impunidad

El estigma de ser modelo colombiana en México

Columna publicada el 4 de agosto en Univisión.

CIUDAD DE MÉXICO, México.- Este fin de semana encontraron muerta en las calles de la colonia Nápoles, en Ciudad de México, a la colombiana Stephanie Magón Ramírez, caleña de 23 años. Magón estaba desnuda, golpeada, tenía fracturas en la mandíbula y desprendimiento de dientes por los golpes. Llegó a México con un contrato de modelaje, aunque los medios con suspicacia intercalan decir que era modelo con decir que era “edecán” (una palabra que en México a veces se usa como eufemismo para las mujeres que ejercen la prostitución).

Su esposo y su hijo permanecen en Colombia. Ella estaba a punto de terminar estudios en el Instituto Nacional de Telecomunicaciones (Instel), pero los medios también nos contaron que le gustaba la fiesta y que un hermano suyo había sido asesinado hace un año en Brasil. Tras la necropsia, Edgar Elías Azar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México (TSJ), declaró que el crimen era un feminicidio: “Traía golpes contundentes mortales, costillas rotas, en fin, son golpes proferidos o sea intencionadamente la mataron a golpes”. Dos días más tarde, el TSJ se retractó y dijo que los golpes habían sido fruto de una caída. Eso sí, no explican, por qué estaba desnuda cuando se “cayó”.

En los últimos cuatro años han asesinado a tres colombianas en Ciudad de México. Las tres llegaron solas al país. Modelos. Jóvenes. A todas las encontraron muertas y desnudas en el mismo barrio en el que vivían. Las tres han sido estigmatizadas por la prensa: los vínculos criminales que les atribuyen no tienen mayor evidencia que las conjeturas que surgen de los estereotipos asociados con su nacionalidad. “En todos los casos, las autoridades mexicanas -en un acto irresponsable y sin concluir la investigación- han creado un perfil falso de las mujeres haciéndoles creer a la opinión pública que son víctimas de su propia belleza, creyéndolas putas, mal relacionadas o copartícipe de bandas criminales dedicadas al narcotráfico”, dice la periodista colombiana Margarita Solano en Lo Político. Mientras tanto, la revista Proceso se pregunta si la Ciudad de México es tumba de modelos colombianas. Los tres feminicidios están impunes.

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Papaya Republic

Columna publicada el 18 de mayo de 2016 en El Espectador.

Es muy fácil lavarse las manos con pedir la renuncia a la abogada que redactó la infame respuesta de la Secretaría de Gobierno a la familia de Rosa Elvira Cely. También es sencillo odiar al bestiario político nacional, lleno de delfines con cola de cerdo como Uribe Turbay.

Más difícil es echarlo del puesto, eso sí, porque en Colombia los apellidos pesan, y los chivos expiatorios están precisamente para no manchar a nuestros rancios abolengos o para dejar intactos a los (hombres) del poder. Sí, toda la cadena de personas detrás del concepto de la Secretaría de Gobierno, desde la abogada encargada hasta el alcalde Peñalosa, tercer jinete de la Apocalipsis bogotana, debería renunciar, si no por falta de visión política, al menos por mínima compasión y decencia. Todos: el cretino indolente que recibió la llamada de Cely, moribunda hace cuatro años, los fiscales que dejaron libre a Velasco después de que abusara de sus propias hijas y cometiera un feminicidio previo, los policías que la pasearon por la ciudad convencidos que la vida de una mujer pobre no puede salvarse en un hospital que atiende a los ricos. Y muchos más. Pero lo verdaderamente terrible es que, incluso si todos renunciaran, eso no resolvería el problema. Nuestro Estado feminicida es como una Hidra de Lerna: cortas una cabeza y salen dos más. Acabar con la violencia contra las mujeres (que invade la calle, la casa, las instituciones educativas y todas las instancias de atención, reparación y justicia) exige un profundo cambio cultural, que debe comenzar con la renuncia masiva de todos los involucrados, pero que tiene ir mucho más allá.

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Descaro estatal

Columna publicada el 7 de abril de 2016 en El Espectador.

