estética

Feminismos y pop: caminos estéticos para hablar de derechos humanos

Estereotipas, “feminismo pop latinoamericano” es una colectiva que busca incidir en la manera en la que las mujeres jóvenes piensan sobre el feminismo y la desigualdad de género. Para ello, tratamos de traducir las grandes ideas del feminismo a un lenguaje y un formato asequible utilizando el humor, la estética del pop y las nuevas tecnologías.

Somos feministas porque nadie debe ser discriminado por su género o/y orientación sexual, clase, raza, etnia, lugar de origen, y los feminismos nos han dado las herramientas y los argumentos para hacer una revolución pacífica que resulte un mundo más justo. Somos latinoamericanas porque creemos en la importancia de los lazos no solo entre mujeres y entre personas sino entre regiones y la importancia de generar, en nuestra lengua, nuestras propias historias, referentes, símbolos y discursos. Somos pop porque creemos que el medio importa para transmitir el mensaje y que el pop es un lenguaje perfecto para hacer que las ideas del feminismo impacten nuestra cultura y cambien el sistema.

Muchas de las expresiones de los feminismo que se dieron en la tercera ola tuvieron que ver con la apropiación de insultos, ataques y prejuicios, a través de medios visuales, audiovisuales, a través del lenguaje y de las subculturas. Estas también son formas de renacer del discurso de víctima (otro meme), pues sí, las mujeres somos víctimas pero nadie quiere hablar desde esa posición, quizás conviene tomar una postura crítica frente a lo resbaloso que es el sexismo, el racismo, el clasicismo y otros memes de dominación tejidos en nuestra cultura. Un ejemplo perfecto son las Guerrilla Grrrls, las Riot Grrrls, que con solo suprimir una vocal de la palabra convirtieron un insulto condescendiente en un rugido. Estos son los referentes directos de Estereotipas. Referentes que también se enfrentan a la pregunta de si movimientos como los feminismos, que buscan desmontar el patriarcado, puedan existir dentro de su mejor aliado que es el capitalismo. La primera respuesta es sencilla: el feminismo siempre ha tenido que lidiar con el capitalismo, algunas de las vetas más poderosas del movimiento de mujeres nacieron de sus entrañas. Pero el capitalismo es un modelo económico de explotación, y en una sociedad patriarcal las explotadas terminan siendo las mujeres. Por eso el feminismo le debe al capitalismo una crítica permanente. Y se mantiene la pregunta: ¿se puede hacer feminismo y resistencia, con el lenguaje natural del capitalismo que es el pop?

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Dioses y humanos

Columna publicada el 13 de enero de 2016 en Sin Embargo.

David Bowie en su periodo como Ziggy Stardust en Filadelfia en una fotografía de archivo del 1 de diciembre de 1972. Foto: APDavid Bowie en su periodo como Ziggy Stardust en Filadelfia en una fotografía de archivo del 1 de diciembre de 1972. Foto: AP

“Los poetas, amor mío,
son unos hombres horribles,
unos monstruos de soledad.
Evítalos siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío,
son para leerlos, mas no hagas caso
a lo que hagan en sus vidas”.

Raúl Gómez Jattin

Somos muchas las personas, en tantos países y de varias generaciones a las que David Bowie nos cambió la vida. Ésta siempre es una afirmación curiosa porque se dice con una implacable convicción y amor, aunque estemos hablando de una persona con la que jamás tuvimos una conversación. Pero en muchos momentos de felicidad o de angustia ahí estaba la música, o las imágenes, o el mismo performance vital que era su cotidiano, su masculinidad suave, andrógina, que nos dejaba imaginar que nosotros también podíamos ser como quisiéramos, y también estaban todas las veces que coreando Changes, nos sentimos menos raros y menos solos. Incluso para quienes acaban de descubrirlo –gracias a su muerte, cualquier razón vale- será como nada ni nadie que jamás hayan visto. David Bowie es un Dios.

