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Internet y los cuerpos

Columna publicada el 28 de octubre de 2015 en El Espectador.

En 1996 el ensayista y poeta, John Perry Barlow publicó la Declaración de independencia del Ciberespacio y lo presentó como un mundo “que está en todas partes y en ninguna, y en donde no vive ningun cuerpo”.

También dijo que estábamos “creando un mundo al que se puede entrar sin privilegios ni prejuicios, sin que importe la raza, el poder económico, la fuerza militar o el lugar de nacimiento”. Por supuesto que para un hombre blanco y cisgénero como Perry, Internet plantea un mundo sin fronteras. Pero no es lo mismo ser un gringo que ser una mujer emberá. El acceso a Internet en el mundo no es igualitario y no puede desvincularse de nuestros cuerpos.

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The digital divide: a report from Latin America

Chapter of the foundation Plan UK’s annual report, “State of the World’s Girls Report 2015”. October 2015.

When I was 11, we learned how to use the Logo operating system in computer classes in Barranquilla. Since I didn’t have a computer at home I had to write out all the calculations manually and I would use pencil drawings and a typewriter to do my homework. We got our first computer at home in 1996. At school it was always the boys who knew most about computers. They were the ones who studied systems engineering. I studied philosophy and visual arts. The closest I came to systems engineering was probably maths, but it depressed me to think that if I studied maths I wouldn’t be attractive and I would end up alone. Of course, that’s being really superficial. Or maybe it isn’t, because the need to feel accepted and loved is no small thing. Perhaps I was just very young at the time and didn’t realise that my own choices were influenced by machista prejudices.

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Queridos trolls

Columna publicada el 4 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Foto: Tomada de InternetFoto: Tomada de Internet

Desde que empecé a publicar textos en Internet (2006, pero con mayor regularidad en el 2008) recibo insultos que tienen que ver conmigo y con mi vida privada antes que con los argumentos de mis columnas. En los foros de mi columna en El Espectador hay un largo debate sobre si soy “fea” o “bonita”, también sobre si soy “promiscua” o “frígida”, y con cierta ubicuidad me dicen “puta”. Ninguno de estos apelativos es un insulto en sí mismo, puta es un oficio, y en mi caso, una imprecisión, pero la razón por la que esa palabra se convierte en un insulto es porque se siente y se reconoce la rabia y el odio con que la escriben. Luego vienen los insultos sobre mi estupidez, y mi “falta de preparación” (tengo dos carreras, y una maestría y 9 años escribiendo, pero ya sabemos que no tiene que ver con eso). A mi mamá la han buscado varias veces en redes para preguntarle “¿por qué no me abortó?”. La primera vez se sintió ofendida y asustada, lo conversamos y acordamos una respuesta que ella usa con mucha gracia cada vez que esto sucede. Luego me casé y resulta que mi marido es una “víctima” y un “mandilón”, y cada rato lo invocan para que venga y me “regule”. A él también le toca contestarle a los trolls.

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Cuando comencé a escribir me dijeron que esto era lo normal. Internet es así. Y si quieres escribir en público sobre temas públicos así reacciona la gente que “está muy loca”. Incluso que estos insultos son un indicador de éxito de las columnas. Sin duda, para hacer opinión, se necesita una piel dura. Si todo el mundo está de acuerdo con lo que dices, pues algo estás haciendo mal. Así que, en tiempos de Internet, cuando los lectores contestan, las peleas son más que esperadas. Además, a mí me encanta debatir, es lo que más me apasiona en la vida. Me gusta esa gimnasia socrática y creo sinceramente que el lugar natural para un filósofo en el mundo contemporáneo es el periodismo de opinión. Pero me gusta debatir en condiciones de igualdad, ni siquiera de respeto, de igualdad. El problema es que mis colegas columnistas hombres pelean para discutir sus argumentos. Nadie les saca a la esposa, no buscan a sus mamás ni a nadie de sus familias. No intentan desprestigiar su moral sexual, no hablan de su apariencia. Sé, además, que mis colegas columnistas mujeres, blogueras, periodistas, tuiteras, se enfrentan a lo mismo que yo, si no peor.

Un ejemplo de la prensa mexicana, en donde hay muchísimos periodistas con opiniones radicales con las que podemos estar de acuerdo o no, es lo que sucede con una periodista mujer, como Sanjuana Martínez, que cuando habla, resulta que es una loca, histérica, extremista, como quien dice, la mismísima Medea. Pero cuando un periodista hombre hombre habla, y dice algo equivalente, le dicen que está “enajenado por la ideología”. También me dijeron el otro día que “hay muchas periodistas mediocres que se escudan con que son ataques de género”. Resulta que también hay muchos periodistas hombres mediocres, los hay de sobra, y yo no los veo defendiendo a capa y espada sus pendejadas en Twitter. A las mujeres nos piden miles de “certificados de calidad” para poder hablar, mientras los hombres, simplemente hablan. He tenido miles de conversaciones sobre cómo manejar a un acosador que envía mensajes por el interno, de esos que de un día para otro le dan like a todas tus fotos de 2010. A otras colegas les han hecho doxxing (revelar sus datos personales, donde viven y cómo encontrarlas). Todas somos brujas, amas de casa, locas, histéricas, desesperadas, emocionales. Me repito todos los días que lo que me dicen a mí no es nada, que muchas mujeres lo tienen mucho peor. Y es verdad.

