víctimas y si la ciudadanía sigue viendo la prostitución infantil como algo normal y hasta necesario, mientras da vueltas felices en la pista de baile sin escuchar a Wilfrido Vargas que le canta “eeeeella, llegó por engaños, tiene trece años, el maquillaje la ayudó”.