Género

Nueva épica

Columna publicada el 14 de septiembre de 2016 en El Espectador.

El boyacense Nairo Quintana acaba de ganar la Vuelta a España, una victoria que llenó a los y las colombianas de esperanza y que sobre todo es testimonio de su trabajo y disciplina.

Su historia emociona a muchos porque Quintana escaló a pulso, en la vida como en la ruta, y llegó a ser uno de los ciclistas más importantes del mundo, a pesar de todos los obstáculos estructurales con los que se enfrentan la mayoría de los deportistas en Colombia: pobreza, enfermedades, falta de oportunidades.

Hoy, Nairo Quintana tiene hasta un corrido, El Cóndor (“porque no corre, vuela”), compuesto por el grupo de música norteña boyacense Los Hermanos Suárez Texas. Esto es significativo porque las historias que se cuentan en los corridos son las épicas del pueblo, loas a esos héroes cuyas historias los conmueven y que encarnan los valores que se quieren privilegiar en una sociedad. Que hoy un deportista ocupe el lugar que en la épica popular antes y aún hoy se destina a los narcotraficantes, y otras formas de masculinidad tóxica, nos habla de una sociedad que ha comenzado a cambiar.

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La “ideología” de género y la paz

Columna publicada el 1 de septiembre de 2016 en El Espectador.

La semana pasada fue verdaderamente emocionante escuchar, en boca de los hombres que anunciaron el acuerdo, palabras como “género”, “inclusión” y “diversidad”, que tanta falta han hecho al país, y que perfilan a este acuerdo como el primer acuerdo de paz en el mundo con una perspectiva de género transversal.

Paradójicamente, esa perspectiva de género, que es uno de los grandes aciertos del acuerdo, está siendo usada por quienes hacen campaña por el “No” en el plebiscito para confundir y polarizar. Peor: algunos curas y pastores piden desde el púlpito a sus feligreses que voten “No” porque el acuerdo incluye la “ideología de género” que quieren “imponer” las Farc. La moraleja de esta historia es para el presidente Santos, que echó para atrás el manual “Ambientes escolares libres de discriminación”, tras una reunión con altos jerarcas de la Iglesia. No se necesita ser muy perspicaz para imaginar que el presidente se deslindó de las cartillas para conservar el apoyo de la poderosa Iglesia Católica o iglesias cristianas al proceso de paz.

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Fuertes

Columna publicada el 20 de enero de 2016 en Sin Embargo.

Foto: Tomada de afternoah.comLos hombres tienen un poder maravilloso e intransferible, el poder de la fuerza, con este poder pueden cargar cosas y llevarlas a lugares. Foto: Tomada de afternoah.com

Resulta que existen unas personas que llamamos “hombres” y son de ciertas maneras: son altos y fuertes, con hombros anchos y pelo corto, son irascibles o decididos según los juzgue y en vez de ponerse tristes se ponen bravos. Tienen un poder maravilloso e intransferible, el poder de la fuerza, con este poder pueden cargar cosas y llevarlas a lugares. Las mujeres, en cambio, tienen pelo largo, hablan mucho y no son fuertes. También lloran y les gusta el color rosa. Así hombres y mujeres se completan, ellas no pueden cargar cosas y para eso los tienen a ellos. A cambio, ellas les tienen a sus hijos. Son como el Ying y el Yang el Sol y Luna, complementarios cual artefacto decorativo de los noventa.

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Fútbol mixto y superpoderoso

Columna publicada el 20 de junio de 2015 en El Heraldo.

Las Chicas Superpoderosas están teniendo uno de los mejores desempeños que ha tenido jamás una selección colombiana de fútbol en un mundial. Aunque Colombia entera está enamorada de ‘Miselesión’ (y más después del partido contra Brasil), y aunque la cobertura del Mundial Femenino 2015 ha sido exigua (tanto que ni siquiera pasan los partidos por televisión nacional), el éxito de las Chicas Superpoderosas ha sido ineludible.

