Ciudad de México

¿Qué es “de hombres”?

Columna publicada el 21 de abril de 2017 en la Revista Vice.

Una campaña contra el acoso callejero invita a los hombres a rechazar este comportamiento. Pero, ¿en verdad está cumpliendo su objetivo?

Una campaña contra el acoso callejero lanzada recientemente invita a los hombres de la ciudad a rechazar el acoso diciendo que eso “no es de hombres”. Lo cual nos deja con una profunda pregunta ontológica: ¿Qué es lo que sí es “de hombres”? ¿Fumar Marlboro mientras montas a caballo? ¿Comer carne asada? ¿Usar un desodorante “extremo” para tu día lleno de aventuras? ¿Patinar las llantas del carro? Yo sueño con que la respuesta sea “nada”, porque nada es de un género o de otro; esa división es absurda. Pero a juzgar por esta campaña, estamos lejos de esa respuesta.

#NoEsDeHombres ha sido presentada a los medios internacionales como un éxito cuya clave está en por fin hablarles a los hombres (algo que las feministas llevamos pidiendo desde hace años). En una columna publicada en Animal Político, Ana Güezmes, representante de OnuMujeres en México, cuenta que la campaña —creada por la agencia de publicidad J.Walter Thompson— fue retomada en los medios de comunicación de más de 15 países alrededor del mundo; tuvo 400 menciones en medios internacionales, nacionales y locales; y más de 20 millones de reproducciones de videos en las diferentes redes sociales. Sin duda un éxito publicitario, si éste se mide solo a partir de reproducciones y menciones. Pero ¿así es como se debe medir el éxito de una campaña impulsada por un órgano como la ONU y presentada también por un órgano gubernamental como Inmujeres CDMX? Más importante aún: ¿Tuvo algún impacto en lo que al acoso se refiere?

La campaña parte de una premisa correcta: en vista de que la abrumadora mayoría de los acosadores son hombres, hay que hablarle a los hombres. Esto es un reclamo que surge desde el feminismo desde hace rato, y ya empiezan a verse campañas dirigidas a los agresores, y los que pocos ejemplos que tenemos no alcanzan a atinarle. ¿Qué está fallando?

En Colombia, la Secretaría Distrital de la Mujer en Bogotá acaba de lanzar una campaña bastante buena, orientada a promover masculinidades alternativas, en donde varios hombres, diversos, con quienes muchos tipos de colombianos pueden identificarse, cantan que son “hombres sin vergüenza“: “sin vergüenza de lavar, de planchar, de cuidar a los hijos” y la campaña añade “hacerlo con esmero y amor”. La cosa va de maravilla hasta que la canción cierra con el estribillo “soy un hombre de verdad”. Esta no alcanza a ser una campaña perfecta, pero al menos apunta a construir masculinidades solidarias y amorosas.

También está el pésimo ejemplo del comercial que la cerveza Tecate lanzó el año pasado, cuyos errores coinciden con la campaña #NoEsDeHombres, quizás porque ambas fueron engendradas en el mundo publicitario, un gremio machista (sí, el acoso sexual es pan de cada día), que además ha aprovechado el machismo, históricamente, para venderle cosas a la gente. Así nació la brillante idea de que las mujeres en bikini venden cualquier producto: tetas = líbido = hombres que gastan plata. O esta gran idea: aprovechar el machismo de los hombres para venderles respeto por las mujeres. Sólo que… un momento, ¡eso es imposible! Porque no se puede ser feminista sin antes deconstruir el machismo. Para los derechos de las mujeres no aplica la misma ecuación publicitaria, una ecuación que, dicho sea de paso, subestima y ridiculiza a los mismos hombres.

