derechos

Columna publicada el 24 de agosto de 2016 en El Espectador.

olombia ha estado en conflicto (casi) permanente desde la Guerra de los Mil Días.

La historia del país está marcada por generaciones y generaciones que vivieron en medio de la violencia, la desigualdad y el despojo. No conocemos otro entorno que no sea el conflicto y la sospecha. En un contexto como este, decir sí, creer que un acuerdo de paz es posible, imaginar otro país con optimismo y no con vergüenza, es un acto revolucionario.

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Consejos prácticos para ser un hombre aliado del feminismo

Columna publicada en I-D Vice el 10 de agosto de 2016.

Hay muchas discusiones sobre si los hombres pueden o no ser feministas, algunas son teóricas, algunas son críticas a la manera en que algunos hombres cooptan el feminismo. Sin embargo, también hay muchos hombres que creen en la igualdad de género y tienen la mejor intención y de verdad quieren ayudar. Algunos me han dicho que no saben qué pueden hacer ellos por el feminismo y la primera respuesta es que yo no se los puedo enseñar, ni estoy obligada a darles una clase de feminismo ni puedo decirles cómo vivir sus vidas como hombres. No me corresponde. Sin embargo sí puedo hablar de cosas concretas que, como mujer y como feminista, sé que pueden ayudarnos a que nuestras vidas sean más fáciles. Simplemente son ejemplos puntuales y prácticos basados en mis interacciones con el paradigmático “hombre cisgénero heterosexual blanco o mestizo de clase media o alta y educado”, que para efectos de brevedad en este texto llamaremos “Man”. Con M mayúscula porque es un modelo arquetípico. Quizás no todas estas categorías les aplican, pero sí son las características que determinan a la masculinidad paradigmática y el privilegio en nuestra sociedad.

Así que a continuación les presento 13 cosas que pueden hacer por la igualdad de género. No son las únicas, son apenas las que a mí me parecen importantes para comenzar. Algunas no les van a gustar porque pueden sentirse incómodos, eso está bien. El feminismo es incómodo, si le van a entrar, acostúmbrese. No están obligados a hacerlas, no son mandamientos. Ni trucos para levantar. Tampoco van a recibir una estrellita. Pues no son pedidos caprichosos sino gestos puntuales de cómo usar sus privilegios para hacer más fácil y justa la vida de los demás.

  1. Reconocer su privilegio

No, que nos dejen entrar gratis al bar no es un privilegio. Ustedes lo saben, nos van a dar trago gratis para emborracharnos y que seamos “presa fácil” de algún muchacho que quiere sexo sin esforzarse. No existe tal cosa como el privilegio de ser mujer, ser mujer es nacer con muchas desventajas que quizás los Manes no pueden entender porque para sus vidas privilegiadas son inimaginables. Los Manes no tienen que pensar en qué ponerse antes de salir de la casa para estar seguros, seguramente van a ganar más por hacer el mismo trabajo que una mujer y toda la vida la sociedad lleva aplaudiéndoles que sean líderes y escuchan sus ideas. Por eso hay un mug feminista que dice “Quisiera tener la seguridad de un hombre blanco mediocre”. A diferencia de las personas trans, nadie les pregunta a los Manes si ese es su verdadero nombre o si su género es el correcto. Tampoco hay leyes que les prohiban una intervención médica que pueda ser necesaria para salvar sus vidas, como la interrupción del embarazo.

Manes: el mundo es suyo, las calles, los horarios laborales, la política, todo está hecho para sus cuerpos y muchos de estos privilegios son irrenunciables. Lo mínimo que pueden hacer es reconocerlo. Porque reconociendo su privilegio pueden usarlo para abrirle espacios a otras personas que no lo tienen.

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Ser persona

Columna publicada el 9 de julio de 2016 en El Heraldo.

Con frecuencia la discusión sobre el derecho al aborto pasa por una convincente falacia de los anti-derechos “abortar es matar una vida”. Esto es cierto en tanto que el embrión o el feto están vivos (como lo están muchas células del cuerpo), pero ni los fetos ni los embriones son “bebés” o “personas” o “individuos”. Los bebés, las personas y los individuos, para serlo, necesitan haber nacido, y existir de manera independiente de su madre. No se puede comparar la vida de un embrión con la vida de una persona, que tiene amigos, historias, recuerdos, redes, planes, metas, sueños.

