ética

Pensar: ¿cosa de hombres?

Columna publicada el 24 de marzo de 2016 en El Espectador.

Un “sesgo implícito” (“implicit bias”) sucede cuando un individuo hace asociaciones automáticas, afectivas y/o cognitivas, entre un grupo estigmatizado (como los indígenas, los negros, o las mujeres) y las características negativas de su estereotipo. Estas asociaciones automáticas afectan de manera real nuestros juicios, decisiones y comportamientos, y como funcionan a un nivel inconsciente son difíciles de identificar.

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Rectificación

Columna publicada el 5 de marzo de 2016 en El Heraldo.

El señor Rafael Madero Cabrera, presidente de la Junta Directiva de Fenalco Atlántico, pide, por medio de una carta, que haga rectificaciones a mi columna “Irresponsabilidad social empresarial” en la que critico a Fenalco por enviar el mensaje, socialmente irresponsable, de que la violencia contra las mujeres es cosa tolerable. Dice Madero que yo tengo un “inadecuado entendimiento de los actos desplegados por la entidad”, una frase importante, pues deja claro que el motivo de reclamo es mi “inadecuado entendimiento”, es decir, mi opinión, y no “los hechos desplegados por la entidad”, que no están en discusión.

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Acoso sexual: el caso Otálora y los muchos de cada día

Artículo publicado en la revista Razón Pública el 1 de febrero de 2016.

No importa si hubo o si no hubo amor, si hubo o no hubo coqueteos, y si la relación fue o no fue consentida. Había desigualdad de poder y por lo mismo se violaron la ética y la ley. Es un mal arraigado en la cultura y común entre personas respetables.

Denuncia y renuncia

En la edición del 23 de enero el columnista de Semana Daniel Coronell dio a conocer los cargos por acoso sexual de la abogada Astrid Cristancho, exsecretaria de la Defensoría del Pueblo, contra el defensor Jorge Armando Otálora. Coronell mostró mensajes de chat donde se ve muestra un pene que supuestamente pertenece al defensor, así como otros donde el servidor público invita a la funcionaria a visitarlo en su casa En una edición anterior, el columnista había divulgado las acusaciones por acoso laboral.

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Dioses y humanos

Columna publicada el 13 de enero de 2016 en Sin Embargo.

David Bowie en su periodo como Ziggy Stardust en Filadelfia en una fotografía de archivo del 1 de diciembre de 1972. Foto: APDavid Bowie en su periodo como Ziggy Stardust en Filadelfia en una fotografía de archivo del 1 de diciembre de 1972. Foto: AP

“Los poetas, amor mío,
son unos hombres horribles,
unos monstruos de soledad.
Evítalos siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío,
son para leerlos, mas no hagas caso
a lo que hagan en sus vidas”.

Raúl Gómez Jattin

Somos muchas las personas, en tantos países y de varias generaciones a las que David Bowie nos cambió la vida. Ésta siempre es una afirmación curiosa porque se dice con una implacable convicción y amor, aunque estemos hablando de una persona con la que jamás tuvimos una conversación. Pero en muchos momentos de felicidad o de angustia ahí estaba la música, o las imágenes, o el mismo performance vital que era su cotidiano, su masculinidad suave, andrógina, que nos dejaba imaginar que nosotros también podíamos ser como quisiéramos, y también estaban todas las veces que coreando Changes, nos sentimos menos raros y menos solos. Incluso para quienes acaban de descubrirlo –gracias a su muerte, cualquier razón vale- será como nada ni nadie que jamás hayan visto. David Bowie es un Dios.

Pero también un humano. Horas después de que miles de seguidores empezaran a homenajearlo en las redes sociales volvieron a circular dos acusaciones por violación al artista: una por tener sexo con una menor (de 14-15 años) en California (statutory rape) y otra en Dallas por una mujer de 30 años que exigía que Bowie se hiciera un examen de VIH (a lo que la estrella estuvo dispuesto sin problema). Es importante aclarar que en ambos casos un juzgado falló a favor de la inocencia de Bowie. También podríamos hablar del contexto: el límite de edad en California eran los 18 años y eran los tiempos de las baby groupies que se ofrecían a los rockstars convirtiendo a las celebridades en trofeos. Uno podría argumentar, con buenas probabilidades de tener la razón, que las groupies tenían suficiente agencia para decidir con quién acostarse.