La campaña #NoEsDeHombres tiene cuatro partes: una se llama Pantallas, en donde graban culos de hombres, en el metro, como si los estuvieran morboseando, y los muestran en las pantallas. Los hombres ríen nerviosos, pero el ejercicio no alcanza a mostrarles la vulnerabilidad que nosotras sentimos. Luego está una intervención en una silla del metro, a la que le pusieron pectorales y el relieve de un pene. Como mujer heterosexual alcancé a entender el objetivo: mostrar ese asco que uno siente con los arrimones de los tipos en el espacio público. Pero esos arrimones son intimidantes no porque se sienta el relieve de un pene, sino porque no son consentidos. Los hombres del metro no rechazan la silla-pene porque recuerden algún avance sexual no consentido, la rechazan porque sentarse en un pene equivale a ser homosexual, a ser penetrado, a feminizarse, y eso, como lo confirma la práctica del albur, es a lo que más temen los machos mexicanos. Pero entonces la silla no comunica nuestra vulnerabilidad, solo aviva su homofobia. Finalmente la campaña tiene unos carteles con fotos de hombres con mirada lasciva, sucios, que se ven como malandros, como si los señoritos elegantes tipo los Porkys no fueran igual de amenazantes. Retratan a los hombres como seres decrépitos y asquerosos, con quienes los hombres reales que usan el metro, padres de familia, profesionistas, jamás van a identificarse, jamás se preguntarán ¿será que así soy yo? Como resultado el acoso vuelve a ser algo que hacen otros hombres, los lobos, los malos, y no es necesario hacer autocrítica y entender que los acosadores son ellos, hombres comunes y corrientes.

A pesar de las críticas, las organizaciones creadoras de la campaña dicen estar satisfechas. Parece que la agencia de publicidad hizo unos focus groups con hombres para preguntarles sus ideas sobre el acoso. Y como suele suceder con las lógicas publicitarias, se asumió que “el cliente siempre tiene la razón” y como los “clientes” aquí son “los hombres” terminaron haciendo un contrasentido: feminismo para gustarle al patriarcado. Los hombres del focus group que hizo la agencia de publicidad dijeron que “Si la frase dice ‘mujeres’ no siento nada, la verdad no me importa ni me preocupa…. si me dices que es una de las mujeres que a mí me importan pues no quiero que les pase nunca, ni yo hacerlo”. Quizás no estamos leyendo la misma frase. Tienes a un grupo de hombres diciendo que las mujeres les importan un carajo, ¡que no sienten NADA cuando leen la palabra mujeres! A menos que esas mujeres tengan un pronombre posesivo antes: “mi mujer, mi esposa, mi amiga, mi casa y mi carro nuevo”. Es decir, para esos hombres del focus group solo valemos en tanto propiedad privada. Luego de una declaración tan violenta, no extraña que nos acosen en el metro.

Pero la agencia de publicidad no estaba ahí para luchar contra el machismo, si ese hubiese sido el objetivo no se habrían rendido tan rápido en el intento de convencer a los hombres de que las mujeres somos personas. Estaban ahí para venderle un producto a los hombres, el producto era el sexismo benevolente, que a algunas organizaciones y al mismo gobierno les llega a parecer “mejor que nada”. Pero en realidad es peor que nada. Porque los hombres no aprendieron que no les pertenecemos. Al ver fotos de hombres con gestos lascivos, todos morenos, algo sucios, en camiseta, cof cof, de una específica clase social, es algo que conecta con el clasismo y el machismo de los hombres, no envía el mensaje de que deben respetarnos porque es lo justo, porque tenemos derecho a habitar el espacio público. Al ver el relieve de un pene en la silla del metro no sintieron el miedo, la invasión, la vulnerabilidad que sentimos nosotras, sintieron sólo el asco de su homofobia. Porque acosarnos, vaya y venga, pero ser jotos ¡jamás!

Luego de estos focus group se invitó a varias feministas independientes y de organizaciones a comentar la campaña. Aunque fui invitada no pude asistir, pero fuentes que sí estuvieron en estas reuniones cuentan que era más una presentación en sociedad de la campaña que una oportunidad para discutirla. Ya tenían las ideas de los hombres de su focus group ¿para qué más?

