feminicidio

Caperucita Roja

Columna publicada el 30 de marzo de 2017 en El Espectador.

En la versión más antigua del cuento de Caperucita Roja, escrito por Charles Perrault, la historia acaba cuando el lobo se la come. Esta versión viene acompañada de grabados de Gustave Doré, en los que la metáfora del cuento se hace literal: Caperucita aparece desnuda, metida en la cama con el lobo. Fueron los Hermanos Grimm los que más tarde se inventaron que la salvaba un leñador. En todo caso la advertencia para las niñas (y mujeres) es clara: si sales a la calle (bosque), más te vale no hacerlo con ropa provocativa (una caperuza roja), ni desviarte o disfrutar de tu camino, o hablar con extraños (el lobo) porque te pueden matar y violar.

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Por la memoria de Yuliana Samboní

Columna publicada el 7 de diciembre de 2016 en El Espectador.

La niña Yuliana Andrea Samboní, de siete años, fue secuestrada, violada, torturada, asfixiada y muerta, presuntamente por Rafael Uribe Noguera, en su apartamento, este fin de semana. El feminicidio de Yuliana ha conmovido y enrrabiado a toda Colombia.

Su más posible agresor, señalado por una cantidad de evidencia clara y abrumadora, fue internado en una clínica por supuesta sobredosis, y ahora se declara inocente, quizás con la esperanza de que le crean que su crimen atroz no fue premeditado. Pero ya hay testigos que dicen haber visto su camioneta en el barrio, rondando a la niña en días anteriores. Y no existe la droga que haga que una persona adquiera capacidad para tal violencia. Las drogas, si acaso, exacerban por momentos la magnitud de una violencia, que en el caso de Uribe Noguera fue alimentada en la comodidad del privilegio de ser un hombre, blanco, educado y miembro de una de las familias más poderosas de Colombia, un país en donde todos esos privilegios otorgan casi la omnipotencia de Dios. Yuliana Samboní, por el contrario, encarna todas las vulnerabilidades juntas, por género, por edad, por etnia, por clase social, por ser parte de una familia desplazada. En un mundo sin estas desigualdades abismales un crimen como este habría sido excepcional. En cambio, es uno entre tantos.

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Viernes negro

Columna publicada en El Espectador el 24 de noviembre de 2016.

Dora Lilia Gálvez realizaba una actividad de alto riesgo: pintar su casa. Y dejar la puerta abierta. Eso bastó para que un hombre —que según los medios puede ser un ex o un desconocido obsesionado o un vecino— entrara a violarla, quemarla, torturarla y empalarla. Gálvez continúa en cuidados intensivos. La historia es demasiado familiar.

En 2011, Sandra Viviana Ravelo fue abusada, empalada y atacada por tres hombres, entre ellos su pareja, John Alexánder Quintero. Tener un novio es una actividad de alto riesgo, como también lo es ir a la playa. Así lo muestran los casos de Marina Menegazzo y María José Coni, asesinadas en Montañita, Ecuador. O salir con los amigos, como Lucía Pérez, que también fue violada y empalada en Mar del Plata, Argentina. O montarse en la moto de un compañero de clases, como hizo en 2012 Rosa Elvira Cely, cuando Javier Velasco, un feminicida condenado y con denuncias de violencia intrafamiliar, la violó y empaló en el Parque Nacional de Bogotá. En América Latina, pintar la casa, socializar con compañeros o amigos, tener una relación sentimental o salir de vacaciones son actividades de riesgo si eres mujer. Es muy diferente que a un hombre lo maten para robarle la billetera, o porque es un soldado en el campo de batalla; pero lo más aterrador de la violencia que viven las mujeres en latinoamérica es que vivir se convierte en una actividad de riesgo.

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¿Por qué no lo deja?

Columna publicada el 3 de septiembre de 2016 en El Heraldo.

La semana pasada, en una oficina del edificio Santander, en el Centro Histórico de Cartagena, John Castro Campás apuñaló a su ex-pareja, Mimis Patricia Urbina Blanco, cuando estaban reunidos con el abogado, a punto de firmar el divorcio. Castro y Urbina se casaron hace tres años, y al día de casados Urbina lo dejó alegando “diferencias personales”. Cuenta su hermano que Urbina estaba feliz por firmar el divorcio, que Castro, celoso, le había preguntado si se iba con otro hombre y que ella le contestó que se quedaría soltera porque le había ido muy mal. Y estuvo a punto de ser una mujer libre, si no fuera porque Castro la mató.

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Cuidado con los balcones

Columna publicada el 11 de agosto de 2016 en El Espectador.

La semana pasada, el cuerpo de la modelo caleña Stephanie Magón amaneció desnudo en una calle de la colonia Nápoles, un barrio de clase media en la Ciudad de México.