Pero también un humano. Horas después de que miles de seguidores empezaran a homenajearlo en las redes sociales volvieron a circular dos acusaciones por violación al artista: una por tener sexo con una menor (de 14-15 años) en California (statutory rape) y otra en Dallas por una mujer de 30 años que exigía que Bowie se hiciera un examen de VIH (a lo que la estrella estuvo dispuesto sin problema). Es importante aclarar que en ambos casos un juzgado falló a favor de la inocencia de Bowie. También podríamos hablar del contexto: el límite de edad en California eran los 18 años y eran los tiempos de las baby groupies que se ofrecían a los rockstars convirtiendo a las celebridades en trofeos. Uno podría argumentar, con buenas probabilidades de tener la razón, que las groupies tenían suficiente agencia para decidir con quién acostarse.

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Superpo(p)derosas

Columna publicada el 30 de diciembre de 2015 en Sin Embargo.

Las series de televisión son a la vez espejo y meta: reflejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.Las series de televisión son a la vez espejo y meta: reflejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser.

Cuando era niña jugaba con mis amigos a representar los personajes de las series de caricaturas que veíamos. Teníamos un problema recurrente: usualmente éramos más niñas que niños, pero con los personajes sucedía a la inversa. Por ejemplo, los Thundercats solo tenían a Chitara (la mujer) y a WillyKit (la niña) y una vez repartidos estos roles las niñas teníamos que “hacer de hombres”. El ejemplo, particular y subjetivo, es sintomático de que casi no hubiera suficientes representaciones de mujeres en la cultura pop y para niños, y las pocas que existían eran bastante unidimensionales: su principal gracia solía ser “ser la mujer” (Pitufina, Abril O’Neil) o caían en reduccionismos binarios como “la rubia y la morena” (Betty y Verónica), la “vixen” y la “girl next door” (Ginger y Mary Jane) o la bonita y la inteligente (Daphne y Vilma). Las niñas no contábamos con ficciones variadas y suficientes para imaginarnos.

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La revolución del pelo suelto

Columna publicada el 25 de septiembre de 2015 en Sin Embargo.

El estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Foto: ChangeEl estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Foto: Change

¿Se acuerdan cuando Gloria Trevi escandalizó al mundo cantando que iba a traer el pelo suelto? “Aunque me tachen de indecente, aunque hable mal de mí la gente” cantábamos haciéndole coro y sin cuestionar por un minuto estas palabras. En ese entonces yo era una niña, hiperactiva y con pelo muy liso y muy fino. Como resultado no había gancho o banda que pudiera quitarme el pelo de la cara, cosa que a mí no me molestaba en lo más mínimo, pero era causa de gran sufrimiento para mi abuela que con frecuencia me repetía con la mano en el pecho “van a decir que mi nieta es la más despelucada”. ¿Pero, no les parece que todo esto es muy raro? ¿Qué tiene que ver llevar el pelo largo con ser indecente? ¿Qué tiene que ver la moral con el pelo?

Una amiga colombiana vino de visita a México y vio la foto de Peña Nieto en una revista de la peluquería del aeropuerto. “El Presidente parece sacado de una telenovela”, me dijo sin saber que literalmente era el candidato de Televisa. Peña Nieto tiene ese cortecito de pelo presidenciable, que comparten casi todos en su gabinete. Sus camisas, sus corbatas, su pelo corto, nos aseguran que es hombre y que es heterosexual. Por si acaso hay dudas, la primera dama lo reafirma con su feminidad exagerada, pelo largo, ondulado, en ese tono rubio miel de buena-de-telenovela. ¿Van Anahí y Angélica Rivera a la misma peluquería? Cómo será de importante el estilo para la presidencia, que entre todos los cuestionamientos posibles, no sé, Ayotzinapa, la casa blanca, el que Peña Nieto escogió para contestar fue el que tenía que ver con la moda de sus medias. Porque las medias mal puestas equivale a que es tonto, y si es tonto no puede gobernar. Demostrar que “ese era el diseño de las medias” es crucial para mostrar sus habilidades como gobernante. Corrupción, masacres, feminicidios, desapariciones, ¿eso qué?