En Colombia los prejuicios machistas sobre las mujeres y el fútbol están a flor de piel. Parece que con el contrato de ‘ser hombre’ viene un gusto por el ‘deporte nacional’ y que las mujeres solo estamos para ir a mostrar las tetas al estadio. También he escuchado a muchos hombres, entre ellos al periodista Adolfo Zableh, decir que a las mujeres no les creen cuando hablan de fútbol –incluso cuando tienen razón– y que les parece hasta molesto pues “no estamos hechas para eso”. De hecho, durante estos días estuvo rondando por Twitter el hashtag #NoMásMujeresHablandoDeFútbol. A todas estas personas les tengo una noticia bastante vieja: las mujeres podemos hacerlo todo, y las Chicas Superopoderosas son una de las mejores pruebas.

Pero no hay escuelas suficientes, no hay apoyo de la empresa privada, y para variar, a las futbolistas les pagan menos (ni el 1% de lo que ganan los jugadores hombres). Yoreli Rincón, capitana de Las Superpoderosas, dijo a Los Informantes que las compañeras del equipo tienen que conseguir reemplazos en sus trabajos cuando salen a representar a Colombia en torneos internacionales, y que terminan gastando más de lo que ganan en las competencias. También hay muchos casos de mujeres y niñas a las que discriminan (desde insultos hasta golpes) por jugar fútbol. Como si esto fuera poco el punto 4 del reglamento de la Fifa exige “verificación de sexo”. Esto quiere decir que si alguna mujer es “muy alta” o “muy peluda” cae “bajo sospecha” y debe ser “revisada” para asegurarse que tiene “el sexo correcto”. Esto es un exabrupto porque científicamente “probar” el sexo de una persona es imposible, ya que no necesariamente los genitales exteriores y/o el fenotipo coinciden con la composición cromosómica o los índices de testosterona. Se supone que la medida está para que no haya “hombres que se hagan pasar por mujeres” lo cual supuestamente les daría una ventaja de rapidez, habilidad y fuerza física frente a otras jugadoras. Sin embargo, la surcoreana Park Eun-sun, delantera de más de 1.80 metros, sin duda es más fuerte que el aclamado Messi. Y si de talento se trata, las selecciones de fútbol femenina y masculina en Colombia muestran que hay muchas mujeres que juegan mejor que muchos hombres en el fútbol profesional. Es decir, la tal ventaja por sexo es inexistente.

¿No sería mejor entonces que tuviésemos equipos mixtos? ¡Qué bonito sería! Qué importa si son hombres o mujeres, trans o intersex, lo importante es que sepan jugar bien y en equipo, y que le den ilusión y esperanza a sus países representándolos con la camiseta. El talento no distingue sexo ni género y todos los deportes serán más gloriosos cuando dejen de ser machistas.

Do you swallow?

Entrevista publicada en Sin Embargo el 27 de enero de 2015.

Beatriz Preciado

 

Beatriz Preciado (también conocida como Paul. B. Preciado) es una/o  de las/os  filósofos/as que lidera la vanguardia en Teoría Queer. Sus libros (los más populares son Manifiesto Contrasexual y Testo Yonqui) son una mezcla de manifiesto filosófico y performance, una especie de academia experimental que se escribe desde el propio cuerpo.

Preciado se doctoró en Teoría de la Arquitectura en Princeton e hizo una maestría en Filosofía contemporánea y Teoría de género en la New School for Social Research de Nueva York, donde tuvo como maestros a Ágnes Heller y Jacques Derridá. Su trabajo en filosofía retoma a autores contemporáneos como Deleuze, Guattari y Foucault, con quienes cuestiona los procesos biopolíticos de la cultura. Para él, las barreras entre “mujer” y “hombre” son tan arbitrarias como la delimitación de las fronteras en los países. Su crítica también señala a una sociedad de consumo dispuesta a permitir y vender todo tipo de intervenciones y modificaciones corporales para que se ajusten al canon pero que, al mismo tiempo, rechaza toda intervención que particularice al sujeto. Tras una investigación sobre la píldora anticonceptiva -o, mejor dicho, sobre las hormonas que consumimos y por qué las consumimos-, empezó a experimentar en él misma con testosterona, un ejercicio que dio origen a uno de sus manifiestos más famosos.

No es “hombre”, ni es“mujer”; no es “heterosexual”, ni “homosexual”, ni “transexual”. Simplemente es. Todo su trabajo se trata de desmontar estas categorías y señalar que son construcciones arbitrarias, etiquetas. Quizás sería mejor definirla como alguien en constante revolución, que va en contra de las normas que determinan políticamente el sexo y el género. O como un ejercicio filosófico sobre la vida en su dimensión somática, carnal y corporal.