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¿Nota rosa o amarilla?

Columna publicada el 19 de septiembre de 2015 en El Heraldo

Debo confesar que se me hizo un nudo en la garganta al ver en YouTube la entrevista que el periodista Omar Vásquez, disfrazado de ‘La Diva Rebeca’, le hace a la actriz y presentadora Ana Karina Soto. Vásquez, con una peluca rubia, un brillante vestido rojo, una interpretación afectada y una camaradería cruel –ofensiva para travestis y mujeres–, saca su celular en medio de la entrevista, y le muestra a Soto una página porno. A continuación le dice, frente a las cámaras, que en esa página está “su video”, y le da play. Entonces Soto guarda silencio y mira anonadada al celular.

Hace años, Ana Karina Soto fue víctima de revenge porn o ‘porno de venganza’. Su pareja de ese entonces grabó, sin permiso, un video de los dos teniendo sexo después de una fiesta. No le dijo a Soto de la existencia del video. Cuando terminaron y Soto estaba a punto de casarse con el también actor Pedro Palacio, el ex-novio publicó el video en Internet. Como cuenta Soto en esta entrevista, la divulgación del video, que es una violación imperdonable a su privacidad, hizo estragos en su vida personal y profesional. No solo se rompió su relación con Palacio (que dijo estar agobiado por el video) sino que el canal para el que trabajaba no volvió a mandarla a trabajar en terreno durante un año o más. Esto sin contar con el ataque a su honra y dignidad, la violación a su privacidad, y el hostigamiento que vivió por parte de su expareja, un inconfundible crimen de género.

“¡Yo no había visto esto!”, dice Soto antes de quedarse sin palabras. Vásquez le dice cruelmente “esa eres tú”, y declara “gordi, este suceso marcó su vida indiscutiblemente”, antes de preguntarle “¿qué se siente verlo?”. Ana Karina Soto rompe en llanto frente a la mirada indolente de Vásquez y de la cámara. Nos cuenta la historia del novio abusador que la atacó divulgando el video. Suena de fondo, una melodía triste, de cajón. Nos enteramos, además, de que para Soto no hubo justicia después de este episodio, su ex no tuvo condena, y ella sufrió los impactos del acoso: hostigamiento callejero, depresión, ansiedad. Soto buscó terapia, y luego siguió viviendo tratando de no pensar en el asunto. Hasta ahora. Vásquez continúa: “¿que se siente ser la puta del país?”. Luego, el video de YouTube es retomado por un sinnúmero de medios de comunicación como la gran ‘chiva’ periodística.

Debería darles vergüenza a los medios y especialmente a Vásquez (que se disfraza de drag para atacar con misoginia a su entrevistada) revictimizar a una mujer inocente en público para ganar clics. Soto no merecía que la obligaran a hablar en cámaras de un evento traumático, es una mujer sobreviviente de un ataque de género y su intimidad debe ser respetada. El porno de venganza no es un chiste, ni una nota roja, es un problema mundial del que somos víctimas especialmente las mujeres, es un ataque a nuestra moral sexual, y un peligro latente que enfrentamos todas hoy en día. De nada tiene que avergonzarse Ana Karina Soto, ni le debe a nadie una explicación. Lo que se merece Soto es que le pidan, como mínimo, una disculpa. El periodismo está para darle dignidad a la voz de las víctimas, no para violar la vida privada de los ciudadanos, ni para revictimizar morbosamente a las mujeres.

Ética para el navegador

Artículo publicado el 29 de junio de 2015 en Letras Libres.

Este ensayo aparecerá publicado en la versión impresa de nuestro número de julio.

En diciembre de 2013 la periodista Justine Sacco “acabó con su carrera” con un tuit que publicó justo antes de montarse al avión rumbo a Sudáfrica: “Rumbo a África, espero no contagiarme de sida. Es una broma. Soy blanca.” Sacco era la jefe global de comunicaciones para el conglomerado de medios digitales iac. No tenía más de doscientos seguidores. El tuit, que pretendía ser sarcástico, desencadenó “una cruzada ideológica”. Los tuiteros contactaron al jefe de Sacco que a su vez dijo en Twitter: “Este es un comentario intolerable y ofensivo. La empleada está bajo cuestionamiento, no podemos contactarla hasta que baje del avión.” Esto, para muchos, fue la señal de que sus denuncias y críticas “habían servido para algo”, y entonces la indignación se transformó en euforia: “Muero por ver a Justine Sacco bajando de ese avión”, “Maldita perra, veremos cómo te despiden en vivo”.