Un ejemplo: el año pasado, el senador José María Martínez, (@chemamtzmtz) mojó prensa al convertirse en Presidente de la discriminadora “Comisión de la familia”. En ese entonces la abogada y académica feminista Estefanía Vela (@samnbk), muy reconocida en Twitter por hablar a favor de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTI y de los derechos sexuales y reproductivos, cuestionó al senador por la comisión a través de Twitter, con mensajes que nunca respondió, y con una columna. Luego, para sorpresa y desagrado de todos, pero especialmente de ella, descubrimos que el político había usado una foto de ella, de sus ojos, que agarró de la página del CIDE, en donde Vela trabaja, como su fondo de Twitter. Martínez nunca contestó los reclamos de Vela por usar su imagen, pero sí respondió, días después, a las quejas que hicieron hombres tuiteros, dirigidas al senador. En su “explicación” Martínez dijo que “no era ella”, que era “la mujer de sus sueños”. ¿Me van a decir que eso no es intimidante?

Foto: Captura de pantalla de Twitter

A todas nos dicen, bienintencionadamente, “no les hagas caso”, “a palabras necias, oídos sordos”, “no les contestes porque los alborotas más”, el popular “don’t feed the troll”. Todas seguimos escribiendo estoicamente, haciendo como que esto es “normal”. Pero este es precisamente el problema: no es normal, es muy, muy violento. Ser mujer en internet y ponerse a opinar, es vivir en la ofensa y en la confrontación. Yo me levanto a diario a leer insultos, y aunque es evidente que no los creo -no me voy a poner a llorar porque me digan puta o estúpida-, sí siento cada vez un poquito del odio con el que lo escriben. Un odio que va dirigido a mí, Catalina, la persona, no la columnista. Tengo normalizados estos ataques, y trato de concentrarme en las críticas y los cumplidos. Sin embargo, también he pasado semanas horribles en las que me ha bajado ocho kilos y se me ha caído el pelo. A veces, si me despierto triste, me duelen un poquito más, si estoy feliz hasta me envalentonan, pero nunca, nunca me son indiferentes. Escribir pasa por hacerse vulnerable. Decir las opiniones en público es desnudarse un poquito, y es así como me tratan: como una mujer desnuda que camina en público.

Nueve años de ignorar los insultos en Internet no han hecho que disminuyan. Peor, esto de “no les digas nada” se enmarca en lo de siempre: decirnos a las mujeres que no podemos hablar porque es muy peligroso, y decirnos que si hablamos y nos atacaron fue porque nos lo buscamos. Así que, otra vez, estos insultos determinan por dónde podemos pasar, y así se construyen en internet los mismos callejones oscuros que evitamos cuando habitamos “la realidad”. Internet calca las vulnerabilidades y discriminaciones de la vida tridimensional. Todas las mujeres lo piensan dos veces antes de subir una foto o poner un comentario, porque todas estamos expuestas a lo mismo. Lo que pasa es que ni lo sentimos, pues tenemos introyectada esa autovigilancia desde pequeñas. Sabemos perfectamente como obligarnos a nosotras mismas a caminar dentro de esas líneas invisibles de la sociedad.

Mary Beard, una académica famosa por muchas razones, entre ellas por haber enfrentado a sus trolls en internet hasta hacer que uno le pidiera disculpas, tiene un ensayo llamado “Oh, cállate, querida” que leyó en una conferencia en el Museo Británico. En el ensayo habla de una de las pocas veces que aparece una mujer con una voz pública en la literatura romana. Era Lucrecia, esposa de un noble, Conlatinus, que fue violada por Tarquin, un príncipe. Lucrecia denuncia a su violador y después se suicida para conservar su virtud. Beard concluye que, en la historia de la literatura, específicamente en la literatura romana, las mujeres solo tienen voz cuando son víctimas, o cuando están hablando de sus hijos o de su familia. Lo mismo sucede hoy. Cualquier mujer que se salga de estos campos de discurso autorizados será atacada, regulada, perseguida. Cuando un hombre tiene comportamientos o asume roles femeninos es atacado. Más aún cuando habla en defensa de otras mujeres y les dice a otras mujeres que hablen: los ataques se duplican cuando una mujer incita a otras a salirse de su rol asignado, y esta es una de las razones por las que, por ejemplo, las defensoras de derechos sexuales y reproductivos, reciben aún más bilis. Hay una agresión extra que viene con el tema que tocamos: cada vez que hablamos, no solo desde una perspectiva femenina, sino propiamente de feminismo (o temas feministas, o denunciamos aquello que tiene que ver con mujeres), nos enfrentamos a que nuestro discurso se vea tergiversado, malentendido (el cuento de las “feminazis”); preso de generalizaciones absurdas (como “somos unas odia hombres”), de malentendidos que parecen intencionales (ni siquiera se esfuerzan por entender el argumento) y por ello, también somos agredidas de manera personal.

Tengo trolls de todo tipo: los ocasionales, los fachos radicales que me mandan al infierno usando mayúsculas sostenidas, los que se las tiran de racionales y escriben con apropiadas minúsculas y tildes, los que llevan años vigilando cada coma, con tanta atención y dedicación que los llamo “mis historiadores”. Aunque me digan que estos son unos “locos radicales”, pienso que son personas, que seguro salen de sus computadores e interactúan con nosotras en la vida diaria. Quizás, para muchos, ser un troll no es su identidad, es solo algo que hacen en Internet.