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Trolls y acceso a los derechos

Por reclamar el derecho a la educación de su hijo, una madre se ha visto temporalmente desplazada y amenazada de muerte. Y es culpa de los trolls. Así como lo leen.

Axan es un niño de cuatro años que vive en la ciudad de Hermosillo, en el estado de Sonora, México y no puede estudiar. A pesar de que en México hay mil razones que dificultan el acceso a la educación de niños y niñas, a Axan le niegan su acceso a la educación por la razón más estúpida de todas: que trae el pelo largo. Axan no quiere cortarse el pelo. Es una de las primeras decisiones que toma sobre su cuerpo, como cuenta su mamá, A. de la Maza, quién le está enseñando la importancia de la autonomía corporal. A pesar de que la Constitución le garantiza a Axan su derecho a la educación, al libre desarrollo de la personalidad y a no ser discriminado por el género, el reglamento del colegio se convierte en algo incluso más importante que los derechos humanos, algo que no solo es injusto, sino peligroso. ¿Cuántas instituciones privadas violan los derechos humanos de las personas con el argumento de que ellos tienen sus propias reglas? ¿Por qué parecen más importantes los modales o las normas arbitrarias de un colegio que los derechos humanos? Con estas preguntas en mente, la madre de Axan acude a las instancias pertinentes: Conapred, Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y la Secretaría de Educación y Cultura del estado de Sonora. Además, hace una petición en la plataforma Change. Se genera una discusión y se escriben varios artículos al respecto, como Por escuelas libres de estereotipos de género y por Sociedades libres de estereotipos de género en el blog de Estefanía Vela en el El Universal, una entrevista a la madre de Axan en Vice, Flashback 80’s y Axan FAQ y El espejo de Axan en Animal Político y  mi columna en Sin Embargo, entre otros.  

Entre todo esto, se desató el trolleo.

Primero, las personas no pueden entender por qué la madre no simplemente obliga a su hijo a seguir unas reglas pendejas. La pasión con la que la gente empieza a defender la obligación de seguir reglas absurdas es brutal.

Aparentemente, si asumes una postura crítica, el Estado mexicano te desaparece: o eso podría uno entender de la cantidad de tuits que vincula no cortarse el cabello, con el destino trágico de los 43 normalistas de Ayotzinapa que llevan un año desaparecidos. El mensaje enviado con la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa fue claro y distinto: obedecer o desaparecer. La gente se lo recuerda a la mamá de Axan.

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Luego se enteran de que el hogar de Axan es monoparental, es decir, que su madre decidió tenerlo sola, y para mayor horror, que A. de la Maza es lesbiana. Entonces, los cibernautas empiezan a “denunciar” que la madre de Axan quiere “convertirlo” en una mujer, “obligándolo” a llevar el pelo largo. Empiezan a escarbar fotos de Axan en redes sociales, escogen aquellas en las que tiene un broche en el cabello para afirmar que lo “visten de niña” (aun cuando lleve pantalones y camiseta). Ser mujer o ser homosexual, se reduce a llevar un broche en la cabeza.

 

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Luego el trolleo escala a amenazas. Amenazas con “violación correctiva” a la madre de Axan, ni más ni menos.

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Las amenazas de violación se hacen extensivas a las mujeres que hemos escrito del caso, como Estefanía Vela  y yo , y a la abogada que lleva el caso de Axan, Aleh Ordóñez.

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Luego en las amenazas se incluyen fotos de armas de fuego.

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Incluida la foto de un arma de fuego junto a un papel escrito a mano que señala a la madre de Axan. Después de buscar las imágenes en internet, parece que fueron creadas especialmente para estas amenazas, pues no son reutilizadas, ni sacadas de las cuentas de fotos de algún narco o algo por el estilo.

Hace rato que el asunto dejó de ser un problema de disenso en internet, o un debate sobre las normas escolares. Ahora, hay ciudadanos mexicanos que usan las redes sociales para amenazar de muerte a una mujer que exige el derecho a la educación de su hijo. Dichas amenazas se extienden a todas las personas que apoyan a la madre, que, para sorpresa de nadie, también son mujeres. Y lo peor de todo resulta que las amenazas son para “proteger” a Axan de su propia mamá.