En persona, Paul es, digamos, la encarnación de los mismos cuestionamientos al género que hace en sus textos. La conocí el año pasado en el Hay Festival, en Cartagena, Colombia, donde tuve la oportunidad de entrevistarlo. Beatriz me habló de sus críticas al movimiento LGBTI y al feminismo, y también sobre sus posturas frente a la identidad, las drogas y el sexo.  Esta fue nuestra conversación:

¿Qué significa “Queer”?

Bueno, es un término que es anglosajón, pero, la verdad, podría decirse maricón, podría decirse puta, y hoy hasta se dice “cuir”, y se usa para reivindicar a las minorías sexuales.

Hay que diferenciar las políticas queer de las políticas de identidad. Queer en realidad es una injuria, un insulto del que se apropian resignificándolo los movimientos feministas y queer, retomándolo de los años 80, cuando estalló  la epidemia  del sida en EE. UU, precisamente como reacción a esas políticas de identidad que buscan la integración, ya sea de los gais y las lesbianas o de las mujeres en la sociedad dominante. El movimiento queer no busca relaciones supuestamente de igualdad y justicia dentro de la sociedad dominante.

Cuando las feminista quieren que las mujeres tengan los mismos derechos de los hombres o, en el caso de los homosexuales, que los homosexuales tengan los mismos derechos de los heterosexuales (derecho al matrimonio, derecho a la adopción), hay unos grupos que, por el contrario, dicen  “nosotros no queremos la igualdad dentro la norma heterosexual sino que lo que queremos es cuestionar la norma e inventar otras formas de relación social. No hacemos políticas gais o feministas; hacemos políticas queer, que cuestionan la norma“.

¿Qué opina del movimiento global por el matrimonio igualitario que en ciertos momentos ha usado como estrategia la comunidad homosexual para mostrarse como “normal“ y “tradicional“?

Sería erróneo hacer de la normalización de los homosexuales en la sociedad un objetivo político. Me parece más interesante poner en cuestión el matrimonio, que reúne a dos personas y las imagina como una célula de reproducción nacional. Cuando en Europa han aparecido las luchas para pedir el matrimonio homosexual, -aunque yo soy antimatrimonio-, he tenido que apoyar al movimiento porque la reacción homófoba ha sido tan fuerte y ha generado unas violencias sociales tan terribles que uno dice “bueno, si esto es lo que pensáis de la homosexualidad pues eso hay que batallarlo“.

Hay dos estrategias distintas: la crítica de la norma y transformación de la norma. El hecho de que dos personas homosexuales se puedan casar cambia el escenario político en el que de alguna manera la sociedad dominante ve el matrimonio. Estas políticas pueden ser estratégicas y hasta necesarias, pero no pueden ser el único objetivo de los movimientos de minorías sexuales. Sin una crítica de la norma se convierten en políticas que generan injusticia y desigualdad.

¿Cuál es el papel de la heterosexualidad dentro de esas construcciones sociales?

Cuando hablamos de heterosexualidad no hablamos de una manera de hacer el amor sino de un régimen político de pensar la masculinidad y la feminidad en función de la reproducción sexual y la normalización del ciudadano. No tiene nada que ver con si a usted le gustan los chicos o las chicas. Hay que darse cuenta de que por tu posición tienes un cúmulo de privilegios y de que estás situado en un lugar con poder político, no reconocerlo sería obsceno.  Por eso, uno puede tener una práctica heterosexual y ser crítico dentro de la heterosexualidad y ser incluso heterodisidente.

¿A usted le parece que la orientación sexual es una construcción política?

Creo que no hay una modificación política que no trasforme nuestras prácticas de deseo. Si tú comienzas a tener una mirada crítica respecto a la historia de la Colonización o la heterosexualidad, entonces tu mirada, el otro, cambia, y probablemente tu estructura de deseo cambia. Eso no quiere decir que, de repente, antes te gustaban los chicos y ahora te gustan las chicas, no. Lo que quiere decir es que es posible que tú imagines tu propio deseo de otro modo y de manera más abierta, e incluso que si esa posición disidente la llevas hasta el límite es posible que un día digas “no entiendo por qué sigo siendo heterosexual.“

El deseo se entiende como algo instintivo y primario ¿usted piensa que es intelectual?