Pero la verdad es que no es algo que se quede en Internet. Cuando una mujer se enfrenta con un agresor en la calle, que le grita “puta”, este agresor tiene un costo más alto: su víctima le verá la cara, lo verán otras personas, él verá la cara de su víctima y su reacción y hasta de pronto hace una conexión humana. Por su parte, la víctima de la agresión ha elegido salir a la calle que asume de suyo un mundo hostil. Está vestida y en actitud de combate (así habitamos las mujeres el espacio público) y como las palabras se las lleva el viento, quizás en unas semanas ya no recuerde lo que le dijo su agresor. En cambio, en Internet, el costo para el agresor es mucho menor. Está detrás de una pantalla y no puede ver a la agredida; quizás lo hace anónimamente y entonces ni siquiera recibirá una censura social de sus pares. La víctima, en cambio, recibe este mensaje en sus objetos más íntimos: su teléfono personal, su computadora. Quizás está metida entre las cobijas viendo su feedde redes sociales, en su casa, en su intimidad, cuando es más vulnerable. Además, los mensajes en internet estarán ahí para siempre. Para siempre.

No somos conscientes de cómo las dinámicas de estas agresiones han cambiado. Pese a que el 72.% de las personas que han reportado abuso en Internet entre 2003 y 2013 fueron mujeres, cuando hablamos de la violencia en línea, no nos creen, o nos dicen que estamos siendo hipersensibles. Según Take Back The Tech, 49% de las mujeres que han experimentado violencia relacionada con la tecnología acudieron a las autoridades, y estos casos fueron investigados solo en un 41%, por eso las mujeres no le tienen fé a las autoridades. En internet, la violencia contra las mujeres puede ir desde acoso, hostigamiento, extorsión y amenazas, robo de identidad, doxxing, alteración y publicación de fotos sin consentimiento, y todas estas cosas afectan de manera real la vida de las mujeres porque generan daño a la reputación, aislamiento, alienación, movilidad limitada, depresión, miedo, ansiedad, trastornos de sueño entre otros. Las mujeres entre los 18 y los 30 son las más afectadas, la mayoría de los ataques (40%) son cometidos por personas conocidas, el 33% de las veces hay un daño emocional- Además muchos creen que esta es “una nueva forma de violencia” que necesita “nuevas leyes” cuando todas sabemos que es la misma violencia de siempre. Los derechos a la privacidad, a la libertad de expresión, a decidir libremente y el derecho a la integridad personal están interrelacionados, atacar uno afecta a todos, y crea relaciones desiguales de poder.

Por eso, mi invitación con este texto es a que lo hablemos en voz alta. No quiere decir cada mujer le tenga que contestar a cada uno de sus trolls. La vida cotidiana de las mujeres es muy violenta y si alguna no quiere echarse un pogo por Internet eso es más que comprensible. Pero creo que, en la medida de lo posible, tendríamos que visibilizar estas violencias, ser solidarias y solidarios cuando veamos que le pasan a los demás, y revisar nuestros propios argumentos en línea para evitar el sexismo. Cada vez que una mujer tiene miedo de hablar en línea, nos están silenciando un poquito a todas. Las leyes, y las medidas penales son insuficientes y peligrosas (leyes que regulen y penalicen el lenguaje pueden ser aún más restrictivas para nuestra libertad de expresión). Por eso, la única salida a este problema es la regulación social, y para eso, es importante que todos y todas, las que podamos y queramos, hagamos acciones conscientes para que internet sea menos hostil.

Y menos hostil no significa que no vayamos a pelearnos. El disenso es la fuerza vital del debate público en una democracia. No significa ser “polite” (porque con tonos y palabras amables también se puede atacar e insultar), ni es cosa de tratar a las mujeres como delicadas florecitas que se van a romper. Se trata de que logremos reconocer el impacto de nuestras palabras, de que seamos capaces de evaluar el daño que pueden hacer (¿qué vulnerabilidades interseccionales tiene la persona a la que insultamos?, ¿tiene más o menos poder que nosotros?), y de reconocer estos golpes debajo del cinturón (directo a los genitales) en la mayoría de la discusiones. Discutir sí, con sexismo no. Discutir sin olvidar que nuestras ideas no existen en el vacío, que somos personas con cuerpos y vidas que han sido determinantes para tener esas ideas, y que el mundo virtual, es tan real como cualquier de nuestras realidades.

Ética para el navegador

Artículo publicado el 29 de junio de 2015 en Letras Libres.

Este ensayo aparecerá publicado en la versión impresa de nuestro número de julio.

En diciembre de 2013 la periodista Justine Sacco “acabó con su carrera” con un tuit que publicó justo antes de montarse al avión rumbo a Sudáfrica: “Rumbo a África, espero no contagiarme de sida. Es una broma. Soy blanca.” Sacco era la jefe global de comunicaciones para el conglomerado de medios digitales iac. No tenía más de doscientos seguidores. El tuit, que pretendía ser sarcástico, desencadenó “una cruzada ideológica”. Los tuiteros contactaron al jefe de Sacco que a su vez dijo en Twitter: “Este es un comentario intolerable y ofensivo. La empleada está bajo cuestionamiento, no podemos contactarla hasta que baje del avión.” Esto, para muchos, fue la señal de que sus denuncias y críticas “habían servido para algo”, y entonces la indignación se transformó en euforia: “Muero por ver a Justine Sacco bajando de ese avión”, “Maldita perra, veremos cómo te despiden en vivo”.

Dado que Sacco trabajaba para una compañía privada, y además en el área de comunicaciones, su jefe estaba en todo el derecho de despedirla. Quizás el tuit de Sacco fue una equivocación, pero haber previsto los alcances de estas metidas de pata era parte de las competencias de su trabajo. Justine Sacco no fue despedida porque una “turba linchadora” en internet lo pidiera, sino porque un error en su trabajo tuvo tal dimensión que desencadenó una “turba linchadora” en internet.