Dado que Sacco trabajaba para una compañía privada, y además en el área de comunicaciones, su jefe estaba en todo el derecho de despedirla. Quizás el tuit de Sacco fue una equivocación, pero haber previsto los alcances de estas metidas de pata era parte de las competencias de su trabajo. Justine Sacco no fue despedida porque una “turba linchadora” en internet lo pidiera, sino porque un error en su trabajo tuvo tal dimensión que desencadenó una “turba linchadora” en internet.

En las redes sociales el lenguaje convive con la paradoja de tener una intención oral, pero un formato escrito. Lo que decimos está pensado en la inmediatez, y de cierta forma aún esperamos que sea olvidado de la misma manera en que se olvidan las imprudencias que decimos frente a nuestros amigos. Pero como su naturaleza es escrita, e internet es casieterno, y su difusión es casi global, nuestras palabras estarán por mucho tiempo online susceptibles hasta el infinito de ser sacadas de contexto. Esto tiene implicaciones éticas y morales y exige adaptar nuestro comportamiento. Por eso no es lo mismo que Justine Sacco le hiciera esta broma a una amiga (que quizás la olvidaría rápidamente), que hacerlo por escrito en una red social en donde personas que no la conocen lo suficiente para entender su humor puedan leerlo. Ahora, su enunciado también tendría un peso diferente (mucho más serio) si estuviera plasmado en un libro o en una declaración oficial en vez de en una red social. Definitivamente no todo el mundo está obligado a tanta corrección política, pero todas las personas que de alguna manera están vinculadas al discurso público –periodistas, comunicadores, políticos, figuras públicas– deben tener, si no cuidado, al menos conciencia, de la maximización tecnológica del impacto de sus palabras (y en especial de sus errores).

Esta conciencia del discurso no es lo mismo que la autocensura. La turba en redes sociales es preferible a la turba de la vida real, y definitivamente preferible al silencio, pues la censura es más violenta que la misma violencia verbal. Habrá que entender también que los alcances de las palabras en internet son diferentes a los de un colectivo de puños, trinches y antorchas. Después de todo, la civilización comenzó cuando dejamos de tirarnos piedras y comenzamos a insultarnos. Solo que en internet el insulto es masivo, amplificado y las palabras duelen. Entonces, ¿qué pasa cuando el acoso en internet tiene efectos más allá de desprestigio o el despido? ¿Puede culparse al bullying onlinede generar daños irreparables? y, si es así, ¿cómo regularlo?

En el caso de las “turbas” furiosas de las redes sociales no suele haber un plan, o una conspiración liderada por alguien. No necesariamente tienen la razón, o son justas, ni siquiera podríamos estar seguros de que la mayoría sean masivas. Hay que ver el ruido que alcanzan a hacer en internet cinco personalidades influyentes. En su gran mayoría son turbas espontáneas y emocionales que se rigen por las mismas normas que ya exploró Gustave Le Bon en Psicología de las masas. Sin embargo, por incontrolable que sea una “turba linchadora”, sus efectos están directamente relacionados con la situación de vulnerabilidad de sus “víctimas”. Como en la vida tridimensional, la manifestación masiva es muy poderosa y significativa, en particular cuando ocurre de manera pacífica y por una causa que a nivel colectivo se considera “justa”. Pero todas las aglomeraciones masivas son susceptibles de comportamientos irracionales y violentos. El control de estas situaciones muchas veces depende de que los individuos desarrollen la sensibilidad para resistirse a la crueldad de caerle al caído.

En abril de este año se suicidó la programadora Rachel Bryk, de veintitrés años de edad, famosa por sus aportes al desarrollo del emulador Dolphin. Bryk también era una de las figuras más destacadas dentro de la comunidad transexual dentro del desarrollo de aplicativos, y había sido objeto de reiterados y constantes ataques de transfobia, ataques sistemáticos de bullying masivo en internet que –aunados a una depresión– la llevaron a quitarse la vida. Bryk comentó en Ask.fm sus intenciones de saltar del puente George Washington en Manhattan, donde un troll, que pudo ser cualquiera de los que colectivamente la atacaban en redes sociales, la estuvo animando a consumar el suicidio.