Dice Güezmes que “Fue una decisión consciente basar la campaña en un impacto real y no optar por una campaña políticamente correcta”. Quizás esa fue la intención, pero la campaña solo llegó a “equivocada”. Y creo que aquí es importante detenernos, porque cuando las organizaciones que pretenden defender los derechos de las mujeres se niegan a aceptar los errores diciendo que son “políticamente incorrectas” están usando el mismo argumento usado por Trump y la extrema derecha, las cosas van muy mal. Exigir una campaña buena no es una necedad política o una mojigatería de “expertas”. Lo exigimos porque somos las mujeres que vivimos en esta ciudad, que vivimos este acoso a diario, y tenemos que aguantar que nos digan que la idea de que las mujeres importamos “no es vendedora”. No se trata de “corrección política” sino de tomar responsabilidad por los efectos reales que tienen las palabras. No se puede combatir el machismo reforzando el machismo.

El gran punto ciego de la campaña es que los hombres nos acosan para reafirmarse como hombres. La masculinidad es una costa vistosa, frágil y pesada, como una lámpara de baccarat, y hay que que ponerla a prueba cada minuto. Una de esas pruebas es mostrar deseo sexual hacia las mujeres cercanas, que devenimos en vaginas y extensiones de su ego. Lo que se intenta aquí es cambiar un comportamiento de reafirmación de la masculinidad por otro comportamiento de reafirmación de la masculinidad. Y esto es lo que pasa cuando hay mucho de publicidad y poco de perspectiva de género.

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La Plaqueja que rompió Internet

Quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el más reciente caso viral de acoso en Ciudad de México que podríamos llamar “la Plaqueja que rompió Internet” porque es un episodio muy revelador de todos esos debates interseccionales sobre género, clase y raza que desde el feminismo queremos dar.

Resulta que Tamara de Anda, una reconocida bloguera feminista y colaboradora de varios medios iba caminando por la calle cuando un taxista le gritó “guapa”. ¿Quería este taxista entablar una amistad con Tamara (y le digo Tamara porque, antes de que salgan con suspicacias, es amiga mía) o porque pensara que le iba alegrar el día? No. Le grita guapa porque ella estaba ahí y él estaba en su carro, y seguramente hace eso con todas las mujeres que le pasan frente al carro. Mujeres que, como Tamara, se sienten incómodas, intimidadas, asqueadas o como mínimo molestas porque cualquier tipo que esté en la calle crea que puede comentar su cuerpo.

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Pitos contra el acoso en Ciudad de México

Artículo publicado el 12 de julio de 2015 en El Espectador.

El Instituto de Mujeres implementó esta medida dado que más del 70% de las mujeres dicen haber sufrido acoso callejero. Grupos feministas arguyen que revictimiza a las mujeres y es un medio inútil.

La más reciente medida del gobierno de la Ciudad de México para combatir el grave problema de acoso callejero consiste en repartir 15.000 pitos, con la pretensión de que se conviertan en un disuasor para los acosadores. La medida fue anunciada hace un mes, junto con la campaña “Tu denuncia es tu mejor defensa” que a su vez pretende animar a las mujeres para que denuncien el acoso, y hace parte de la Estrategia 30-100 Contra la Violencia Hacia las Mujeres en el Transporte y los Espacios Públicos. La medida llega en respuesta a la gran manifestación en contra de la violencia de género que se llevó a cabo el 24 de abril de este año. La marcha tuvo lugar en 27 ciudades del país y en la capital salieron a las calles cerca de 60.000 personas. Fue el clímax de una conversación que comenzó este año sobre la grave situación de violencia que viven las mujeres en México y que se disparó cuando varios casos de acoso y violencia sexual saltaron de las redes sociales a los medios de comunicación. La periodista estadounidense Andrea Noel fue agredida por un hombre que le bajó los calzones mientras caminaba por la calle y, luego de que Noel buscara y publicara en redes el video de seguridad en donde se muestra la agresión, fue víctima de acoso en redes al punto que tuvo que salir del país. A este caso se suman el de un hombre que eyaculó sobre una mujer en el metro y el de otro que le tomaba fotos bajo la falda a las mujeres en la calle.

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La ciudad de los hombres

Columna publicada el 2 de febrero de 2016 en Sin Embargo.