Aunque Édgar Elías Anzar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de México, dijo a los medios que la modelo había sido víctima de un feminicidio, que la cogieron a golpes hasta matarla (tenía la mandíbula fracturada y desprendimiento de los dientes y rasgos de violencia sexual), dos días más tarde la Procuraduría de la Ciudad de México PGR (que es algo así como la Fiscalía) desmintió a Anzar y dijo que la modelo se había suicidado.

Y no es la única. Un extraño impulso por desnudarse y tirarse del balcón aqueja a las colombianas que llegan a México. En la misma madrugada de la “caída” de Magón, la ibaguereña Sara Ramírez Bonilla, de 22 años, que estaba en Cancún con su novio, “se tiró” del balcón. En el 2012, la cantante y modelo Diana Alejandra Pulido Duque, de 27 años, “se lanzó” de un séptimo piso en la colonia Polanco. Los medios se dieron un festín morboso contando cómo solo vestía “una tanga azul”. Luego de la caída, el hombre que acompañaba a Pulido escapó del edificio. Una vecina —que luego se retractó— dijo que la escuchó gritar “no me bote”, pero la PGR dictaminó que había sido un accidente. El periódico Excélsior tituló “Baile seductor provocó muerte de cantante colombiana”.

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El estigma de ser modelo colombiana en México

Columna publicada el 4 de agosto en Univisión.

CIUDAD DE MÉXICO, México.- Este fin de semana encontraron muerta en las calles de la colonia Nápoles, en Ciudad de México, a la colombiana Stephanie Magón Ramírez, caleña de 23 años. Magón estaba desnuda, golpeada, tenía fracturas en la mandíbula y desprendimiento de dientes por los golpes. Llegó a México con un contrato de modelaje, aunque los medios con suspicacia intercalan decir que era modelo con decir que era “edecán” (una palabra que en México a veces se usa como eufemismo para las mujeres que ejercen la prostitución).

Su esposo y su hijo permanecen en Colombia. Ella estaba a punto de terminar estudios en el Instituto Nacional de Telecomunicaciones (Instel), pero los medios también nos contaron que le gustaba la fiesta y que un hermano suyo había sido asesinado hace un año en Brasil. Tras la necropsia, Edgar Elías Azar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México (TSJ), declaró que el crimen era un feminicidio: “Traía golpes contundentes mortales, costillas rotas, en fin, son golpes proferidos o sea intencionadamente la mataron a golpes”. Dos días más tarde, el TSJ se retractó y dijo que los golpes habían sido fruto de una caída. Eso sí, no explican, por qué estaba desnuda cuando se “cayó”.

En los últimos cuatro años han asesinado a tres colombianas en Ciudad de México. Las tres llegaron solas al país. Modelos. Jóvenes. A todas las encontraron muertas y desnudas en el mismo barrio en el que vivían. Las tres han sido estigmatizadas por la prensa: los vínculos criminales que les atribuyen no tienen mayor evidencia que las conjeturas que surgen de los estereotipos asociados con su nacionalidad. “En todos los casos, las autoridades mexicanas -en un acto irresponsable y sin concluir la investigación- han creado un perfil falso de las mujeres haciéndoles creer a la opinión pública que son víctimas de su propia belleza, creyéndolas putas, mal relacionadas o copartícipe de bandas criminales dedicadas al narcotráfico”, dice la periodista colombiana Margarita Solano en Lo Político. Mientras tanto, la revista Proceso se pregunta si la Ciudad de México es tumba de modelos colombianas. Los tres feminicidios están impunes.

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Opinión: el violador de Stanford y por qué pensamos que un jovencito rubio no puede hacer cosas monstruosas

Columna publicada el 10 de junio de 2016 en Univisión.

El cuento de Caperucita Roja es una de las primeras historias que la mayoría de nosotros escuchamos sobre violación.

“No, Catalina, pero si es la historia de un lobo que se come a una niña inocente con engaños” (!). ¿Ven? Pero, para quienes crean que estoy hilando fino, resulta que la historia de Caperucita, cuyo original fue escrito por Charles Perrault, muestra en sus ilustraciones a Caperucita metida en la cama con el lobo, y, la intención explícita del cuento era advertir a las señoritas que no hablaran con lobos extraños, porque se las pueden comer. Luego llegaron los hermanos Grimm, adictos a los finales felices, y le añadieron un leñador a la historia para que la salvara.

Es importante que este sea uno de nuestros primeros relatos sobre violación porque miren que la advertencia es para ella, para Caperucita, quién no debería vestirse de manera tan llamativa, ni hablar con extraños. Nadie le advierte al lobo que no ande engañando muchachitas.

Pensemos en Brock Turner. Hasta que llegó a los medios la carta descarnada de la víctima, la historia era la de un exitoso estudiante de Stanford al que “20 minutos de acción” (como llamó el padre de Brock a la violación) le arruinaron su vida. Las versiones de la prensa hablaron en un comienzo de él, un muchacho con un futuro prometedor y con quien había que tener piedad.

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