Hay diferencias radicales entre matonear a alguien por su orientación sexual, y matonear a una profesional en comunicación por no prever los alcances de sus comentarios evidentemente discriminatorios en internet. La red, como cualquier tecnología, es un medio neutro. En el caso de Bryk fue un espacio en donde pudo construir una identidad pero también un canal para ser atacada. Una situación de vulnerabilidad de base, sumada a las agresiones en internet, alentó su suicidio, que, aunque no de modo estricto, tiene mucho en común con un crimen de odio.

En este caso, hay un acoso que (sépalo el agresor o no) va mucho más allá que una “amenaza de muerte en Twitter”: puede tener la misma intención que el rayón de la puerta de un baño, aunque su impacto y eco sean mucho mayores. Si se dan las circunstancias, como en el caso de Bryk, el discurso toma una forma performativa, para usar el concepto de John L. Austin que llama la atención sobre formas del lenguaje que, antes que describir una acción, la realizan. Por ejemplo, verbos como jurar, prometer, declarar, apostar, bautizar, casar, tienen un efecto que cambia la realidad que existía hasta entonces.

Para que una “turba” en internet pueda ser considerada realmente violenta o dañina es necesario preguntar quién compone la “turba” y a quién se ataca. Por definición, los grupos vulnerables o marginados del poder no pueden discriminar de manera efectiva a grupos hegemónicos o poderosos. Por ejemplo: las mujeres en situación vulnerable no pueden “discriminar” a “los hombres”, por más que los critiquen de manera insistente, pues sencillamente no tienen la infraestructura de poder para hacerlo y porque los hombres (específicamente los heterosexuales, con dinero y educados) no están en la misma situación de vulnerabilidad que las mujeres.

Las palabras son poderosas, construyen un campo simbólico que afecta nuestras emociones. En los acosos online, estos juicios y burlas llegan incesantes al teléfono celular que es uno de nuestros objetos más íntimos, lo llevamos a la cama literalmente. Imaginen la violencia. Sin embargo, por hiriente que sea una palabra, por persistente que sea, no obliga al jefe de Sacco a despedirla ni llevará al suicidio a una persona, que por ejemplo, no tenga una historia de discriminación y sí cuente con entorno estable y con apoyo emocional. Las presiones de las masas en internet y sus efectos son psicológicos, lo que no debe subestimarse, pero son efectos complejos que responden a más condiciones que las meras palabras. Son todos esos otros sistemas de apoyo los que deben fortalecerse para resistir un ataque de bullying online, teniendo en cuenta que solo se pueden contrarrestar sus efectos desde lo emocional. Una política de inclusión social a grupos minoritarios (online y especialmente offline) será más efectiva para reducir los efectos nocivos del bullying, que una censura previa a las palabras.

En 2014 el científico Matt Taylor lideró un proyecto que logró la hazaña de aterrizar una sonda espacial en un cometa. Cuando salió ante los medios a hablar de su logro, lo hizo con una camisa ilustrada con dibujos de una mujer rubia en corsé con una pistola. Taylor recibió un sinnúmero de críticas en internet, varias feministas le dijeron sexista y hasta se escribieron artículos analizando lo que significaba su camisa. Luego Taylor volvió a salir en televisión y, llorando, pidió una disculpa, lo que de paso dio pie a que se hablara de la “malvada horda feminista” que lo había “linchado” y “censurado”. Sin embargo, el caso de Taylor no tuvo de ninguna manera los efectos (ni las intenciones) que en los casos de Sacco o Bryk. Varias personas criticaron su camisa en redes sociales, pocos medios u opinólogos se unieron a la crítica, el hombre se disculpó en televisión y volvimos a hablar de su logro científico. Nadie lo denunció ni lo censuró ni lo despidieron. La crítica, aunque sea persistente, no puede equipararse con el bullying o la censura. Ser avergonzado en internet, como le pasó a Taylor, está lejos de un linchamiento. La vergüenza, por decirlo en términos de Hume, es una emoción moral apropiada y muy útil para regular nuestros comportamientos éticos. En su caso no hubo daño permanente, ni laboral ni psicológico. No se trata de que las sensibilidades de las personas sean variantes, hay unas líneas clarísimas que diferencian la crítica del “linchamiento”. Sin embargo, en internet, muchas veces se llama linchamiento a la crítica legítima, buena, mala o exagerada.