En las redes sociales el lenguaje convive con la paradoja de tener una intención oral, pero un formato escrito. Lo que decimos está pensado en la inmediatez, y de cierta forma aún esperamos que sea olvidado de la misma manera en que se olvidan las imprudencias que decimos frente a nuestros amigos. Pero como su naturaleza es escrita, e internet es casieterno, y su difusión es casi global, nuestras palabras estarán por mucho tiempo online susceptibles hasta el infinito de ser sacadas de contexto. Esto tiene implicaciones éticas y morales y exige adaptar nuestro comportamiento. Por eso no es lo mismo que Justine Sacco le hiciera esta broma a una amiga (que quizás la olvidaría rápidamente), que hacerlo por escrito en una red social en donde personas que no la conocen lo suficiente para entender su humor puedan leerlo. Ahora, su enunciado también tendría un peso diferente (mucho más serio) si estuviera plasmado en un libro o en una declaración oficial en vez de en una red social. Definitivamente no todo el mundo está obligado a tanta corrección política, pero todas las personas que de alguna manera están vinculadas al discurso público –periodistas, comunicadores, políticos, figuras públicas– deben tener, si no cuidado, al menos conciencia, de la maximización tecnológica del impacto de sus palabras (y en especial de sus errores).

Esta conciencia del discurso no es lo mismo que la autocensura. La turba en redes sociales es preferible a la turba de la vida real, y definitivamente preferible al silencio, pues la censura es más violenta que la misma violencia verbal. Habrá que entender también que los alcances de las palabras en internet son diferentes a los de un colectivo de puños, trinches y antorchas. Después de todo, la civilización comenzó cuando dejamos de tirarnos piedras y comenzamos a insultarnos. Solo que en internet el insulto es masivo, amplificado y las palabras duelen. Entonces, ¿qué pasa cuando el acoso en internet tiene efectos más allá de desprestigio o el despido? ¿Puede culparse al bullying onlinede generar daños irreparables? y, si es así, ¿cómo regularlo?

En el caso de las “turbas” furiosas de las redes sociales no suele haber un plan, o una conspiración liderada por alguien. No necesariamente tienen la razón, o son justas, ni siquiera podríamos estar seguros de que la mayoría sean masivas. Hay que ver el ruido que alcanzan a hacer en internet cinco personalidades influyentes. En su gran mayoría son turbas espontáneas y emocionales que se rigen por las mismas normas que ya exploró Gustave Le Bon en Psicología de las masas. Sin embargo, por incontrolable que sea una “turba linchadora”, sus efectos están directamente relacionados con la situación de vulnerabilidad de sus “víctimas”. Como en la vida tridimensional, la manifestación masiva es muy poderosa y significativa, en particular cuando ocurre de manera pacífica y por una causa que a nivel colectivo se considera “justa”. Pero todas las aglomeraciones masivas son susceptibles de comportamientos irracionales y violentos. El control de estas situaciones muchas veces depende de que los individuos desarrollen la sensibilidad para resistirse a la crueldad de caerle al caído.

En abril de este año se suicidó la programadora Rachel Bryk, de veintitrés años de edad, famosa por sus aportes al desarrollo del emulador Dolphin. Bryk también era una de las figuras más destacadas dentro de la comunidad transexual dentro del desarrollo de aplicativos, y había sido objeto de reiterados y constantes ataques de transfobia, ataques sistemáticos de bullying masivo en internet que –aunados a una depresión– la llevaron a quitarse la vida. Bryk comentó en Ask.fm sus intenciones de saltar del puente George Washington en Manhattan, donde un troll, que pudo ser cualquiera de los que colectivamente la atacaban en redes sociales, la estuvo animando a consumar el suicidio.

Hay diferencias radicales entre matonear a alguien por su orientación sexual, y matonear a una profesional en comunicación por no prever los alcances de sus comentarios evidentemente discriminatorios en internet. La red, como cualquier tecnología, es un medio neutro. En el caso de Bryk fue un espacio en donde pudo construir una identidad pero también un canal para ser atacada. Una situación de vulnerabilidad de base, sumada a las agresiones en internet, alentó su suicidio, que, aunque no de modo estricto, tiene mucho en común con un crimen de odio.

En este caso, hay un acoso que (sépalo el agresor o no) va mucho más allá que una “amenaza de muerte en Twitter”: puede tener la misma intención que el rayón de la puerta de un baño, aunque su impacto y eco sean mucho mayores. Si se dan las circunstancias, como en el caso de Bryk, el discurso toma una forma performativa, para usar el concepto de John L. Austin que llama la atención sobre formas del lenguaje que, antes que describir una acción, la realizan. Por ejemplo, verbos como jurar, prometer, declarar, apostar, bautizar, casar, tienen un efecto que cambia la realidad que existía hasta entonces.

Para que una “turba” en internet pueda ser considerada realmente violenta o dañina es necesario preguntar quién compone la “turba” y a quién se ataca. Por definición, los grupos vulnerables o marginados del poder no pueden discriminar de manera efectiva a grupos hegemónicos o poderosos. Por ejemplo: las mujeres en situación vulnerable no pueden “discriminar” a “los hombres”, por más que los critiquen de manera insistente, pues sencillamente no tienen la infraestructura de poder para hacerlo y porque los hombres (específicamente los heterosexuales, con dinero y educados) no están en la misma situación de vulnerabilidad que las mujeres.