“Fuimos víctimas el día que nos abusaron y nos violaron, hoy somos sobrevivientes y luchadores; esa es la consigna que miles de mujeres en el mundo hemos adoptado y replicado ante la barbarie de la violencia sexual, pero la impunidad todos los días nos quita algo de sobrevivientes y nos va matando lentamente”.

Con estas palabras comenzó Jineth Bedoya la audiencia sobre su caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDG), que tuvo lugar este martes en Washington. Una vez más, Bedoya contó su caso, habló de cómo el Estado le negó el esquema de protección y seis meses después fue secuestrada, torturada y violada. El Estado colombiano no solo no protegió a Bedoya, sino que permitió que su expediente se perdiera, que la siguieran amenazando, y que, 16 años después, apenas haya dos condenas (recientes), mientras los autores intelectuales siguen en la absoluta impunidad, pues no hubo investigaciones internas sobre los funcionarios que estuvieron envueltos en este crimen.

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Sigo siendo el (mir)Rey

Columna publicada el 30 de marzo de 2016 en Sin Embargo.

“Justicia para los de ruana” reza un dicho popular colombiano, quiere decir que el peso de las leyes sólo aplica a los marginales, campesinos, pobres, sin privilegios (los de ruana) mientras que a los privilegiados simplemente no les aplica la Ley. Mientras tanto en México cantan “hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la Ley” eso sí, con la falsa premisa de que eso se puede “con dinero o sin dinero” y no, en la realidad solo quienes tienen dinero, apellidos, educación y pene pueden ser “el Rey”.

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Cuerpos de batalla

Columna publicada el 25 de febrero de 2016 en El Espectador.

Judicializar por abortos forzados a los miembros del bloque José María Córdoba de las Farc, pide la ONG Women’s Link a la Sala de Justicia y Paz del Tribunal de Superior de Medellín.  La Fiscalía acusó a los guerrilleros de forzar mujeres de sus filas a abortar, y Women’s Link argumenta que, según el derecho internacional, estos crímenes no se pueden amnistiar y los acusados deben ser juzgados por cometer un crimen de guerra y una grave violación a los derechos humanos.

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¡Adelante Jineth!

Columna publicada el 4 de febrero de 2016 en El Espectador.

La periodista y defensora de derechos humanos, Jineth Bedoya lleva 15 años pidiendo justicia por los delitos de secuestro, tortura y violencia sexual de los que fue víctima. No han sido 15 años de espera pasiva, durante este tiempo, Bedoya ha realizado un valiente trabajo en defensa de las mujeres víctimas de violencia en Colombia y se ha convertido en un símbolo como mujer periodista sobreviviente a la violencia. ¡No es hora de callar! la campaña que lidera, se ha convertido en un referente internacional y es uno de los más sólidos movimientos de víctimas en Colombia. El martes de esta semana uno de sus victimarios, el exparamilitar Mario Jaimes conocido como el Panadero, aceptó los cargos y pidió perdón públicamente a la periodista.

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Calaveras Rosa

Columna publicada el 3 de junio de 2015 en El Espectador.

“Todos los muertos son iguales” dicen penalistas de todos los pelambres criticando la Ley Rosa Elvira Cely, que tipifica el crimen del feminicidio, recién aprobada por el Congreso.

Aseguran que las mujeres ya logramos ser iguales a los hombres y que “no ven género”. Pero se necesita mucha desconexión para creer que hombres y mujeres tenemos igualdad de derechos y oportunidades, y mucha indolencia para no ver lo que dicen las cifras: de las 44.743 personas que fueron víctimas de violencia de pareja según Medicina Legal, 39.020 fueron mujeres. Sí, “a los hombres también les pasa”, pero les pasa en menor medida, les pasa de manera excepcional, mientras la violencia contra las mujeres es sistemática, al punto de ser un problema de salud pública. Algunos han caído en la falacia de creer que tipificar este delito nos aleja de la igualdad entre hombres y mujeres. Esto es no entender que cuando se habla de “igualdad” se está haciendo un reclamo para que tengamos igualdad de derechos, y esto es algo que solo se puede conseguir al ser conscientes de las diferencias: de las vulnerabilidades y privilegios que nuestra cultura reparte de manera desigual para ambos géneros.

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