No se trata de que sea intelectual. El cuerpo es un espacio de construcción política y el deseo es el lugar invisible a través del cual se construye la norma. Por eso en una sociedad hegemónica, normativa, heterosexual, ser homosexual es, sobre todo, desear de otro modo. ¿Por qué cuando un niño quiere vestirse de mujer no se le deja? Porque está trasformando su estructura de deseo y lo que está mostrando al vestirse de otro modo es que es capaz de imaginar otra realidad.

Por eso me parece tan importante la práctica artística, la plástica, el cine, porque son los lugares donde se construye y se manipula la estructura del deseo.

¿Más que en escenarios legales o de derechos humanos?

Exactamente. Esos son los lugares en los que se dialogan de manera mayoritaria las políticas dominantes,  ya sea sobre gais y lesbianas o feministas. Van a decir, “bueno, cambiemos la ley”, pero la ley es posible que no modifique la estructura de deseo. Por eso me interesa la relación entre el activismo, la crítica y el arte. Un problema es que históricamente los artistas están en un lugar, los filósofos en otro y los activistas muy, muy lejos.

¿El Manifiesto Contrasexual fue un híbrido entre academia y activismo?

El Manifiesto Contrasexual es como una locura, en el mejor sentido del término. Mucha gente no entiende el manifiesto porque lo lee como si se tratara de una palabra autoritaria y en realidad es una parodia, tiene un estatuto performativo. Me interesaba trabajar en ese género particular que es el manifiesto, que es un estatuto de palabra que no busca representar nada, sino movilizar la realidad. Es como un puño que intenta golpear lo real y trasformarlo.

¿Como arte conceptual?

Exacto. Ese texto en realidad surgió de que yo estaba en un departamento de teoría de arquitectura y empecé a trabajar mucho sobre la historia de la sexualidad como historia de las tecnologías. Entonces el debate en el que yo estaba era con respecto a los juguetes sexuales, los dildos… y bueno, era algo muy histriónico porque en los debates feministas o lesbianos, si alguien hablaba de un dildo era como “¡oh, aquello es la representación del falo, el poder que viene a inmiscuirse en las relaciones lesbianas!”, y de pronto sacaban nociones psicoanalíticas lacanianas por todas partes. Nosotros en el departamento de arquitectura aprendíamos a entender la historia industrial del diseño desde el punto de vista de las historia de las tecnologías. Por ejemplo, yo me di cuenta de que el vibrador no es un sustituto del pene sino de la mano, la mano masturbadora. Con eso cambia mucho su lectura. El pene es una de las variantes del dildo, y no al contrario.

Usted también ha escrito sobre el condón y la píldora…

Cuando empecé a hacer una genealogía crítica de las hormonas, estaba mirando la historia de la comercialización de las hormonas sexuales y me encuentro con la píldora, que es el fármaco más vendido de la historia de la humanidad, la clave de la trasformación histórica y política del siglo XX, y me encuentro con un conjunto de elementos que desconocía. La píldora se inventa en los años 50 y se pone a prueba en Riopiedras, en Puerto Rico, pues se piensa originalmente como una técnica de depuración racial. En lo que están pensando es en contender el crecimiento de las razas no blancas. La altísimas dosis de estrógeno deja a una serie de mujeres esterilizadas de por vida y con otras complicaciones. Pero lo que ocurre es que cuando la píldora se ponen en venta, las mujeres blancas de clase media se apropian de la píldora y hacen algo distinto.

Usted, además, está experimentando con el consumo de testosterona, ¿cómo es eso?

En un momento dado yo decidí que quería tomar testosterona, pero no dentro de un proceso de cambio de sexo o de reasignación sexual. Yo no creo en la masculinidad y la feminidad, creo que son estructuras sociales de conocimiento que no existen en la Naturaleza y que, como la opresión de raza, han servido para materializar un dominio históricamente. Lo que me interesa es una especie de disidencia crítica de género, aunque yo entiendo que esa posición es un lujo político. Para aquellos que quieran hacer un cambio de sexo o un proceso de reasignación sexual me parece perfecto, no tengo una crítica, pero todos deben hacer un uso crítico de las tecnologías de gestión del cuerpo y de la sexualidad. Penetración vaginal con eyaculación, eso también es una técnica, entre muchas.