Algunos, supuestamente menos violentos, empiezan a decir que la petición viola los derechos a la intimidad de Axan, pues las leyes actuales son muy estrictas respecto al uso de imágenes de niños y niñas en medios de comunicación. Quizás es por esta intimidación legal que el video que aparecía en la petición de Change, en el que el mismo Axan manifiesta su deseo de llevar el pelo largo, ha sido removido de la red. Lo absurdo es que la misma ley (Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes) dice que el requisito para divulgar estas imágenes es la autorización de quien tiene la patria potestad del menor, en este caso, la madre de Axan, quien es la fuente primaria de las imágenes, autorizando implícitamente el uso de las mismas. Por otro lado, contrario a lo que dicen los trolls, estas imágenes no están siendo usadas para estigmatizar o vulnerar a Axan, sino para defender sus derechos y para discutir un problema público. Quizás deberíamos aplicar esta misma ley contra los trolls que han buscado otras imágenes de Axan en la red, y las han usado sin permiso expreso de la madre, para acompañarlas de mensajes homofóbicos y usarlas con fines amenazantes.

El presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) de Sonora, Raúl Ramírez, ya dijo que, como es evidente, la escuela está obligada a recibir a Axan, ¡y con el pelo largo! “Sí es una discriminación, porque por más que firmen contrato los derechos humanos son irrenunciables”, dijo Ramírez. Sin embargo, las declaraciones del presidente de la CEDH no restauran ni garantizan los derechos de Axan, cuya situación se hizo aún más compleja:

Ante amenazas de muerte y de violación correctiva, y los insistentes rumores de que “la vamos a denunciar ante el DIF para que le quiten a su hijo”, A de la Maza tuvo que salir, temporalmente, de Hermosillo. No puede ni quiere irse a vivir a otro lugar porque no se trata de escapar a donde sí le permitan ejercer sus derechos, se trata de que los derechos otorgados en la Constitución se garanticen a todos los niños y niñas de México. Por eso, hoy Axan y su madre no pueden estar aquí ni allá, se encuentran en situación temporal de desplazamiento forzado por misoginia en internet. Y todo por defender el derecho a la educación y libre desarrollo de la personalidad de su hijo.

¿Cómo afrontar estas amenazas? ¿De verdad tendría que andar con escoltas o policías una madre cualquiera y su hijo? Quienes escribimos sobre el caso y resultamos trolleadas, al menos nos vemos en el marco de las agresiones a la libertad de expresión, pero ¿y la madre?, ¿y la abogada? y, en todo caso, ¿por qué alguna de nosotras tendría que sentir tan siquiera un poquito de miedo por pedir que se le garantice el derecho a la educación a un niño?

Lo peor es que hay una respuesta para esto. Tanto en internet como en los espacios tridimensionales, está mal visto y es amenazante que las mujeres hablen en público y defiendan derechos. A las mujeres se nos permite hablar en público para ser víctimas, pero no para tomar posturas críticas ante la sociedad. Las mujeres que invitan a otras mujeres a hablar en voz alta son doblemente peligrosas. Por eso, que una madre se movilice para reclamar el derecho a la educación de su hijo será bien vista siempre y cuando lo haga desde el papel de víctima, y sin cuestionar a la sociedad. Que una mujer cuestione los estereotipos de género es un doble desafío, pues con su mensaje y con su gesto se sale de lo que le permiten las estructuras de poder. Puede ser algo tan sencillo como un corte de pelo. Lo que se pone en juego es el “orden” de la sociedad, un orden en el que las mujeres, los niños y niñas, los y las ancianas, los y las indígenas, o negras, o pardos, son ciudadanes de segunda categoría. Por eso, que cualquiera de estos grupos exijan sus derechos es altamente problemático: ¿qué tal que nos demos cuenta de que somos personas?

La misoginia en internet tiene una forma muy definida: hay una especial saña en los ataques hacia las mujeres y rápidamente las amenazas se dirigen hacia las familias de las mujeres y/o tienen contenido sexual, por ejemplo, se amenaza con violación. También comienzan por atacar la moral sexual de las mujeres, es decir, esta mujer no puede hablar porque es puta, o promiscua, o lesbiana, o frígida (porque no hay forma de ganar). También hay ataques a la inteligencia o la capacidad de raciocinio de las mujeres, entonces somos brutas, locas, no entendemos, “no vemos más allá”. Estos elementos son persistentes a todos los trolleos a mujeres en internet (aquí, y aquí pueden ver otros casos sobre los que he escrito, y aquí un artículo de la Fundación Karisma sobre el mismo tema) y son un problema real porque la misoginia en internet vulnera efectivamente nuestra libertad de expresión y nuestro acceso a los derechos. Como acaba de ocurrir con Axan.