Las palabras son poderosas, construyen un campo simbólico que afecta nuestras emociones. En los acosos online, estos juicios y burlas llegan incesantes al teléfono celular que es uno de nuestros objetos más íntimos, lo llevamos a la cama literalmente. Imaginen la violencia. Sin embargo, por hiriente que sea una palabra, por persistente que sea, no obliga al jefe de Sacco a despedirla ni llevará al suicidio a una persona, que por ejemplo, no tenga una historia de discriminación y sí cuente con entorno estable y con apoyo emocional. Las presiones de las masas en internet y sus efectos son psicológicos, lo que no debe subestimarse, pero son efectos complejos que responden a más condiciones que las meras palabras. Son todos esos otros sistemas de apoyo los que deben fortalecerse para resistir un ataque de bullying online, teniendo en cuenta que solo se pueden contrarrestar sus efectos desde lo emocional. Una política de inclusión social a grupos minoritarios (online y especialmente offline) será más efectiva para reducir los efectos nocivos del bullying, que una censura previa a las palabras.

En 2014 el científico Matt Taylor lideró un proyecto que logró la hazaña de aterrizar una sonda espacial en un cometa. Cuando salió ante los medios a hablar de su logro, lo hizo con una camisa ilustrada con dibujos de una mujer rubia en corsé con una pistola. Taylor recibió un sinnúmero de críticas en internet, varias feministas le dijeron sexista y hasta se escribieron artículos analizando lo que significaba su camisa. Luego Taylor volvió a salir en televisión y, llorando, pidió una disculpa, lo que de paso dio pie a que se hablara de la “malvada horda feminista” que lo había “linchado” y “censurado”. Sin embargo, el caso de Taylor no tuvo de ninguna manera los efectos (ni las intenciones) que en los casos de Sacco o Bryk. Varias personas criticaron su camisa en redes sociales, pocos medios u opinólogos se unieron a la crítica, el hombre se disculpó en televisión y volvimos a hablar de su logro científico. Nadie lo denunció ni lo censuró ni lo despidieron. La crítica, aunque sea persistente, no puede equipararse con el bullying o la censura. Ser avergonzado en internet, como le pasó a Taylor, está lejos de un linchamiento. La vergüenza, por decirlo en términos de Hume, es una emoción moral apropiada y muy útil para regular nuestros comportamientos éticos. En su caso no hubo daño permanente, ni laboral ni psicológico. No se trata de que las sensibilidades de las personas sean variantes, hay unas líneas clarísimas que diferencian la crítica del “linchamiento”. Sin embargo, en internet, muchas veces se llama linchamiento a la crítica legítima, buena, mala o exagerada.

Las interacciones en redes sociales nos muestran que, en realidad, la distinción entre lo bueno y lo malo no se fundamenta exclusivamente en la deliberación racional, y que los juicios morales no son absolutos ni universales. Las personas no se mueven únicamente por razones y la lógica no nos lleva por sí sola a la acción, pues al final son los sentimientos lo que en realidad nos impulsa. Para esta regulación social, internet funciona de maravilla. Si tan solo Hume hubiera estado vivo para verlo.

Hume señaló que la moral descansa fundamentalmente en los sentimientos que llama “sentimientos morales” como la “humanidad” (sentimiento positivo por la felicidad del género humano y resentimiento por su miseria). Así, llamamos “acciones virtuosas” a las que despiertan este sentimiento, entre otros “sentimientos morales”, y eso lleva a que haya regulación social. Para Hume, la simpatía representa la tendencia que las personas sienten a participar y revivir las emociones de los demás, aquella que permite al sujeto ponerse en relación con otros sujetos. En muchas ocasiones, dar like, fav o hacer rt tiene que ver con un sentimiento mínimo, simple e inmediato de simpatía.

Esta simpatía es una de las cosas que mueven a las personas a actuar en masa en internet. De hecho, algunos dirán que las turbas que “lincharon” a Sacco comenzaron siendo bienintencionadas y estaban en un principio “defendiendo derechos”. Pero ¿qué derechos? Quizás eso es exagerado y solo se trata de que la gente defiende lo que es políticamente correcto por el gusto fácil de esa sensación de virtud y pertenencia. En todo caso de like en like vamos construyendo valores colectivos, un campo simbólico para “lo bueno” y otro para “lo malo”. Ponerse una camisa estampada con mujeres en bikini y hacer un tuit racista no siempre fueron acciones que despertaran la indignación colectiva. Llevamos años construyendo en el lenguaje un escenario para que esto nos indigne. En el debate público se construyen los símbolos que modifican cómo percibimos las acciones y a su vez las emociones morales que nos despiertan.

Sin duda, internet es una gran herramienta para la participación política en el debate público. Muchas cosas que deberían regularse de nuestro comportamiento para tener una sociedad más equitativa necesitan del rechazo social porque castigar por la vía penal sería ridículo y llegaría a la censura o a restringir otras formas del derecho a la libertad de expresión. Cuando alguien hace un comentario racista u homofóbico o que agreda o discrimine a algún grupo, la penalización o la censura son lo menos deseable pues antes conviene que los intolerantes hablen. Solo en la discusión de sus argumentos se darán cuenta (si no ellos, quienes los escuchan) de lo absurdos que son muchos de sus prejuicios.