Después de mi aproximación crítica a la sexualidad yo no me haría un cambio de sexo. Sin mi tradición feminista seguramente yo hubiera cambiado de sexo, pero ahora me costaría identificarme como hombre y tener una posición masculina. Lo que decidí es que quería inventar, llevar a cabo, un protocolo de administración de testosterona que no fuera uno de cambio de sexo. Hoy la gente habla de inbetweens (intermedios), que son gente como yo, que no está ni en la masculinidad ni en la feminidad… pero no es que la masculinidad esté aquí, la feminidad en otro lado, y hubiera un espacio intermedio. Es, más bien, que la feminidad y la masculinidad realmente no existen.

¿Su discurso ha cambiado con los cambios que ha tenido su cuerpo al tomar testosterona?

Cuando yo escribo Testo Yonki estoy pensando en muchos protocolos que inventan otros escritores a principios del siglo que XX. Están trabajando con otras drogas que modifican la percepción, como Benjamin con el hachís o Freud con la cocaína o Micheaux con la mezcalina. Hay toda una tradición de narcoestéticas, de pensadores que usan las drogas para pensar. Para mí esa es una tradición en la que yo me inspiro.

¿Y la testosterona es una sustancia que modifica la percepción?

Claro que modifica la percepción, pero no modifica tu modo de pensar. La testosterona es un compuesto químico y produce un conjunto de variaciones endocrinológicas de temperatura, de masa muscular, pero lo mismo podemos decir del LSD, del MDMA o de la insulina o del Prozac. Es una sustancia que obviamente pasa por tu metabolismo, es una tecnología de la subjetividad, pero no modifica tu postura ideológica. Sobre todo con esa relación construida e imaginada entre violencia y testosterona. Yo no soy nada violento y la testosterona no me ha vuelto más violento en absoluto. Por ejemplo, lo que sí me dio fue un hambre tremenda, también excita sexualmente, o la excitación sexual aumenta, pero puede ser como la de ciertos momentos del ciclo menstrual. Me gusta mirarlo de una manera más transversal y más amplia. En realidad todos los cuerpos producen testosterona, progesterona y estrógeno, y trazar el límite de dónde termina un hombre y dónde comienza una mujer es muy difícil. La píldora también modifica la percepción del cuerpo que la toma.

¿De qué se trata la Farmacopornografía?

La farmacopornografía es un régimen político. Yo decido en un momento dado inventar esa noción, porque la filosofía también inventa conceptos para, no solo describir lo real, también es un ejercicio de proyección política y ficción.

¿Cómo se construye la masculinidad y la feminidad? A través de un paso por instituciones: el colegio, la academia, el espacio doméstico, el hospital (para establecer la diferencia entre lo normal y lo patológico); el espacio doméstico para establecer la diferencia entre el cuerpo productivo y reproductivo. Eso también explica por qué yo trabajo mucho con arquitectos. Porque me interesa nuestra estrecha relación con las técnicas de normalización del cuerpo y cómo son observables desde la arquitectura. Pero en el siglo XX me doy cuenta de que hay una serie de técnicas que se convierten en “el sujeto sexual”; ya no son arquitectónicas, son técnicas que podemos llamar “ligeras”, “blandas”; que tienen la forma de lo bioquímico, o que son técnicas mediáticas audiovisuales que tienen la forma de lo numérico, son digitales.

Ejemplos  puedo darte desde los más simples hasta los más complejos. Imagínate la diferencia entre un corsé del siglo XIX, que moldea el cuerpo femenino y el pecho, realzándolo, como forma de representación social en el espacio. ¿Diferencia entre el corsé y el pecho de silicona? El pecho de silicona está en el cuerpo, toma la forma del cuerpo mismo y, sobre todo, ya no puede separarse… y de ahí los conflictos interminables que ha habido con la adulteración de la silicona: las mujeres volvían a sacarse sus implantes y resulta que el implante se disolvió y se volvió parte del cuerpo. Para mí eso es un ejemplo perfecto de cómo operan las tecnologías farmacopornográficas: cuando tú tomas una píldora anticonceptiva, esta hace parte de ti. Un condón, en cambio, es una ortopedia política, hay una diferencia entre un pene y un condón, uno se pone y se retira. La píldora es un mecanismo de control por vía oral, una ingestión; de ahí que la anorexia y a la bulimia sean los males actuales, porque la relación que tenemos con el poder es una relación de oralidad y ¿qué hacemos con las tecnologías de poder? Nos las tragamos.