¿Cómo regular el discurso de odio de los trolls? Una amenaza de asesinato o  violación correctiva no hace parte de la libertad de expresión, es discurso de odio. Este es un discurso que ataca a la persona o grupo con base en atributos como el género u el origen ético y que incita a tomar acciones violentas en su contra, un discurso que, por supuesto no está protegido por la libertad de expresión. Por si acaso alguien se pregunta cómo diferenciar entre un insulto cualquiera y un discurso de odio hay una prueba sencilla: si se está usando para callar a alguien que exige derechos, no es libertad de expresión.

Sin embargo, muchas veces el discurso de odio es visto como algo normal, especialmente cuando es contra las mujeres. En Latinoamérica decir “muere puta lesbiana engendro del demonio” es algo hasta casual, y por eso, la misoginia en Internet contra las mujeres se convierte en un discurso de odio sin censura social manifiesta.

Por otro lado, no tenemos mecanismos efectivos; no hay manera de evaluar estas amenazas. Como el discurso de odio es emocional e irracional, no hay manera de saber cuáles de esos trolls se quedarán en amenazas verbales y cuáles tienen la intención de violar o matar. A juzgar por las imágenes de armas, lo mínimo que podemos asumir es que tienen la intención y los medios para hacerlo. Quizás nunca cumplan materialmente, pero basta con la sensación de inseguridad y ansiedad que provocan para que cada mujer se lo piense dos veces antes de decir algo en internet, y que se lo piense tres antes de reclamar sus derechos. El daño psicosocial que producen los ataques de misoginia en Internet no cabe en ninguna ecuación de riesgo.

 

El anonimato, aunque es un derecho importante para los usuarios de Internet y debe ser protegido, juega en nuestra contra en caso de misoginia en Internet pues se convierte en un factor de incertidumbre cuando no sabemos quiénes son los usuarios que lanzan amenazas; es decir, el troll puede ser cualquiera. A esto se suma la razonable desconfianza de las mujeres a los sistemas legales que deben protegerlas. Sin duda, los mecanismos legales y penales son insuficientes para controlar el problema de los trolls, por eso, es importante tener una aproximación holística al problema. Quizás, lo más dificil de todo es que los ataques de ciberviolencia no son tomados en serio, como si lo que ocurre en internet no fuera parte de la “vida real”. Es ridículo creer que una amenaza de asesinato o de violación correctiva se resuelve con un “ignóralos, la gente está muy loca”, y sin embargo, esta es con frecuencia la reacción de la fuerza pública y jueces.

“La libertad de expresión es un derecho fundamental y su preservación requiere la vigilancia de todos”, afirma el informe de Naciones Unidas, y esto quiere decir que que cada cibernauta tiene una responsabilidad compartida con los casos de ciberviolencia. Por ejemplo, los usuarios de Twitter tenemos una responsabilidad ética de denunciar las cuentas de donde vinieron los ataques. Pero eso no es suficiente. Solo podremos usar el increíble potencial de Internet para defender nuestros derechos, de manera efectiva,  si entre todos construimos un espacio en donde la gente pueda exigir sus derechos fundamentales sin ser perseguida. Y para esto tenemos que darnos cuenta de que los perseguidores no son los otros, cuentas de Twitter anónimas, identidades abstractas. Son, en cambio, personas muy reales, con una violencia muy real que a la menor provocación desata su antropofagia. Online y Offline, necesitamos educación, sensibilidad, debate, para lidiar con toda esa rabia.

Milagros tardíos

Columna publicada el 26 de septiembre de 2015 en El Heraldo

Con la reciente visita del papa Francisco, los medios se han esmerado en divulgar las palabras de este líder religioso “del Siglo XXI”, tolerante y abierto, liberal, que dijo que “Si una persona es gay, y busca a Dios, y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Este año, Francisco también concedió a los sacerdotes la “facultad para perdonar” el “drama moral” de las mujeres que abortan.