La mayoría de las veces no sabemos qué trae la gente entre las piernas. Yo asumo que las personas a mi alrededor son hombres y mujeres porque llevan puestos una serie de símbolos y señales que me permiten ubicarlos según los géneros binarios (femenino-masculino). No es tan sencillo como falda o pantalón, también se incluyen los gestos, las maneras de moverse, cada detalle de ese performance del género que hemos ensayado cada día de nuestras vidas. Así que las mujeres pueden llevar pantalones o el pelo corto, siempre y cuando tengan otras señales femeninas que nos saquen de la duda. Cuando las personas llevan señales ambiguas esto nos causa muchísima consternación. Para evitar esta consternación exigimos que estos símbolos sean llevados con rigor, hombres de azul-mujeres de rosado (una asociación bastante reciente, llevada a su auge máximo por la comercialización de juguetes en los ochentas). A los bebés hembra, por ejemplo, les ponemos aretes y lacitos, si preguntarles su género, una manera nada sutil de explicarles, desde antes de que aprendan a hablar, que tienen que ajustarse a ese sistema binario de la sociedad para ser reconocidos como personas.

Cuando era niña odiaba los vestidos y quería llevar el pelo corto. Lo hacía con la intención clara y distinta de que me confundieran con un varón. Los juegos de niñas se me hacían estáticos y aburridos y eso de darle té a las muñecas me parecía un bodrio. Yo quería correr y subirme a los árboles pero para eso no podía llevar vestido (lo dañas, lo manchas, no te puedes mover) ni peinados complicados, es decir, tenía que verme “como” un hombre. Es decir, mi apariencia me abría ciertos espacios, a los que mi género asignado no tenía acceso. Hoy tengo 32 y soy una mujer cisgénero heterosexual (elegí otroperformance). No creo que eso cambie si me corto el pelo, porque como es evidente, llevar el cabello de una manera u otra no determina la identidad de género ni la identidad sexual, ni mucho menos las calidades morales.

Sin embargo, el corte de pelo sí marca nuestro lugar en las estructuras de poder, puede ser la diferencia entre ser un “indiecito” y un presidenciable. Porque, en la Latinoamérica mestiza, la clase social y hasta el grupo étnico son una cuestión de estilo. Y por eso tenemos policías de estilo, desde los bouncers hasta los mismos policías, enseñados a detener a hombres jóvenes de pelo largo vestidos de manera informal. Otra amiga me contó que viajó a México en sudadera y la pararon para interrogatorio en el aeropuerto. Desde entonces viaja sin problema, con su ropa más elegante.

Mantenemos estas categorías del poder a través de la estética. No nos damos cuenta que cuando le decimos a alguien “naco” estamos activamente entorpeciendo su movilidad social. Nuestros juicios estéticos también son cuestión de acceso a los derechos humanos, como lo ha demostrado la campaña #AxanDecide contra el reglamento inconstitucional de una escuela privada que no permite que los niñes con pene que tengan pelo largo estudien. Mantener, desde los juicios estéticos, estos sistemas de poder sin cuestionarlos vulnera la autonomía corporal de todos, y nos limita a andar por los mismos caminos arbitrarios de siempre, en los que no cabe la diversidad de la experiencia humana. El estilo personal es un campo semántico múltiple y delicioso, que nos permite mandar mensajes antes de siquiera abrir la boca. Por eso también sirve par hacer revoluciones. Y ese es el desafío moral de llevar el pelo “suelto”.

Reggaetón y literatura

Artículo publicado el 7 de agosto de 2015 en i-D

Entre los argumentos en contra del reggaetón uno de los más recurrentes y aceptados es que sus letras no tienen un valor cultural o literario y que por el contrario denotan una “falta de cultura”. Por supuesto, esa expresión coloquial entiende “cultura” según unos modelos hegemónicos, eurocentristas y anglocentristas, en donde la cultura viene siendo una cosa reverencial de ver y no tocar, y que incluye a, y solo puede apreciarse con, la música “clásica” o instrumental, o con música indie de guitarritas simplonas que aguadan estribillos del pop anglosajón. Por eso, la gente asociará a Beethoven con “lo culto” aunque solo lo escuche en el ringtone del celular, y tendrá una apreciación vergonzante del reggaetón que sí escucha en su cotidianidad.

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El más acá

Crónica publicada en la revista Viacuarenta, No 13-14, segundo semestre del 2012, edición: Cronistas del Caribe colombiano. Biblioteca Piloto del Caribe.

La sangre es un mar inmenso
que baña todas las playas…

Sobre sangre van los hombres,
navegando en sus barcazas:
reman, que reman, que reman,
¡nunca de remar descansan!