Si bien las “turbas linchadoras” en internet existen y tienen efectos reales, no queda más remedio que regularlas desde la interacción social. Intentar penalizarlas puede tener consecuencias nefastas, en especial porque el término “turba linchadora” es casi siempre impreciso, y también se usa con frecuencia para deslegitimar críticas de grupos minoritarios. Las emociones de las personas no se pueden regular ni penalizar. Coartar estos discursos puede tener fuertes efectos en el derecho a la libertad de expresión que a veces necesita del anonimato, y que debe proteger hasta el insulto, que muchas veces es una queja social legítima. Las redes sociales son un espacio de escrutinio de las figuras públicas y es poco probable que esto cambie. Además son un espacio natural para el debate de la opinión pública. De hecho, debería asumirse que todo lo expresado en redes sociales es opinión a menos que algo explícitamente indique lo contrario. El derecho a la libertad de expresión implica que cada persona debe responder por lo que dice dentro y fuera de internet. Además, ya hay figuras penales, como el acoso, las amenazas, la extorsión, la injuria y la calumnia, que pueden ser usadas para atender perfectamente casos de cyberbullying o bullyingsin necesidad de inventar nuevas leyes para lo digital.

Se tratará siempre de una negociación que hace cada persona entrehacer un intento por ser respetuoso y empático, o agresivo y confrontador. Ambas posturas son válidas, dentro de la libertad de expresión y según las circunstancias, una será más efectiva que otra. Eso sí, ninguna postura nos exime de hacer conciencia del contexto en el que decimos las cosas (y del contexto en el que nos las dicen) y de los posibles impactos amplificados de nuestras palabras. La violencia verbal que se experimenta online no emana de las redes ni de los ordenadores: el odio y la sevicia son emociones humanas que solo pueden regularse con otras emociones humanas como la empatía y la compasión. Quizás es un gesto tan sencillo como tener presente que las personas, al comunicarnos, ejercemos una voluntad de dominio; y, finalmente, cuidarnos a conciencia de que nuestra comunicación no sea un acto de conquista sino de seducción.

La sangrona

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Menstruadoras somos todas. Y no lo digo porque esa sea la fórmula de moda para solidarizarse con cualquier causa, lo digo porque más o menos el 52% de las personas del mundo tenemos cuerpos que menstrúan, y ese ciclo menstrual, síntoma de la potencia incomparable de poder crear seres humanos, se ha convertido en una señal demográfica para que nos violenten, nos discriminen, nos nieguen derechos y silencien nuestra voz. Acaba de pasarle a Luisa Velázquez Herrera, conocida en Internet como Menstruadora, un apelativo que parece muy contestatario para las recuas de pacatos que se escandalizan con hablar en voz alta de un proceso real y natural.

En todo caso, es a toda esa gente pendeja a la que Luisa Velázquez Herrera lleva criticando a diario desde hace mucho tiempo. Llegó a Blogger en 2004, a Hi5 y MySpace en 2005, a Facebook en 2007 y a Twitter en 2008. Vieja guardia. Desde el comienzo Velázquez Herrera usó las redes para hablar en voz alta y decir cosas que jamás de los jamases se podrían decir en los medios tradicionales como que le valen verga “los hombres” (los hombres como categoría política, como categoría del patriarcado, no las personas que se identifican como hombres) y hacer espacios solo para mujeres. Ni esta opinión ni estos espacios tendrían que ser necesariamente transgresores, la gente tiene derecho a criticar lo que le dé la gana, (yo agrego que la gente también tiene derecho a odiar) otra cosa es atacar y discriminar. Velázquez Herrera se asumió como lesboterrorista, con ironía porque el apelativo es ridículo, y en colectivo con otras personas que se asumen políticamente como mujeres lesbofeministas, y desde esa corriente lo fueron llenando de contenido. Entonces hicieron un medio de comunicación, una escuela feminista, un festival, cada uno más incómodo que el anterior. Y empezaron a criticar todo, ¿evento de postporno? ¡colonial! ¿masculinidades? ¡patriarcales! ¿queer? ¡racista! ¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo criticar? Porque el lesbofeminismo no se trata de “odiar a los hombres” se trata de tumbar el heteropatriarcado (son cosas muy distintas) y de paso hace un análisis anti-racista, anti-clasista, decolonial, especialmente pertinente para el contexto Latinoamericano.

Al lesboterrorismo tenemos que agradecerle por criticarlo todo, porque sus militantes son como la diosa Kali, como un tsunami. Esa es la verdadera vocación del punk.

Y entonces muchos (muchas) dijeron que su feminismo “no era bueno”, que así no, que está bien ser feminista, pero de salón, bien portada y calladita. Horror. Y hasta otras feministas empezaron a segregarla por “ser radical”. “Nos rechazaron por rechazar a los machos, y está bien, a mi me encanta el debate entre feministas, me encanta que no nos llevemos bien.” Yo estoy totalmente de acuerdo, ¿por qué tiene que ser el feminismo una cosa fácil y homogénea? ¿Para que “los hombres” lo entiendan mejor? Aunque hay una corriente del feminismo que se autodenomina así “feminismo radical” para mí es incomprensible eso del “feminismo no radical”. Yo soy radicalmente feminista. Porque quiero todos los derechos a los que tengo derecho, no algunos, no a medias. Puede haber muchos feminismos, pero no es feminismo si no es radical.

En todo caso, esa “radicalidad” hizo que muchas y muchos le dieran la espalda a ella y a una compañera lesboterrorista cuando fueron acosadas por un cerdo machista misógino: Luis Enrique Sánchez Amaya, conocido en Internet como “Hembrista Detected” impulsor de un discurso de odio que pide “incinerar feminazis”, líder de trolls que amenazaban a Velázquez Herrera y su compañera Nadia Rosso con “violaciones correctivas”. Las páginas son horrendas y sus mensajes no atacan solo a “las lesboterroristas”, escupen odio a todas las mujeres, y tenemos que recordar que esos trolls son los mismos hombres que nos rodean cuando caminamos por la calle, cuando habitamos el mundo. Velázquez Herrera y su compañera Nadia Rosso, denunciaron que Enrique Sánchez Amaya, agregaba a feministas y defensoras de derechos humanos desde su perfil personal para acosarlas, y que les había escrito a la página de lesboterroristas para ofrecer sus servicios de programador un año antes, es decir, que lo que hacía Sánchez Amaya había pasado hace rato del trolleo al acoso sistemático. ¡Peor!, trabajaba en el Colegio de México en el área de sistemas. En el Colmex que precia de tener perspectiva de género. Después del escándalo a Sánchez Amaya le pidieron su renuncia pues 88 estudiantes exigieron una investigación al respecto (pueden ver aquí la respuesta del Colmex). ¿Cómo saber cuántos más hay como él?