A simple vista, esto nos habla de un cambio en la Iglesia Católica. El problema es que el progresismo de Francisco no aplica en el interior de la Iglesia, en donde se tolera el cambio de lenguaje siempre y cuando no haya un cambio estructural de políticas. El primero de septiembre, la Coalición Nacional de Monjas Americanas (estadounidenses), NCAN, le dirigió una carta al Papa diciendo que sus declaraciones sobre el aborto nada tenían de afirmativas porque “1. No respeta la autoridad moral de las mujeres para tomar decisiones sobre su aparato reproductivo; 2. Sigue asumiendo que estas decisiones son pecaminosas; 3. No reconoce que los espermatozoides de los hombres produjeron estos embarazos no planeados; 4. Solo resalta el hecho de que las mujeres deberían ser elegibles para todos los sacramentos y 5. Perpetúa la práctica de hombres decidiendo qué es lo correcto y justo para las mujeres”. La claridad de las monjas muestra que el discurso liberal de Francisco sigue siendo de dientes para afuera. En el Congreso estadounidense, el discurso reciente del Papa fue bastante conservador en lo que se refiere a los derechos sexuales y reproductivos, habló literalmente de proteger la vida “en todas sus etapas” y a las monjas opositoras que se hicieron presentes les dedicó un “I love you”.

Quizás los verdaderos impactos del discurso del Papa se notan fuera de la Iglesia. Su encíclica sobre el calentamiento climático era necesaria para convencer a los pocos creacionistas que aún dicen que el calor es por la venida del Apocalipsis. En su discurso ante los estadounidenses esbozó una doctrina de política exterior que implica diálogo entre enemigos y el rompimiento de inercias históricas, y fue enfático al hablar de flexibilizar políticas migratorias, algo que enfureció a los republicanos. Por otro lado, su mensaje en La Habana en favor del proceso de paz fue un espaldarazo importante, y su negativa de visitar México fue muy significativa: no le permitieron realizar una misa en la escuela Normal de Ayotzinapa, y por eso canceló su paso por el país.

Las palabras del Papa son culturalmente importantes para países mayoritariamente católicos como los latinoamericanos. Sin embargo, de la agenda progresista, Francisco toma solo los temas que ya están por demás superados en una agenda laica hace más de treinta años, es decir los fáciles. En cambio, aunque sus feligreses entorpecen activamente el avance de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y de la población LGBTI, sus declaraciones en estos temas son tibias, y no vienen acompañadas de cambios estructurales y poco revierten el daño de dos papados conservadores que dominaron la mitad del siglo XX. Las palabras del Papa tienen el potencial de generar un cambio cultural que nos lleve a una sociedad realmente garante de los derechos humanos. Es una lástima que su “amén” sea más un “así fue” que un “así sea”.

Furioso

Columna publicada el 16 de septiembre de 2015 en El Espectador.

“Furioso”, es el titular de Caracol para la noticia sobre Carlos Angulo, un hombre que se molesta ante la requisa aparentemente arbitraria de un par de policías.

“En video quedó registrada la airada reacción de un ciudadano contra unos policías por supuesta discriminación”, dice el presentador del noticiero. Atrás se escucha a Angulo gritar: “Voy a trabajar y me estás haciendo perder el tiempo. ¿Por qué a ellos no los requisás? ¡Porque ellos son blancos!”, entonces su discurso es interrumpido por la voz de la periodista, que nos explica que él “alega” haber sido ofendido. “En el video se lo ve exaltado y diciendo palabras soeces, ¿no podría también decir el policía que usted lo agredió?” pregunta la periodista con un fino acento cachaco y Angulo contesta: “La Policía representa la estructura del poder blanco que ha ejercido la discriminación racial contra la minoría negra en este país”. Finalmente la periodista cuenta que la Policía, que no quiso salir en cámara, “aseguró” que “los uniformados realizan sus labores sintener en cuenta la raza de los ciudadanos”.

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Ética para el navegador

Artículo publicado el 29 de junio de 2015 en Letras Libres.

Este ensayo aparecerá publicado en la versión impresa de nuestro número de julio.

En diciembre de 2013 la periodista Justine Sacco “acabó con su carrera” con un tuit que publicó justo antes de montarse al avión rumbo a Sudáfrica: “Rumbo a África, espero no contagiarme de sida. Es una broma. Soy blanca.” Sacco era la jefe global de comunicaciones para el conglomerado de medios digitales iac. No tenía más de doscientos seguidores. El tuit, que pretendía ser sarcástico, desencadenó “una cruzada ideológica”. Los tuiteros contactaron al jefe de Sacco que a su vez dijo en Twitter: “Este es un comentario intolerable y ofensivo. La empleada está bajo cuestionamiento, no podemos contactarla hasta que baje del avión.” Esto, para muchos, fue la señal de que sus denuncias y críticas “habían servido para algo”, y entonces la indignación se transformó en euforia: “Muero por ver a Justine Sacco bajando de ese avión”, “Maldita perra, veremos cómo te despiden en vivo”.