Nicolás Guillén

En el sofá viejo y descosido estaba sentada una niña de unos doce años. Tenía uñas postizas larguísimas y decoradas con florecitas, tres en la mano izquierda y dos en la mano derecha. Tenía una camiseta rosada que le llegaba hasta el ombligo y partía en dos, como una luna menguante, su pancita redonda. Tenía unos shorts y unas chanclas que bamboleaba mientras se arreglaba la melena rebelde de un rubio cenizo. Era una sala pequeñita con piso de cemento, paredes descascaradas verde menta, y una cortina colgada de una pita para cubrir la entrada a la cocina.

En las cuatro esquinas había altares. En la esquina del fondo, al lado de la cocina, había una muñeca negra vestida de azul y blanco, sentada sobre una atarraya y rodeada de flores azules y conchas de nácar. Junto a la ventana que daba a un patio interior había una virgen con un vestido dorado, la Virgen de la Caridad del Cobre, rodeada de flores amarillas y velas, una pluma de pavo real puesta con mucho cuidado y un frasco de lo que después supe que era miel. Tras la puerta una piedra con dos conchas que semejaban ojos, y una piedra más pequeña y una pluma incrustadas en lo que sería el cogote del volumen antropomorfo. Descansaba en un platico de barro rodeado de dulces, un par de tabacos, detrás un coco y delante una copita de ron.

Se escuchó un “¡Ja!”, como el graznido de un cuervo, y de la cortina de la cocina salió un hombre de unos sesenta años, canoso, en camisilla blanca manchada y pantaloneta. Soltó otro par de carcajadas y con sus manazas abiertas nos invitó a sentarnos en el sofá de donde desplazó a su nieta que se fue arrastrando las chanclas hasta la cocina.

“Mi hijo, el babalao, no ha llegado todavía. Pero mientras llega, yo quiero hablarles de mi religión. Mi religión es la religión de los tambores y la risa. La gente se confunde porque no la conoce, creen que somos vudú, que le rezamos al diablo, todo eso es mentira. Lo que pasa es que la Santería se pasa de la boca a los oídos, no se escribe, y bueno, de todas formas es poco lo que se puede contar porque muchas cosas son secretas.”

El vudú se confunde muchas veces con la Santería porque también tiene raíces yoruba. Al igual que en la Santería, los dioses del vudú están por debajo de una divinidad central y lejana, y son identificables con santos cristianos. Es de la tradición vudú que viene el mito de los zombies. Se dice que son cadáveres resucitados por los sacerdotes y utilizados para las labores agrícolas como autómatas sin voluntad. A pesar de que tienen orígenes y elementos comunes, la santería no comparte el mismo panteón ni las prácticas rituales y no se centra en el animismo mágico, sino en una forma de panteísmo que se parece un poco al modelo de la Sustancia spinozista: hay una energía que es todo, Ashé, y todo lo que existe existe como un modo de esa energía.

“Ésta, mi religión, es la más bonita. Es una religión para cantar y para bailar y para tomar ron, aunque el ron es muy caro, pero hay que brindar para celebrar la vida. Nosotros no creemos en el arrepentimiento, tu verás si te arrepientes, pero lo que hiciste lo hiciste y en la historia está. Nosotros creemos que vinimos a esta vida para ser felices, ahora, ¿qué es la felicidad? ¡yo no se! Cada uno sabe cuál es su felicidad y cómo conseguirla. Si tu felicidad es hacer plata pues a eso viniste a este mundo, si es cantar, a eso viniste a este mundo, nuestro destino es lo que nos hace felices en la vida.”

“¿Y tú?” Dijo mirándome de arriba abajo. “¿Ya sabes de quién eres hija?”

“Esa es justamente una de las cosas que vine a averiguar”, le conteste.

Hacía 10 años, una amiga de mi mamá me había contado de la Santería. Por ese entonces yo estaba dando la peleas conceptuales con el catolicismo que después me llevarían a ser agnóstica. La Santería me pareció refrescante, y un poco más, me pareció la religión ideal o al menos aquella que me parecía más lúcida, más sana, y la primera con la que realmente sentía una afinidad ideológica y estética.