Susana y los sabios

Columna publicada el 30 de octubre de 2014 en El Espectador.

Entre la iconografía bíblica que reprodujeron pintores barrocos y renacentistas hasta el infinito está la historia de Susana y los viejos. Susana era una joven “muy bella” y su marido era un hombre adinerado. Unos viejos adquieren la costumbre de espiarla en el baño. Intentan violarla, ella no se deja, la acusan de adulterio y la condenan. Irónicamente, el profeta que la salva se llama Daniel. La historia pasó a la iconografía con la representación de una “bella” mujer desnuda y unos viejos, peliblancos y verdes, mirándola, vestidos y desde la oscuridad. Las imágenes publicadas en la revista Jet Set, sobre la Fotonovela de Soho parecen parte de la misma iconografía. Una mujer desnuda que camina mientras unos señores, calvos y canosos la miran desde la orilla. ¿Quiénes son estos señores? Algunos de los intelectuales más respetados de Colombia, hombres sensibles e inteligentes que muchos admiramos.

¿Por qué es sexista la foto si ha sido tomada con completo consenso? Porque estos hombres están ahí porque son personas con nombres, apellidos, logros intelectuales: sabios. Ella, Natalia Silva, está en la foto porque está desnuda. Es evidente que los intelectuales aparecen en la foto como sujetos, ellos la miran, ella es mirada. Las fotos hacen parte de una larga tradición de imágenes en que las mujeres desnudas son una utilería que adorna o acompaña un tema: pasta de dientes, cerveza, carro, hombre. Ayudan a mantener una sociedad donde es “normal” que las mujeres sean vistas como un objeto más, ayudan a que eso se acepte sin pensarlo. También refuerzan una visión de los hombres, inteligentes o no, como animalitos con deseos irrefrenables e irracionales. Creer que esto es normal es el primer paso para que alguien asuma que, en tanto que cosas, podemos ser propiedad, pueden hacernos daño, y de esa normalidad se deriva la impunidad de los crímenes de género. Además, esas fotos son una especie de oda al acoso callejero que vivimos las mujeres todos los días, que nos hace cambiarnos de acera. El acoso callejero da miedo, no es halagador y se da en el marco de una cultura patriarcal y machista, que se alimenta en el día a día con imágenes como estas.

Coincido con Carolina Sanín en que ver a unos señores mirando a la modelo como quien se relame ante una empanada es penoso, pero no para la modelo, sino para estos profesionales respetados que encuentran divertido posar de viejos verdes. No estaba Carlos Gaviria casual en una banca sucia cuando se le sentó una modelo desnuda al lado. Él, todos, se prestaron para la puesta en escena de estas imágenes y símbolos. Poco podemos pedirle a estas alturas a la revista Soho, pero creo que sí hay que hacerle exigencias de respeto a los intelectuales que participaron. Nadie los está acusando de un delito (no han cometido ninguno) y no creo que nadie piense que son malvados, maltratadores o violadores. El machismo no es exclusivo de los hombres ni culpa de unos cuantos agresores, es un sistema cultural engranado hasta lo más hondo de nuestra sociedad, y verlo es difícil cuando todo el mundo lleva toda la vida diciendo que la desnudez de las mujeres es un producto comercial, obviando que somos personas. Son cosas como estas fotos las que hacen difícil verlo. El problema no es tener comportamientos machistas; todos los tenemos porque el patriarcado es un sistema arraigado en la cultura. El problema es negarse a aceptarlo, justificar estos comportamientos, no tener la capacidad reflexiva para ver ese machismo y/o la entereza para enmendarlo. Esta columna es para pedirle a “los intelectuales” que miren esas fotos entendiendo que hay un juego de poder en la escena del hombre vestido y célebre junto a quien posa una mujer desnuda “anónima”, accesorio de su celebridad, y que las imágenes que tratan a mujeres como objetos normalizan la violencia de género y la discriminación. Señores: de ustedes esperamos mucho más.