¿Y qué pasó después? Pues nada. Que los acosos continuaron. Y se intensifican. “Después de un tanto, una deja de poner atención a las amenazas, deja de leer, no existen, no es peligroso, no pasa nada, les damos block, doy muchos blocks a varones potenciales feminicidas y a mujeres que aplauden la misoginia.”  “Ya lo había normalizado, y no está chido que lo haya normalizado.” dice Velázquez Herrera. Lo más triste es que lo hemos normalizado todas. Pero recientemente hubo quien añadió a todos los contactos de su cuenta personal de Facebook y les empezó a mandar fotos, también algunos trolls empezaron a publicar información y a hacer pesquisas sobre su lugar de residencia. Llegaron amenazas directas, amenazas de muerte. Un tipo le dijo que se “grabara su cara” porque si la veía le iba a disparar. Velázquez Herrera empezó a tener miedo de que la identificaran en la calle, empezó a tener miedo del espacio público, a pensar en lo difícil que es que cualquier mujer denuncie lo que sea, de cierta manera las amenazas le hicieron perder el derecho a habitar la ciudad. La censura siempre tiene un efecto en los espacios, privados y públicos. Cuando hay impunidad los efectos pueden llegar hasta la autocensura.

“Nunca pensé que esto pasaría, y lo digo ahora que puedo decirlo, ahora que no me he puesto el chaleco antibalas. Lo voy a decir también con conocimiento de que esto alegrará a quienes desean verme muerta, o sea, a los trolls. Quiero decir que sí duele, que sí hace llorar, que dan ganas de desaparecer, no hablo de suicidio, digo que dan ganas de taparse con una cobija, tomar chocolate, ver una película, dejar de ser, bajarse del mundo, dejar de pensar.” Esta vez el acoso fue peor, fue más insistente. Por más acostumbrada que Velázquez Herrera estuviera a recibir estos comentarios llenos de odio, esta vez dolieron más, intimidaron más. Y no porque la Menstruadora no sea valiente. ¡Sí que lo es! Hasta contó en su blog la experiencia de un aborto. Simplemente porque Velázquez Herrera es una persona, y las personas tenemos sentimientos y las palabras y el discurso de odio atacan y duelen, y más cuando van dirigidos a una persona que hace parte de una minoría. La Menstruadora es más valiente aún por contar estos sentimientos en público. Hacerse “la dura”, “la invencible” sería caer en las mismas lógicas patriarcales que asumen que en la dureza está la victoria.

Pero además le dijeron que se lo estaba buscando. Por ser “tan radical”. Se lo dijeron hasta otras feministas. Ay, es que no tomaste las medidas de seguridad. Si bien es cierto que cualquier internauta hoy en día debe reforzar sus medidas de seguridad, decirle a Velázquez Herrera que “se buscó” estos ataques, por no tener mayor seguridad digital o por ser tan contestataria es lo mismo que decirle a cualquier  mujer que la violaron por ponerse minifalda y caminar por un callejón oscuro. Es revictimización. Y sí. uno debe ponerle alarma al carro, pero si te lo roban, no es porque no tuviera la alarma, es porque no hay garantías para las seguridad de los bienes de los ciudadanos, garantías que debería dar el Estado. El problema es estructural. Y vean que los Estados cuidan más a la propiedad privada que a las vidas de las mujeres.

Y por esa impunidad rampante es que Velázquez Herrera se lo piensa dos veces antes de denunciar. “Yo pienso que tengo la responsabilidad de denunciar. Denunciar para que si me pasa algo quede algo como precedente. Pero es que si me pasa algo es que ya todo está jodido.” Es triste, pero denunciar no implica de ninguna manera tener expectativas de justicia.

Nada más en febrero de 2015 la académica y bloguera mexicana Rossana Reguillo recibió amenazas de muerte por Twitter y otras plataformas. Las amenazas duraron dos meses y llegaron a su correo personal y hasta la amenazaron en persona. Todo esto con un coro de trolls y bots que la atacaban. Ya sabemos que los bots son cosa común en México, y son usados para intimidar y mermar la libertad de expresión, básicamente porque no hay un Estado que defienda la libertad al disenso. En los casos de Velázquez Herrera y Reguillo, no bastó con decir “no alimentes al troll”. Los ataques no desaparecieron con ignorarlos. Todos estos trolles (que son personas de carne y hueso, no lo olviden) alimentan dentro y fuera de la red el ambiente de intolerancia y misoginia al que se enfrentan las mujeres. Y, aunque en México las amenazas de muerte son un crimen registrado en el código penal y Twitter ha cambiado sus políticas para controlar el acoso online, ninguna de estas cosas han sido suficientes.

Existen varias versiones de las reglas no escritas de internet, se puede rastrear su origen hasta una entrada en  Enciclopedia Dramática en 2007, sin embargo, la versión más conocida es la que se publicó en ese mismo sitio y en The Archive de UNESCO en 2012  durante el apogeo de Anonymous. El texto explica las duras convenciones de la áspera etiqueta de los foros de opinión en internet como 4Chan, sitio en donde nació y creció Anonymous. La regla 31 es verdaderamente reveladora: “No hay mujeres en internet”.