La Santería no tiene un sistema moral unificado, no existen los pecados, y no se vive para una recompensa extraterrena, se vive para vivir, aquí y ahora, y como diría Cepeda Samudio, “El que se murió se jodió.” La Santería esta toda exenta de culpa, por ejemplo, en su mito cosmogónico, Obatalá crea al mundo, y después se emborracha y crea a los cojos y los ciegos, a los brutos, enfermos y torpes del mundo. La Santería es politeísta, si bien existe un Dios único (Oloddumare), este se relaciona con los seres humanos a través de extensiones del mismo, los orishas. Los orishas son todos buenos y malos a la vez, todos fueron humanos en algún momento y por eso conocen de lo imperfecto y de la tentación.

La religión llegó a Cuba, Venezuela y Brasil y otros países americanos a través de los esclavos africanos de Sierra Leona, Nigeria, Camerún y específicamente de las orillas del río Níger. En cada uno de los países se mezcló con tradiciones indígenas y cristianas y tiene variantes muy específicas en cada país. Como usualmente estaba prohibida, los santeros asociaron cada uno de sus orishas con una figura del santoral católico de manera que pudieran adorarlos sin levantar sospechas.

Cada persona tiene un orisha que lo protege, que es su padre o madre. A cada persona la ha escogido ese orisha por afinidad, porque ve en ella gustos y habilidades similares, porque puede ayudarle a cumplir su destino, porque le cae bien. Las personas, en efecto, tienen temperamentos parecidos a los de sus orishas, y al preguntar “¿de quién eres hijo?” casi que se está preguntando por el tipo de personalidad. Yo me había aficionado mucho a una orisha llamada Oyá, la orisha del viento, de la muerte, de la guerra y del arco iris, amante de Shangó que vive sola en el cementerio pero que lo acompaña en la batalla.

“Tu tienes cara de mala.” Continuó Carlos. “Debes ser hija de Elegguá. No no no te ofendas, que no te estoy diciendo mala.” Volvió a carcajearse. “Yo también soy hijo de Elegguá. Los hijos de Elegguá somos muy nobles, muy leales con los que queremos, pero también somos malosos, inteligentes, hábiles, poco escrupulosos, porque Elegguá es el orisha de la malicia, de la palabra, y por eso también el orisha de la mentira. Los hijos de Elegguá somos astutos, habladores y nos gusta la calle. Elegguá es un niño travieso, al primero que se le reza porque es el que abre y cierra los caminos. Controla los reinos del mal y del bien, él crea el balance entre las dos fuerzas, a la vez que tiene dominio sobre ellas.”

“Y como puedes ver los hijos de Elegguá son imprudentes.” Dijo una mujer que salía de la cocina lentamente pendulando sus anchas caderas. Nos ofreció un café instantáneo. Era Carmen, esposa de Carlos, hija de Yemayá la orisha del mar y de todas las aguas.

“No me regañes, yo soy así.” Le contestó Carlos. “Lo que estoy es feliz porque estas niñas me han traído de vuelta a mi ahijado.” Carlos abrazo a Jose, el cocinero de un paladar en la calle Aguacate con Obispo de la Habana Vieja, a donde habíamos ido a parar en una tarde lluviosa y nos sirvieron la mejor langosta al ron y mojitos de todos los que probamos en la isla. Mi amiga Leonor, mi compañera de viaje (y según Carlos hija de Ochún) llamó al chef para felicitarlo y yo le pregunté por los altares que había en el paladar y por la falda de la mesera, que por las cintas de colores parecía ser (y efectivamente era) una falda de Oyá.

Al ver nuestro interés, Jose, hijo de Shangó, decidió presentarnos a sus padrinos, entre esos a Daniel,el hijo de Carlos, Carmen y Yemayá, un babalao de 28 años que podía iniciarme en la religión. Los babalaos son una especie de sacerdotes y un padrino es una especie de guía espiritual en la Santería, pero también hace las veces de astrólogo, consejero, amigo y psicólogo. Al día siguiente de conocerlo nos dimos cita con Jose en el paladar y él nos llevó en mototaxi por entre las casas de la Habana Vieja, que parecen talladas en sal, hasta un callecita cercana al Museo de la Revolución, donde después de atravesar un callejón húmedo y angosto llegamos hasta la casa de la familia de la alegre y devota familia García.

A la casa llegó otra hija de Carlos, hija también de Obatalá, que ayudó a su madre a servirnos café muy calladita. Más tarde llegaron Daniel, su esposa (hija de Ochún) y sus dos hijos. Daniel se convertiría en mi padrino. Era risueño y cachetón, pero también tenía una mirada muy seria. Se presentó y dijo que primero consultaríamos a Orula si podía hacerme la ceremonia de iniciación.