Espejito, espejito

Columna publicada el 28 de octubre de 2014 en Sin Embargo.

La semana pasada Renee Zellweger rompió internet cuando circularon unas fotos suyas en las que se ve diametralmente distinta a como la recordábamos. Ya sé, la noticia es una inmensa tontería, pero así somos, tontos, y en esas tontas reacciones dejamos ver cómo funcionan los prejuicios en nuestra cultura y como esos prejuicios refuerzan y mantienen unas injustas estructuras de poder.

Renee Zellweger ya nos dió explicaciones sobre su apariencia (como si tuviera que hacerlo) y básicamente nos dijo que está feliz y saludable. Sin embargo el ridículo alboroto nos puso a hablar sobre lo que significa ser una celebridad, sobre nuestro paradigma de belleza para las mujeres y otros límites estéticos y biopolíticos que le ponemos al cuerpo como la vejez, todos debates que desembocan en el problema de la autonomía del cuerpo.

Lo primero es entender que hay una Renee Zellweger en tanto que celebridad y otra en tanto que persona. Zellweger la celebridad representa una serie de ideas dentro de la cultura pop, Es casi que un personaje de ficción, que está montado, que vive y existe en una Zellweger persona, que tiene una vida, sentimientos, autonomía, pensamientos, etc. Paradójicamente, aunque la vida personal de Zellweger es realmente irrelevante, hablar de ella en tanto que celebridad no lo es porque su representación en el imaginario pop nos habla de nosotros mismos.

Recuerdo que cuando niña jugaba con mis amigos a imitar a los personajes de los programas que veíamos en televisión. Por ejemplo, cuando jugabamos a Los Thundercats, con frecuencia el líder del grupo “se pedía” a Leono (Lion-O), y la niña “más bonita” a Chitara (Cheetara). El otro único otro papel disponible para las niñas cisgénero del juego era Felina (WilyKit), una niña casi idéntica a su hermanito mayor, Felino (WilyKat). La mujer y la niña, esas eran las únicas posibilidades de representación, y así es en casi todas las ficciones con las que crecí. Como en estos juegos solía haber más niñas que niños, muchas no tenían más remedio que hacer el papel de hombres y la más descastada se quedaba con Pantro (Panthro).

Esta escasez en la diversidad de representación de las mujeres ha cambiado muchísimo y para bien, y hoy podemos encontrar series donde hay representaciones variadas y complejas como Orange is The New Black (que le dio trabajo a un montón de actrices maravillosas para quienes antes no se escribían papeles ni siquiera) o Avatar The Legend Of Korra, donde los personajes de mujeres son protagónicos, variados, complejos, autónomos y fuertes.

Mientras los personajes para mujeres en Hollywood sigan limitados a “la chica” las actrices de Hollywood no van a poder envejecer. Nos parece sexy Sean Connery cualquier mujer que se vea mayor de 35 años deja de ser sexy para la audiencia y para los productores y estéticas de Hollywood, y como para ese sistema el principal (¿único?) atributo de una mujer es ser sexy, las mujeres viejas pierden su razón y de ser y con eso su trabajo. Ante eso es comprensible que una actriz trate a toda costa de mantener su apariencia joven, de eso depende su trabajo y su límite de obsolescencia. Las mujeres, a diferencia de los hombres, salimos de escena cuando envejecemos.

Pero no son solo las actrices. Muchas mujeres no confiesan su edad simplemente porque después de los cuarenta años les será muy difícil conseguir trabajo. A todas nos bombardean constantemente con cremas antiarrugas y todo tipo de productos que nos recuerdan nuestra fecha de caducidad. No son solo las actrices. Por eso las edades de las mujeres se vuelven un secreto de Estado.