Dado que Sacco trabajaba para una compañía privada, y además en el área de comunicaciones, su jefe estaba en todo el derecho de despedirla. Quizás el tuit de Sacco fue una equivocación, pero haber previsto los alcances de estas metidas de pata era parte de las competencias de su trabajo. Justine Sacco no fue despedida porque una “turba linchadora” en internet lo pidiera, sino porque un error en su trabajo tuvo tal dimensión que desencadenó una “turba linchadora” en internet.

En las redes sociales el lenguaje convive con la paradoja de tener una intención oral, pero un formato escrito. Lo que decimos está pensado en la inmediatez, y de cierta forma aún esperamos que sea olvidado de la misma manera en que se olvidan las imprudencias que decimos frente a nuestros amigos. Pero como su naturaleza es escrita, e internet es casieterno, y su difusión es casi global, nuestras palabras estarán por mucho tiempo online susceptibles hasta el infinito de ser sacadas de contexto. Esto tiene implicaciones éticas y morales y exige adaptar nuestro comportamiento. Por eso no es lo mismo que Justine Sacco le hiciera esta broma a una amiga (que quizás la olvidaría rápidamente), que hacerlo por escrito en una red social en donde personas que no la conocen lo suficiente para entender su humor puedan leerlo. Ahora, su enunciado también tendría un peso diferente (mucho más serio) si estuviera plasmado en un libro o en una declaración oficial en vez de en una red social. Definitivamente no todo el mundo está obligado a tanta corrección política, pero todas las personas que de alguna manera están vinculadas al discurso público –periodistas, comunicadores, políticos, figuras públicas– deben tener, si no cuidado, al menos conciencia, de la maximización tecnológica del impacto de sus palabras (y en especial de sus errores).

Esta conciencia del discurso no es lo mismo que la autocensura. La turba en redes sociales es preferible a la turba de la vida real, y definitivamente preferible al silencio, pues la censura es más violenta que la misma violencia verbal. Habrá que entender también que los alcances de las palabras en internet son diferentes a los de un colectivo de puños, trinches y antorchas. Después de todo, la civilización comenzó cuando dejamos de tirarnos piedras y comenzamos a insultarnos. Solo que en internet el insulto es masivo, amplificado y las palabras duelen. Entonces, ¿qué pasa cuando el acoso en internet tiene efectos más allá de desprestigio o el despido? ¿Puede culparse al bullying onlinede generar daños irreparables? y, si es así, ¿cómo regularlo?

En el caso de las “turbas” furiosas de las redes sociales no suele haber un plan, o una conspiración liderada por alguien. No necesariamente tienen la razón, o son justas, ni siquiera podríamos estar seguros de que la mayoría sean masivas. Hay que ver el ruido que alcanzan a hacer en internet cinco personalidades influyentes. En su gran mayoría son turbas espontáneas y emocionales que se rigen por las mismas normas que ya exploró Gustave Le Bon en Psicología de las masas. Sin embargo, por incontrolable que sea una “turba linchadora”, sus efectos están directamente relacionados con la situación de vulnerabilidad de sus “víctimas”. Como en la vida tridimensional, la manifestación masiva es muy poderosa y significativa, en particular cuando ocurre de manera pacífica y por una causa que a nivel colectivo se considera “justa”. Pero todas las aglomeraciones masivas son susceptibles de comportamientos irracionales y violentos. El control de estas situaciones muchas veces depende de que los individuos desarrollen la sensibilidad para resistirse a la crueldad de caerle al caído.

En abril de este año se suicidó la programadora Rachel Bryk, de veintitrés años de edad, famosa por sus aportes al desarrollo del emulador Dolphin. Bryk también era una de las figuras más destacadas dentro de la comunidad transexual dentro del desarrollo de aplicativos, y había sido objeto de reiterados y constantes ataques de transfobia, ataques sistemáticos de bullying masivo en internet que –aunados a una depresión– la llevaron a quitarse la vida. Bryk comentó en Ask.fm sus intenciones de saltar del puente George Washington en Manhattan, donde un troll, que pudo ser cualquiera de los que colectivamente la atacaban en redes sociales, la estuvo animando a consumar el suicidio.