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La semana pasada rodó por las redes sociales una foto de los asistentes a la promulgación de la reforma política que cambia el estatus de “Distrito Federal” de la ciudad, que de ahora en adelante se llamará “Ciudad de México”. La foto fue tristemente célebre porque era un rotundo “Club de Tobi”: 16 hombres de traje sentados a la mesa.

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Los motivos del crimen

Columna publicada el 18 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Protesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: FácticoProtesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: Fáctico

Les voy a contestar la gran pregunta que aún nos ronda sobre el multihomicidio ocurrido hace dos semanas en la colonia Narvarte: ¿por qué los mataron?

A juzgar por cómo lo cuentan los medios, esta es una gran película de misterio con coloridos personajes: la activista y el fotoperiodista (¿tenían una relación sentimental o eran parte de una conspiración para revelar un secreto de Duarte que fuese aún más oscuro que la información que ya es pública?); la maquillista con conexiones en la política Michoacana; la empleada doméstica, olvidada, pero inocente, que estaba en el lugar equivocado; y, para completar este capítulo policíaco de “Medias de seda”, una colombiana, buscona y mostrona (“como somos las colombianas”), ¿edecán?, ¿trabajadora sexual?, ¿narcotraficante?, anunciaron antes de darnos su nombre y luego sacaron fotos para hacer evidente su gusto por todo lo brillante, desde el misterioso Mustang en el que “huyeron los asesinos” hasta su elección de bikinis dorados.

Entonces nos preguntamos por qué estaban estas cuatro personas juntas en el apartamento un viernes durante el día, cómo fue que la quinta roommate tuvo la suerte de salvarse por ir al trabajo (recuerden amigos, cumplir el horario godín los mantendrá a salvo). ¿Qué tenían que ver los unos con los otros? ¿Cuál es el mensaje que envía un asesinato tan brutal que según la PGJDF fue exprés: en 40 minutos, que vienen siendo 10 minutos por víctima? ¿Fue para silenciar una vez más la libertad de expresión y el ejercicio a la protesta? Esta hipótesis no es muy taquillera entre los medios oficialistas que seguro se preguntan: ¿para qué quedarnos en eso de la censura cuando tenemos a una “prostituta” y un departamento lleno de drogadictos”? Sexo, drogas y rocanrol. ¿Qué más quieren?

Porque, además, ya sabemos que en el cenicero del cuarto de Nada Vera había rastros de marihuana y que un vecino, que también contó que al departamento entraban “extranjeros de diversas nacionalidades”, les gritaba que dejaran de “quemarle las barbas al diablo” que al parecer es vernáculo para “dejen de fumar porro.” Nadia: marihuanera de vida díscola. También encontraron una sospechosísima pastilla con forma de corazón, como esa que se comió Leonardo DiCaprio en la película de Romeo y Julieta, y que después lo puso “todo loco” y por “sus locuras” todo el mundo se murió. Pero esperen, peor aún, Rubén Espinosa dio positivo para, cha channnn, ¡cocaína!

La trama del entrelíneas nos dice que seguro la colombiana era una puta que tenía tormentosos amoríos con un dealer, y Nadia y Rubén, que eran unos hedonistas irresponsables, llegaron a afteriar y le marcaron al dealer violento que en vez de venderles drogas se ensañó en asesinarlos, y torturar especialmente a Mile Virginia Martín, que, como toda femme fatale, “lo merecía”. Por ahí saltan algunos personajes secundarios como “El viene viene” y “El malabarista” a quienes podemos darles una o dos líneas en la historia, para poder así salpicar a todos los grupos vulnerables de la ciudad –porque los hombres también son discriminados por clase, no lo olvidemos–.