De acuerdo con el informe presentado por la directora ejecutiva de ONU Mujeres,  Phumzile Mlambo-Ngcuka, ante el Secretariado General de Naciones Unidas en ocasión del día internacional de la mujer trabajadora, existe una brecha de género en acceso a tecnología movil (la de mayor crecimiento en los últimos años). Las niñas y mujeres que viven en países de ingreso medio tiene 21% menos de probabilidad de tener un teléfono celular en comparación con hombres y niños. Sólo el 36% cuentan con acceso a internet mientras que el caso de los hombre asciende 41%, esto a pesar de que son mayoría. El informe es contundente al señalar que las mujeres estan en un mayor riesgo frente a la violencia en el ciberespacio que los hombres. “La tecnología también está siendo utilizada para fines dañinos, por ejemplo, para perpetrar el acoso y el abuso en línea, especialmente hacia las mujeres jóvenes”.

El Pew Research Centre entrevistó a casi 3000 usuarios de diversos redes sociales, foros y comunidades temáticas. Mientras que 43%  de los hombres y 37%  de las mujeres reconocieron haber sido objeto de algún tipo de abuso en línea, los hombres refirieron que recibían insultos o apodos, un número considerable de las mujeres refirieron ser víctimas de acoso, inclusive de tipo sexual. En rango de edad de las mujeres que fueron objeto de este tipo de violencia se encuentra entre los 18 y los 34 años de edad.

Lo digital no es un ámbito distinto de la vida “real”, lo que significa que la marginación de las mujeres y las minorías en línea no puede ser separado de los obstáculos que enfrentamos fuera de la red. Las tecnologías de la información y la comunicación  son también utilizadas como un medio para castigar a las mujeres y activistas por el liderazgo ejercido comunidades y países y exigir la igualdad de género. Obviamente esto está vinculado a tendencias sociales y patrones de exclusión más amplios que promueven violencia contra las mujeres como una herramienta para mantener las normas sociales y restringir los roles de género.

Para APC (Association for Progressive Communications), una de las organizaciones líderes en la documentación de violencia relacionada con tecnologías,  uno de los principales retos es sensibilizar tanto a empresas proveedoras de servicios en internet, como al propio movimiento de derechos humanos de que esto es un problema creciente ciberespacio; así como garantizar los remedios legales necesarios, proporcionales y efectivos.  El acoso sexual, suplantación de personalidad, amenazas de violencia física, la publicación de fotografías y material privado sin consentimiento, diseminación de fotomontajes denigrantes o estigmatizantes y hasta chantajes y extorsiones a través de redes sociales y foros en línea, son algunos de los tipos de violencia relacionada con tecnologías que ha documentado esta organización. Si bien el trabajo de documentación de organizaciones de derechos humanos en México ha avanzado significativamente en la trasversalización de la perspectiva de género, aún falta lograr evidenciar la conexión que guardan los patrones de violencia en contra de periodistas, personas defensoras de derechos humanos y activistas con el uso de TICs y el ciberespacio.

El ataque que acaba de recibir Luisa Velázquez Herrera es un ataque contra la libertad de expresión de todos, pero especialmente de todas. Internet, como la calle, como el mundo, es un escenario hostil para las mujeres y todas las que lo frecuentamos recibimos en mayor o menor medida estos ataques. Hace dos años yo me bajé seis kilos y hasta se me cayó el pelo por un ataque de trolleo que duró una semana. Por supuesto me dijeron bruta, puta, tonta, promiscua, frígida, fea, bonita. Tenía todo que ver con ser mujer. Aunque estos no son ataques físicos, son ataques emocionales que ocurren en la intimidad del telefono que uno deja en la mesa de noche y se lleva a la cama. Duelen y duelen mucho.

Pero esto presenta un dilema para la libertad de expresión. Por un lado los trolls tienen derecho a vituperar, es imposible e indeseable penalizar los insultos. Mejor insultar que tirar piedras. Pero hay líneas muy claras entre el insulto y la amenaza, tanto en el ciberespacio como en la vida real. Luisa Velázquez Herrera no le ha hecho daño a nadie, no ha amenazado a nadie con su discurso. Solo le ha tirado piedras conceptuales a una estructura patriarcal que la quiere apachurrar de vuelta. El acoso a Luisa Velázquez Herrera ha sacado su voz de las redes sociales, una voz inmensamente importante, valiosa y provocadora. Velázquez Herrera nos obliga a cuestionarnos a pensar y a tener ideas. Su presencia en redes es invaluable. Y en tanto que su discurso no hace daño a nadie y en cambio, estemos de acuerdo o no, nos conviene a todos, es responsabilidad de las personas que estámos en su entorno digital defenderla y protegerla de estas amenazas y agresiones. Sí, se trata de ser feminista, pero también se trata de ser solidario, pues solo en solidaridad y en colectivo se puede defender el derecho a la libertad de expresión en redes sociales.

Internet es un territorio, es decir, un espacio potencial para la autodeterminación el ejercicio de libertades y el goce de derechos y las mujeres tenemos que habitarlo y recuperarlo. No podemos permitir que callen a ninguna, porque después nos callarán -de nuevo- a todas. Todas somos menstruadoras.

@Catalinapordios

*Este texto fue publicado originalmente el 20 de mayo de 2015 y tuvo algunas actualizaciones y correcciones el 21 de mayo.