Hay diferencias radicales entre matonear a alguien por su orientación sexual, y matonear a una profesional en comunicación por no prever los alcances de sus comentarios evidentemente discriminatorios en internet. La red, como cualquier tecnología, es un medio neutro. En el caso de Bryk fue un espacio en donde pudo construir una identidad pero también un canal para ser atacada. Una situación de vulnerabilidad de base, sumada a las agresiones en internet, alentó su suicidio, que, aunque no de modo estricto, tiene mucho en común con un crimen de odio.

En este caso, hay un acoso que (sépalo el agresor o no) va mucho más allá que una “amenaza de muerte en Twitter”: puede tener la misma intención que el rayón de la puerta de un baño, aunque su impacto y eco sean mucho mayores. Si se dan las circunstancias, como en el caso de Bryk, el discurso toma una forma performativa, para usar el concepto de John L. Austin que llama la atención sobre formas del lenguaje que, antes que describir una acción, la realizan. Por ejemplo, verbos como jurar, prometer, declarar, apostar, bautizar, casar, tienen un efecto que cambia la realidad que existía hasta entonces.

Para que una “turba” en internet pueda ser considerada realmente violenta o dañina es necesario preguntar quién compone la “turba” y a quién se ataca. Por definición, los grupos vulnerables o marginados del poder no pueden discriminar de manera efectiva a grupos hegemónicos o poderosos. Por ejemplo: las mujeres en situación vulnerable no pueden “discriminar” a “los hombres”, por más que los critiquen de manera insistente, pues sencillamente no tienen la infraestructura de poder para hacerlo y porque los hombres (específicamente los heterosexuales, con dinero y educados) no están en la misma situación de vulnerabilidad que las mujeres.

Las palabras son poderosas, construyen un campo simbólico que afecta nuestras emociones. En los acosos online, estos juicios y burlas llegan incesantes al teléfono celular que es uno de nuestros objetos más íntimos, lo llevamos a la cama literalmente. Imaginen la violencia. Sin embargo, por hiriente que sea una palabra, por persistente que sea, no obliga al jefe de Sacco a despedirla ni llevará al suicidio a una persona, que por ejemplo, no tenga una historia de discriminación y sí cuente con entorno estable y con apoyo emocional. Las presiones de las masas en internet y sus efectos son psicológicos, lo que no debe subestimarse, pero son efectos complejos que responden a más condiciones que las meras palabras. Son todos esos otros sistemas de apoyo los que deben fortalecerse para resistir un ataque de bullying online, teniendo en cuenta que solo se pueden contrarrestar sus efectos desde lo emocional. Una política de inclusión social a grupos minoritarios (online y especialmente offline) será más efectiva para reducir los efectos nocivos del bullying, que una censura previa a las palabras.

En 2014 el científico Matt Taylor lideró un proyecto que logró la hazaña de aterrizar una sonda espacial en un cometa. Cuando salió ante los medios a hablar de su logro, lo hizo con una camisa ilustrada con dibujos de una mujer rubia en corsé con una pistola. Taylor recibió un sinnúmero de críticas en internet, varias feministas le dijeron sexista y hasta se escribieron artículos analizando lo que significaba su camisa. Luego Taylor volvió a salir en televisión y, llorando, pidió una disculpa, lo que de paso dio pie a que se hablara de la “malvada horda feminista” que lo había “linchado” y “censurado”. Sin embargo, el caso de Taylor no tuvo de ninguna manera los efectos (ni las intenciones) que en los casos de Sacco o Bryk. Varias personas criticaron su camisa en redes sociales, pocos medios u opinólogos se unieron a la crítica, el hombre se disculpó en televisión y volvimos a hablar de su logro científico. Nadie lo denunció ni lo censuró ni lo despidieron. La crítica, aunque sea persistente, no puede equipararse con el bullying o la censura. Ser avergonzado en internet, como le pasó a Taylor, está lejos de un linchamiento. La vergüenza, por decirlo en términos de Hume, es una emoción moral apropiada y muy útil para regular nuestros comportamientos éticos. En su caso no hubo daño permanente, ni laboral ni psicológico. No se trata de que las sensibilidades de las personas sean variantes, hay unas líneas clarísimas que diferencian la crítica del “linchamiento”. Sin embargo, en internet, muchas veces se llama linchamiento a la crítica legítima, buena, mala o exagerada.

Las interacciones en redes sociales nos muestran que, en realidad, la distinción entre lo bueno y lo malo no se fundamenta exclusivamente en la deliberación racional, y que los juicios morales no son absolutos ni universales. Las personas no se mueven únicamente por razones y la lógica no nos lleva por sí sola a la acción, pues al final son los sentimientos lo que en realidad nos impulsa. Para esta regulación social, internet funciona de maravilla. Si tan solo Hume hubiera estado vivo para verlo.