Con el pequeño detalle de que no vivimos en una película, sino en la realidad. En la realidad, el dealer que te lleva drogas a la casa no te mata, porque si lo hiciera se le acabaría el negocio. En la realidad, esos mismos periodistas que con altisonancia escriben “drogas”, quizás se echan ¿de vez en cuando? un pase y un porro el fin de semana igualito que Nadia y Rubén. ¿No se dan cuenta de que cuando escriben sus notas amarillistas, su hipocresía contribuye a la impunidad de los crímenes contra sus colegas? ¿De cuándo acá dar positivo en un examen de drogas prueba que se trata de un consumidor sistemático, o problemático (que no son lo mismo, hay consumidores funcionales)?  En la vida real, ese “bajo mundo de las drogas” no es tan bajo; el mundo de los consumidores es bastante pedestre y seguro, como lo atestiguan las largas filas en los baños de las fiestas del D.F.

A todas estas sería importante diferenciar entre narcotraficantes (ilegal) y consumidores (legal) y recordar que el consumo de ninguna manera implica tráfico de drogas. También que la razón del narcotráfico no son los consumidores; los consumidores existían desde siempre, mucho antes de que existieran los narcotraficantes, cuya única razón de ser es la prohibición de algunas drogas (drogas como el alcohol, la nicotina, el azúcar, y la religión no están prohibidas), prohibición que no se ha levantado porque el negocio resulta más lucrativo para “los poderosos” si se mantiene en la ilegalidad.

Pero ahora hablemos de “La colombiana”. ¿Cómo es que una muchacha “de cuna humilde” logró viajar a México y tener un Mustang? Seguro, era algo ilegal, recuerden que “todo lo del pobre es robado”. Según una nota reciente del periódico El Tiempo en Colombia, retomada en México por el semanario Proceso, Mile Virginia Martín hizo varios “viajes sospechosos al extranjero” (es que los pobres no deberían salir ni de su barrio), y el más “sospechoso” de todos es uno a España. Ejem. Y bueno, la Visa de turista en México se le había vencido y estaba de ilegal, como me imagino que están tantas mujeres colombianas y latinoamericanas. Claro, hay detalles en el expediente que nos darían a entender otra historia, pero convenientemente, no han sido filtrados a la prensa.

Otra posibilidad es que Mile Virginia Martín tuviera un sugar daddy, lo cual, que yo sepa, no es una actividad de alto riesgo, sino un arreglo de lo más común en México y en muchos lugares del mundo. Finalmente el Mustang resultó ser del “novio”, o el amante casual, Daniel Pacheco, que ha sido detenido, y en cuya foto aparece con visibles golpes en la cara. Al parecer, Pacheco es un tipo muy torpe y se dio contra el picaporte, digo, contra la patrulla, o creo que también escuché el rumor de que “se tropezó voluntariamente contra el puño cerrado de un policía”, no estoy segura, pero, en todo caso, ya saben lo fácil que es hacerse a un ojo morado en la vida cotidiana. Antes es un milagro que no hubiera chocado el Mustang.

¿Y Mile Virginia? ¿Al fin sí era “puta”? Ella ya no puede desmentirlo. Pero, ¿y si lo fuera, qué? ¿Acaso los crímenes contra las trabajadoras sexuales sí pueden quedar en la impunidad? La fama de putas que tenemos las colombianas, y de narcotraficantes, es una fama que tiene su origen en condiciones reales: nuestro país tiene un gravísimo problema de violencia, la movilidad social es prácticamente inexistente para todos y además las mujeres tienen muy pocas oportunidades laborales y más si pertenecen a la clase trabajadora. En ese panorama, que por cierto es similar al mexicano, no es de extrañarse que muchos vean en el narcotráfico su única posibilidad para ascender socialmente, y eso, es culpa de un Estado que no le ofrece oportunidades a sus ciudadanos, y, ante un problema como el narcotráfico que afecta más a los más vulnerables, termina por criminalizar la pobreza. A eso podemos sumarle las condiciones geopolíticas y climáticas que hacen de Colombia un lugar privilegiado para la producción y distribución de drogas como la cocaína y la marihuana, que sería una ventaja, y no un problema, si estas sustancias fueran legales.