Según me explicó Daniel, todas las personas escogemos nuestro destino. En ese momento todos los orishas tienen los ojos cerrados menos uno, Orula. Orula es el Orisha de la adivinación, el oráculo supremo. Es el gran benefactor de la humanidad y su principal consejero y curador. Revela el futuro a través del secreto de Ifá. Orula representa la sabiduría, la inteligencia, la picardía y la astucia que sobreponen al mal. Representa la seguridad, el apoyo y el consuelo ante la incertidumbre de la vida. Orula es el único que sabe cuál es el destino que escogimos pues nosotros lo olvidamos antes de nacer. La primera ceremonia es para averiguar el ifá de Orula, que es la figura que representa ese destino.

En la consulta los orishas que hablaron sobre mi fueron Orula y Elegguá. Dijeron que cuidara de las autoridades oficiales —un consejo que horas después encontraría muy práctico, pero esa es otra historia—. También hicieron preguntas. Finalmente dijeron que podía iniciarme en la Santería. Compramos unas cervezas para tomar con toda la familia, y Carlos celebró que fueran de la marca Bucanero, su cerveza predilecta porque es la que más grados de alcohol tiene y porque es roja y negra, los colores de Elegguá.

Al día siguiente Leonor y yo volvimos para el ritual de iniciación. Ella sería mi testigo pues, según dijo Daniel, siempre debe haber alguien de la familia o un amigo cercano que presencie el ritual y que después en la vida te recuerde lo que aprendiste. Para recibirnos estaba toda la familia, Carlos, Carmen, su hija menor, y su nieta, Daniel, su esposa, sus hijos, Jose el cocinero y otros dos babalaos, uno hijo de Shangó y el otro de Elegguá.

Los pormenores de la ceremonia son secretos y tal vez serían imposibles de contar; están yuxtapuestos en mi memoria como si hubieran ocurrido todos en simultáneo y no de manera lineal. Como si hubiera estado en una corta brecha en que se distorsionó mi percepción del tiempo. La música africana que salía de los parlantes del televisor sonaba entre el cacarear de los pollos que esperaban su muerte nerviosos dentro de un saco de papas.

Cantaron, tocaron tambores, degollaron los pollos (que al final de la ceremonia nos comimos en un banquete preparado por Jose) para darle de comer su sangre a las figuras de mis santos: Orula (representado con una ollita de barro con tapa, pintada de amarillo y verde, dentro de la cual se guardarían algunos elementos que tomaron parte en la ceremonia, como un par de semillas que representaron mis ovarios, el resultado del ifá, y la calavera de un pollo testigo de mi iniciación) y los guerreros: Elegguá (la piedra antropomorfa que vivía tras la puerta), Osún (una copa de hierro con un gallito encima, rellena de una composición secreta preparada por Daniel el día anterior), Ogún (una ollita de hierro llena de retazos de hierro también pues es el orisha de la artesanía y los metales) y Ochosi (el orisha de la caza, representado con un pequeño arquito de metal que se guarda entre la ollita de Ogún). Este es como el “kit” del santoral básico para cualquier yoruba.

Durante la ceremonia me vendaron los ojos, me escupieron ron, me hicieron girar entre palomas que aleteaban, me di un baño de totuma en la ducha. Todo olía a ron, sangre, y sudor, y de vez en cuando por entre las rendijas entraban ráfagas del viento salado del mar.

Orula dijo que el mió era el destino de la mariposa, que resultó ser una imagen hermosa llena de detalles inquietantes. Después vino la ceremonia para preguntarle a Orula cuál era mi orisha. Esta fue especialmente agotadora y en varios momentos pensé que me iba a desvanecer como una dama victoriana, o como mínimo quedarme dormida mientras el babalao hijo de Shangó me tenía las manos y cantaba en lucumí palabras que para mi eran fonemas, melodías de tambor, y a las que todas la familia contestaba como en una versión, alegre y descalza de los ditirambos griegos.