Las interacciones en redes sociales nos muestran que, en realidad, la distinción entre lo bueno y lo malo no se fundamenta exclusivamente en la deliberación racional, y que los juicios morales no son absolutos ni universales. Las personas no se mueven únicamente por razones y la lógica no nos lleva por sí sola a la acción, pues al final son los sentimientos lo que en realidad nos impulsa. Para esta regulación social, internet funciona de maravilla. Si tan solo Hume hubiera estado vivo para verlo.

Hume señaló que la moral descansa fundamentalmente en los sentimientos que llama “sentimientos morales” como la “humanidad” (sentimiento positivo por la felicidad del género humano y resentimiento por su miseria). Así, llamamos “acciones virtuosas” a las que despiertan este sentimiento, entre otros “sentimientos morales”, y eso lleva a que haya regulación social. Para Hume, la simpatía representa la tendencia que las personas sienten a participar y revivir las emociones de los demás, aquella que permite al sujeto ponerse en relación con otros sujetos. En muchas ocasiones, dar like, fav o hacer rt tiene que ver con un sentimiento mínimo, simple e inmediato de simpatía.

Esta simpatía es una de las cosas que mueven a las personas a actuar en masa en internet. De hecho, algunos dirán que las turbas que “lincharon” a Sacco comenzaron siendo bienintencionadas y estaban en un principio “defendiendo derechos”. Pero ¿qué derechos? Quizás eso es exagerado y solo se trata de que la gente defiende lo que es políticamente correcto por el gusto fácil de esa sensación de virtud y pertenencia. En todo caso de like en like vamos construyendo valores colectivos, un campo simbólico para “lo bueno” y otro para “lo malo”. Ponerse una camisa estampada con mujeres en bikini y hacer un tuit racista no siempre fueron acciones que despertaran la indignación colectiva. Llevamos años construyendo en el lenguaje un escenario para que esto nos indigne. En el debate público se construyen los símbolos que modifican cómo percibimos las acciones y a su vez las emociones morales que nos despiertan.

Sin duda, internet es una gran herramienta para la participación política en el debate público. Muchas cosas que deberían regularse de nuestro comportamiento para tener una sociedad más equitativa necesitan del rechazo social porque castigar por la vía penal sería ridículo y llegaría a la censura o a restringir otras formas del derecho a la libertad de expresión. Cuando alguien hace un comentario racista u homofóbico o que agreda o discrimine a algún grupo, la penalización o la censura son lo menos deseable pues antes conviene que los intolerantes hablen. Solo en la discusión de sus argumentos se darán cuenta (si no ellos, quienes los escuchan) de lo absurdos que son muchos de sus prejuicios.

Si bien las “turbas linchadoras” en internet existen y tienen efectos reales, no queda más remedio que regularlas desde la interacción social. Intentar penalizarlas puede tener consecuencias nefastas, en especial porque el término “turba linchadora” es casi siempre impreciso, y también se usa con frecuencia para deslegitimar críticas de grupos minoritarios. Las emociones de las personas no se pueden regular ni penalizar. Coartar estos discursos puede tener fuertes efectos en el derecho a la libertad de expresión que a veces necesita del anonimato, y que debe proteger hasta el insulto, que muchas veces es una queja social legítima. Las redes sociales son un espacio de escrutinio de las figuras públicas y es poco probable que esto cambie. Además son un espacio natural para el debate de la opinión pública. De hecho, debería asumirse que todo lo expresado en redes sociales es opinión a menos que algo explícitamente indique lo contrario. El derecho a la libertad de expresión implica que cada persona debe responder por lo que dice dentro y fuera de internet. Además, ya hay figuras penales, como el acoso, las amenazas, la extorsión, la injuria y la calumnia, que pueden ser usadas para atender perfectamente casos de cyberbullying o bullyingsin necesidad de inventar nuevas leyes para lo digital.