A las mujeres, además, nos exigen una cosa rarísima: envejecer “con dignidad”. Esto quiere decir o bien aceptar la vejez (y con ella una sentencia a la obsolescencia) calladas, sin chistar, o hacernos algunos retoques aquí y allá en cuyo caso la dignidad reside en que nadie sepa a ciencia cierta por qué nos vemos más jóvenes. De todas formas, la sociedad nos juzga por ser la Reina Malvada y vanidosa que contempla su cara anacrónica en el espejo o la Anciana Malvada y dejada que agrede jóvenes muchachas inocentes con una manzana. Yo crecí en una casa con mujeres de cuatro generaciones. Las vi a todas desnudas, a mi mamá, a mi abuela, a mi bisabuela, y sé lo que me espera. De niña siempre sentí hacia la vejez muchísima reverencia (las mujeres que más admiraba eran mayores de 60), también me parecía que llegar a vieja era un logro, motivo de orgullo, y que las arrugas de mis abuelas eran como los anillos de lo troncos de los árboles, una especie de medallas de su paso por la vida. Hoy, a mis 31 años, me encuentro preguntándome preocupada si eso será una arruga frente al espejo. Encima este año me salió mi primera cana, algo que solo es preocupante porque soy mujer, en los hombres los cabellos blancos equivalen a sex appeal, madurez, experiencia. Mi envejecimiento empieza a hacerse visible, es más evidente que no poder lidiar con la resaca. Me encuentro entonces teniendo un miedo irracional a esa vejez, no a los achaques o dolores que puedo aguantar en silencio (y con una mano en la frente para mayor drama), es más un miedo a ver, y a que todos vean, cómo se avejentan mis selfies. Es el mismo miedo irracional que sentimos los fans de Empire Records al ver que Zellweger había envejecido, que eso se puede, que “we are next”.

La idea compartida e impuesta que tenemos de belleza es una de las formas más eficientes de mantener estructuras de poder y controlar los cuerpos de las mujeres. Por eso muchas

están dispuestas a hacer lo que sea para cambiar su cuerpo, ajustarse al modelo es cuestión de supervivencia. En Colombia se critica mucho a las chicas que encarnan la estética del narco, operadas, o mejor dicho “pimpeadas” como para ostentar el poder de sus “propietarios”. Ellas probablemente se operan porque en los mundos violentos en que viven es bien posible que el lugar más digno sea “esposa de narco”. Lo que queda es aseadora o muerta. Un par de tetas puede ser la única forma de ascenso social para muchas en una sociedad sin opciones reales para las mujeres.

Por supuesto, lo de la cirugía es furor en Colombia y tenemos casos celebremente terribles como el de esa mujer en Miami, a la que un médico mercachifle que le inyectó cemento en el culo, y la mató. Es un problema de autonomía: cada mujer tiene derecho a intervenir su cuerpo como quiera y ejercer y entender esa libertad es algo muy importante. Un ejemplo maravilloso es la artista Orlan: varios de sus performances han sido hacerse cirugías en vivo (por stream) y hacer intervenciones en su cuerpo que retan y cuestionan nuestras ideas de belleza, se alteró la frente para parecerse a la Mona Lisa y la barbilla para semejar a la Venus de Boticcelli

Sin embargo aquí hay que decir que esa autonomía se ve mermada cuando no somos consientes de que una intervención responde a las presiones de “El Sistema” (que en realidad es un eufemismo para decir Patriarcado). El derecho a la autonomía del cuerpo se patologiza bajo unas exigencias monolíticas y tiránicas de belleza que obligan a las mujeres a homogenizarse pues ya nos han dejado muy clarito que para las viejas y feas no habrá ni trabajo ni amor.

¿Qué hacer ante esa terrible crueldad? Podríamos comenzar por entender que todo eso que decimos de las fotos de Zellweger en realidad lo decimos de nosotras mismas. Cuando le recriminamos por envejecer o por supuestamente intentar evitarlo con cirugías nos estamos pegando un tiro en el pie. Criticar la apariencia de celebridades parece delicioso y hasta inofensivo, creemos que ellos están por allá, intocables, lejos de nosotros, pero olvidamos la manera en que sus imágenes, como símbolos, afectan y moldean los prejuicios que dirigen nuestra vida cotidiana. Son cambios pequeños, son acciones mínimas que solo tendrán un efecto liberador si se hacen en colectivo y con persistencia. Tener control de nuestros cuerpos pasa por tener una conciencia crítica de los efectos de nuestros juicios sobre los cuerpos de los demás. Nuestros prejuicios estéticos rebotan en los espejos.