Cuando llegó el momento de preguntarle a Orula, el babalao usó un sistema de adivinación binaria con una piedra y un huesito. Yo debía ocultar uno en cada mano y según la mano que escogiera el babalao la respuesta sería “sí” o “no”. Primero me preguntaron si yo sentía afinidad con algún orisha, que si quería ser hija de alguien. “¡Elegguá¡” gritó el Carlos desde la cocina y en seguida se oyeron los “shh” de su esposa, su hija y su cuñada.

“Quiero saber si soy hija de Oyá”, dije yo mientras, con las manos en la espalda, intercalaba el huesito y la piedra. Un segundo antes de que lo hiciera, supe que el babalao escogería la mano de la piedra. De Oyá no era hija.

Una sutil sonrisa se dibujó en al cara de los babalaos. Se dijeron un par de cosas en lucumí. “Vamos a preguntar si eres hija de Elegguá”, anunciaron. Y otra vez, un segundo antes de que el babalao escogiera mi mano derecha, la que tenía el huesito, sentí una emoción verdaderamente inesperada, alcancé a sonrojarme. “Si” dijo el babalao, “eres hija de Elegguá”. Todos rompieron en risas y aplausos. Carlos vino corriendo desde la cocina a abrazarme. A mí me alcanzaron a salir un par de lágrimas que disimulé cuanto antes en la camisilla raída de mi nuevo hermano.

Yo también estaba riendo, ya no estaba cansada, estaba de hecho, realmente feliz de que mi santo fuera Elegguá. A Elegguá y a mi nos gustan las mismas cosas: el coco, el tabaco, el ron, el ingenio y el comentario en voz alta. Me sentí como una chica de telenovela a quien le acaban de revelar quién es su verdadero padre y entiende que en consecuencia su amado no es su hermano. Empezó en un santiamén un proceso de relectura hermenéutica de toda mi vida, bajo la clave de Elegguá, una resignificación que era el efecto racional claro e indiscutible de la iniciación.

Como muchos filósofos de formación, no me queda más remedio que decir que la fe es un sinsentido. La fe es una palabreja relamida que se usa para imponer teleologías. Cuando uno se muerde los puños de la rabia porque algo salió mal, o porque alguien nos ha hecho daño siempre hay alguien que nos dirá que todo saldrá bien, o que el universo es justo y que le dará a cada quien lo que se merece. Pero eso es solo algo que decimos para tranquilizarnos, independientemente de esa metafísica emocional las cosas salen mal o salen bien, y no hay tal cosa como un mundo justo, niños inocentes se mueren de hambre mientras banqueros insensibles se enriquecen, y la justicia no es resultado de un equilibrio cósmico sino de acciones puntuales de personas valientes que no siempre acaban bien. Pero hay que decir también que la fe es una ingenuidad ineludible, el papel de regalo que envuelve a un mundo injusto, el motor necesario para hacer cualquier cosa, la mentira blanca que nos decimos para reir, para vivir, para avanzar. Así es como hasta los agnósticos llegamos a tener una turbulenta y paradójica vida espiritual.

Hoy mi Elegguá vive tras la puerta de mi cuarto y le sirvo en una copita el primer trago cuando hay fiestas en la casa. También le guardo las mentas de los restaurantes y se las dejo en su platico de barro. Me gusta traerle chocolatinas Jet. Cuando quiero hablarle doy tres golpes con una maraca que compré en Carnavales. Yo no se si Elegguá existe como deidad sobrenatural que me observa, pero eso tampoco me parece importante. Con esa familia cubana quedó un pedacito de mi que vivirá por siempre en medio de mi adorado Mar Caribe. Me dieron una comunidad, en otros países me he encontrado con personas que reconocen el collar y la pulserita de Orula, y me preguntan si soy santera como ellos. Me regalaron un ritual estético que reúne las cosas que amo se ser caribeña: la música, la risa, el sincretismo inesperado, la inusitada convivencia entre el pensamiento mágico y la racionalidad occidental. Me permitieron adoptar su filosofía vitalista, dionisíaca y pacífica, que entiende la vida como una sucesión de paradojas que lo hacen a uno reír a media boca, y tal vez nunca deje de ser agnóstica, pero si llegasen a existir los dioses, es claro cuál panteón me representa.

Creo que en mi caso entiendo la religión como un ejercicio ritual que de postura estética se convierte en una manera de estar y ser en el mundo. Me gusta la santería porque es una manera de estar en la que se entienden como indivisibles la sangre y el mar.