Se tratará siempre de una negociación que hace cada persona entrehacer un intento por ser respetuoso y empático, o agresivo y confrontador. Ambas posturas son válidas, dentro de la libertad de expresión y según las circunstancias, una será más efectiva que otra. Eso sí, ninguna postura nos exime de hacer conciencia del contexto en el que decimos las cosas (y del contexto en el que nos las dicen) y de los posibles impactos amplificados de nuestras palabras. La violencia verbal que se experimenta online no emana de las redes ni de los ordenadores: el odio y la sevicia son emociones humanas que solo pueden regularse con otras emociones humanas como la empatía y la compasión. Quizás es un gesto tan sencillo como tener presente que las personas, al comunicarnos, ejercemos una voluntad de dominio; y, finalmente, cuidarnos a conciencia de que nuestra comunicación no sea un acto de conquista sino de seducción.

La ley animal

Columna publicada el 22 de enero de 2015 en El Espectador.

En medio de la controversia por el video de una turba matando a patadas a un toro en una corraleja en Turbaco (Bolívar) y otro en el que desuellan a un caballo vivo en Buenavista (Sucre), se escucha el clamor de animalistas y políticos populistas que piden endurecimiento de penas y la prohibición de corralejas y corridas. También entra al debate un fallo del Consejo de Estado de 2012 (publicado en Razón Pública), en el que el consejero ponente, Enrique Gil Botero, afirma que los animales tienen “derecho a no ser maltratados”, a “una muerte digna sin sufrimiento” y afirma que “son seres vivos dotados de valor propio y, por lo tanto, titulares de algunos derechos”.

El fallo sin duda es bienintencionado, pero como ya se ha dicho antes en esta columna, decir que los animales tienen derechos es problemático en muchos niveles. ¿Cómo delimitar qué derechos y cuáles animales? ¿Se penalizará el genocidio de ratas, que como toros y perros, son mamíferos con un sistema nervioso complejo? Es condescendiente y antropocentrista “otorgarles derechos” a los animales sin siquiera poder preguntarles. No se trata de “darles cosas”, sino de regularnos nosotros que sí sabemos lo que es un derecho y podemos discutirlo.

De que otros animales no tengan (o no deban tener) derechos no se sigue que esté bien maltratarlos. Incluso cuando usar o matar a otro animal resulta “útil” o “necesario” (como con la producción de alimentos u otras actividades económicas, o cuando se hace por la seguridad de una persona o comunidad), la crueldad debe ser desincentivada y castigada; la gran mayoría de estas actividades se pueden hacer sin maltrato. Que los animales no tengan derechos no nos exime de nuestras responsabilidades con su protección, si no por ellos, por nosotros: del reconocimiento de la dignidad humana se deriva ser justos y compasivos con otras especies. Por eso, más que de proteger a otros animales (que ya son más fuertes y aptos que los humanos) debería tratarse de que seamos mejores animales nosotros.

El argumento a favor del maltrato a otros animales que se esgrime desde la tradición o del relativismo cultural es flojo, pues una tradición no se justifica en sí misma por ser tradicional. Las comunidades cambian y que hoy muchos repudien espectáculos que maltratan a los animales es síntoma de que, como colectivo, hoy somos una sociedad un poquito más empática y pacífica. Con o sin video de Youtube, desollar vivo a un caballo y matar a patadas y puñaladas a un toro es cruel y sanguinario. En este caso, no es que desde la asepsia de las ciudades no se entiendan las prácticas del campo. Con frecuencia los citadinos pecan de romantizar lo rural (campesinismo) o de creerlo salvaje, pero el problema de ambos estereotipos (o de todos) es aplicarlos a rajatabla: la verdad es que tanto en el campo como en la ciudad hay barbarie y tanto las corridas (urbanas) como las corralejas (rurales) son espectáculos indolentes con los animales.

Más importante que la prohibición de corralejas y corridas (que podría vulnerar los derechos de minorías) es el debate público que la posibilidad de la prohibición provoca. No hay manera de proteger legalmente y de manera completa y no contradictoria a todos los animales (no lo hemos logrado ni con los humanos), y poco servirán las leyes si culturalmente sigue siendo aceptado y normalizado maltratar a otro animal. En cambio, este necesario giro cultural, se ve alimentado por el debate, y es desde esta discusión pública que podremos, como sociedad, desistir del maltrato y adquirir nuevas maneras de entender a otros animales e interactuar y convivir con ellos.