Hume señaló que la moral descansa fundamentalmente en los sentimientos que llama “sentimientos morales” como la “humanidad” (sentimiento positivo por la felicidad del género humano y resentimiento por su miseria). Así, llamamos “acciones virtuosas” a las que despiertan este sentimiento, entre otros “sentimientos morales”, y eso lleva a que haya regulación social. Para Hume, la simpatía representa la tendencia que las personas sienten a participar y revivir las emociones de los demás, aquella que permite al sujeto ponerse en relación con otros sujetos. En muchas ocasiones, dar like, fav o hacer rt tiene que ver con un sentimiento mínimo, simple e inmediato de simpatía.

Esta simpatía es una de las cosas que mueven a las personas a actuar en masa en internet. De hecho, algunos dirán que las turbas que “lincharon” a Sacco comenzaron siendo bienintencionadas y estaban en un principio “defendiendo derechos”. Pero ¿qué derechos? Quizás eso es exagerado y solo se trata de que la gente defiende lo que es políticamente correcto por el gusto fácil de esa sensación de virtud y pertenencia. En todo caso de like en like vamos construyendo valores colectivos, un campo simbólico para “lo bueno” y otro para “lo malo”. Ponerse una camisa estampada con mujeres en bikini y hacer un tuit racista no siempre fueron acciones que despertaran la indignación colectiva. Llevamos años construyendo en el lenguaje un escenario para que esto nos indigne. En el debate público se construyen los símbolos que modifican cómo percibimos las acciones y a su vez las emociones morales que nos despiertan.

Sin duda, internet es una gran herramienta para la participación política en el debate público. Muchas cosas que deberían regularse de nuestro comportamiento para tener una sociedad más equitativa necesitan del rechazo social porque castigar por la vía penal sería ridículo y llegaría a la censura o a restringir otras formas del derecho a la libertad de expresión. Cuando alguien hace un comentario racista u homofóbico o que agreda o discrimine a algún grupo, la penalización o la censura son lo menos deseable pues antes conviene que los intolerantes hablen. Solo en la discusión de sus argumentos se darán cuenta (si no ellos, quienes los escuchan) de lo absurdos que son muchos de sus prejuicios.

Si bien las “turbas linchadoras” en internet existen y tienen efectos reales, no queda más remedio que regularlas desde la interacción social. Intentar penalizarlas puede tener consecuencias nefastas, en especial porque el término “turba linchadora” es casi siempre impreciso, y también se usa con frecuencia para deslegitimar críticas de grupos minoritarios. Las emociones de las personas no se pueden regular ni penalizar. Coartar estos discursos puede tener fuertes efectos en el derecho a la libertad de expresión que a veces necesita del anonimato, y que debe proteger hasta el insulto, que muchas veces es una queja social legítima. Las redes sociales son un espacio de escrutinio de las figuras públicas y es poco probable que esto cambie. Además son un espacio natural para el debate de la opinión pública. De hecho, debería asumirse que todo lo expresado en redes sociales es opinión a menos que algo explícitamente indique lo contrario. El derecho a la libertad de expresión implica que cada persona debe responder por lo que dice dentro y fuera de internet. Además, ya hay figuras penales, como el acoso, las amenazas, la extorsión, la injuria y la calumnia, que pueden ser usadas para atender perfectamente casos de cyberbullying o bullyingsin necesidad de inventar nuevas leyes para lo digital.

Se tratará siempre de una negociación que hace cada persona entrehacer un intento por ser respetuoso y empático, o agresivo y confrontador. Ambas posturas son válidas, dentro de la libertad de expresión y según las circunstancias, una será más efectiva que otra. Eso sí, ninguna postura nos exime de hacer conciencia del contexto en el que decimos las cosas (y del contexto en el que nos las dicen) y de los posibles impactos amplificados de nuestras palabras. La violencia verbal que se experimenta online no emana de las redes ni de los ordenadores: el odio y la sevicia son emociones humanas que solo pueden regularse con otras emociones humanas como la empatía y la compasión. Quizás es un gesto tan sencillo como tener presente que las personas, al comunicarnos, ejercemos una voluntad de dominio; y, finalmente, cuidarnos a conciencia de que nuestra comunicación no sea un acto de conquista sino de seducción.