Por otro lado, en Colombia, para muchas mujeres “ser bonita” es la única forma de movilidad social y muchas veces un par de tetas de silicona son cuestión de supervivencia. A eso tenemos que sumarle que Colombia vive a diario el drama de la trata de personas, especialmente de mujeres con fines de explotación sexual. Mi país es origen, paso y destino de trata de personas y cada día es más conocido por el turismo sexual. Si muchas colombianas se dedican a la prostitución es porque venimos de un país violento que trata a las mujeres como objetos (hasta nos ofrece el ministerio de cultura en sus spots publicitarios que invitan a “venir a ver nuestros, paisajes, nuestras frutas, nuestras mujeres”). Ser trabajadora sexual, no es motivo vergüenza. Pena les debe dar a los que pagan por sexo sin preguntar por las condiciones laborales de las prostitutas, a los proxenetas explotadores, a los gobiernos cómplices de la explotación del cuerpo de las mujeres. A pesar de estas condiciones adversas, todos los y las colombianas somos personas, todos existimos, todos tenemos derecho a la dignidad. Si Mile Virginia Martín era trabajadora sexual -que no lo sabemos-, eso no la hace desechable.

Colombianos de la asociación de colombianos en México “Me muevo por Colombia” protestan en El Ángel el domingo 16 de agosto. Foto: Eliji Fukushima

Todo este discurso, que pinta buenos y malos, que nos pone a los espectadores en posición de hacer un juicio moral sobre los asesinados, solo lleva a construir una insensibilidad hacia las víctimas. “No eran como nosotros, ellos eran malos” y por eso “se lo merecían”. Pero no es así. Todas las vidas importan. Todos los muertos merecen ser nombrados. Todos los crímenes deben ser investigados exhaustivamente. “Mile Virginia sí era una cualquiera, cualquiera de nosotras” dijimos el domingo en un comunicado como asamblea de colombianos en México, Me muevo por Colombia. Lo dijimos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad como migrantes pero también lo dijimos para hacer ver que un crimen como este nos pone en peligro a todos. Por eso pedimos #JusticiaParaMile #JusticiaParaLxsCinco y memoria para, en ella, mantenerlos vivos.

Ahora que por fin están exhaustas las líneas narrativas en esta deliberación hipotética les voy a revelar la verdad: la verdadera razón por la que mataron a Nadia, Yesenia, Mile, Olivia Alejandra y Rubén. ¿Están listos?

Los mataron porque pudieron.

Porque ninguna actividad, ilegal o no, ningún oficio, ninguna nacionalidad o gentilicio es justificación o explicación de un crimen como este. Los mataron porque en la Ciudad de México se puede cometer un crimen tan atroz a plena luz del día y en una colonia de clase media, y esto puede ocurrir con la tranquilidad de que lo más probable es que quede en la impunidad. Las cinco personas asesinadas en la Narvarte presentaban, todas, formas de vulnerabilidad que los hacían invisibles ante el Estado y esto los dejaba desprotegidos: eran casi todos migrantes, realizaban oficios irregulares o mal pagados, eran ilegales, mujeres, desplazados de la violencia, parte de una clase trabajadora invisible. Hoy muchos medios de comunicación se indignan ante este ataque a la libertad de prensa, pero siguen regateando los sueldos de los periodistas, pagándoles tarde y explotando su trabajo, y este es el momento de admitir que esas prácticas laborales inventadas en tiempos de La Plantación dejan a casi todos los periodistas de México (y de América Latina) muy vulnerables. Todas estas condiciones de vida precaria que experimentaban Olivia Alejandra, Nadia, Mile, Yesenia y Rubén, -sin cuya trágica presencia este caso no habría llegado a la prensa y serían simplemente otras cuatro mujeres asesinadas- facilitaron los asesinatos.

Los mataron porque pudieron, porque las vulnerabilidades de todos se sumaron para que el crimen pudiera ocurrir,  para hacer de las cinco personas asesinadas, ciudadanos de última categoría, con menos derechos que todos los demás, y por eso, la investigación no promete ser exhaustiva y en cambio parece que se quedará en los estereotipos comunes. En la vida real, nada podemos hacer con una serie de motivos para el asesinato si no tenemos la oportunidad, y esa oportunidad, en México, es estructural: la injusticia es el estado del Estado. Desprotección e impunidad casi absoluta: por eso los mataron.