música

¿Qué dicen los videos de Gerardo Ortiz sobre nuestras formas de amar?

Columna publicada el 29 de marzo de 2016 en Univisión.

El video comienza con una escena de sexo en la ducha. Nos queda claro que el personaje que representa Gerardo Ortíz, cantante de Fuiste mía, es un hombre elegante, un patrón, y su poder se afirma semánticamente con carros, relojes, casas (no vaya a ser que pensemos en Ortíz como un “gordito cachetón”), y una bella y voluptuosa modelo que a pesar de estar con este mero mero, hace una furtiva llamada por teléfono.

“Tienes un sabor a mentira” canta Ortíz que mira con sospecha una camioneta parqueada frente a la casa. Entra, sube al dormitorio. La encuentra a ella en la cama con otro hombre. Ortíz saca de un cajón una pistola y dispara certero un tiro en medio de la frente del amante. Ella corre, hermosa, sus nalgas pasan frente a la cámara, se ve, sí asustada, pero “cómo le queda ese miedo de bonito”.

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En silencio

Columna publicada el 12 de febrero en El Heraldo.

¡A pagar por la música en los buses!, anuncia Sayco-Acinpro, que acaba de sacarse de la manga una nueva manera de lucrarse de nosotros. Resulta que en Colombia, y esto lo sabemos desde hace rato, el marco de ley para derechos de autor es un desastre. Por ejemplo: nuestra ley no permite prestar libros sin autorización expresa del autor. Esto hace de las bibliotecas gigantescos emporios de la piratería que caerían como un castillo de naipes si alguien quisiera demandarlas. En 2010, le llegó una carta del programa de Piratería de Obras Cinematográficas a la biblioteca de los Andes pidiendo un montón de plata para legalizar el préstamo de las películas. Hoy no pueden sacarse de esa biblioteca y solo pueden verse en grupos de máximo seis personas.

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Sonidos de casa

Columna publicada el 21 de noviembre de 2015 en El Heraldo

En la Grecia antigua, un aedo era ese rapsoda (recitador o pregonero ambulante que cantaba poemas llevando noticias de un lugar a otro) que componía las obras que declamaba. De estos ires y venires nacieron la Ilíada y la Odisea. En Colombia, los rapsodas eran los juglares vallenatos que iban de pueblo en pueblo verseando las buenas y malas nuevas. En esas letras del vallenato sabanero se empezó a construir el lenguaje y la cosmogonía con la que contamos a Colombia. Calixto Ochoa, uno de nuestros más grandes aedos, acaba de morir, y creo que muchos sentimos que se murió nuestro propio abuelo. Es que la música de Ochoa resume justamente eso que los colombianos entendemos por familia.

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Purismo al parque

Columna publicada el 22 de agosto de 2015 en El Heraldo

Varios “roqueros de pura cepa” salieron recientemente a quejarse porque la diversidad musical está acabando con Rock al Parque. Indignados, reclamaron por ver a una estrella internacional –como Celso Piña– en la tarima, renegaron de Juan Cicerol y de Nortec Collective, entre muchos. “Al final siempre será mejor escuchar a la más barata y desconocida banda de rock de Colombia, Latinoamérica, Europa o Estados Unidos que a los más reconocidos ‘guapachosos’ del planeta”, dijo Edwin Tamayo Rueda, en la revista Semana. Se reclama que estas bandas tienen otros espacios, y que el de Rock al Parque debe ser para el “rock puro”, y yo me pregunto ¿a qué se refieren con eso?

La diversidad de sonidos a los que llamamos rock es inmensamente variopinta. En nada se parecen Queen y The Ramones, Pearl Jam y Pink Floyd. Parece, además, que si los Beatles incorporan una cítara, eso es innovación; pero unas maracas son una herejía. Como suele suceder con las delimitaciones postizas, un prejuicio se esconde bajo estas afirmaciones de ‘pureza’, y adivinen, ¡es el mismo de siempre! El otro día vi un artículo sobre un dizque estudio que ‘probaba’ que los fans del rock eran más inteligentes que los del reguetón, y uno siempre tiene que sospechar de esas cosas que la gente asocia con ‘los cultos’ y ‘los inteligentes’, porque en el campo de la estética ambas palabras se usan para delimitar discursos de poder, que en este caso tienen un claro referente regional. Como nos lo aclara Tamayo Rueda, la “música guapachosa” es propia de “balnearios”.

La rebeldía, actitud ontológica del rock, se expresó en sus comienzos en Latinoamérica como un rechazo a las músicas folclóricas o populares que estaban de moda, como el bolero, el merengue. Ese rechazo no tiene nada de malo, estamos hablando de una generación ávida de conectarse con la globalidad y que buscaba unos valores muy diferentes a los de sus padres. Prosperó en Bogotá, quizá porque en el Caribe es muy caluroso vestirse de negro, y ni hablar de la imposibilidad de unas botas industriales hirvientes que harían un hueco directo al infierno en el pavimento. En Barranquilla mis amigos metaleros escuchaban Ozzy Osbourne, pero se ponían por la noche una camisa de cuadritos, y nos sacaban a bailar Rikarena, después de escuchar a Soda Estéreo como telonera.

Me gustaría hacer el ejercicio de pensar que el rock sí tiene una esencia, y tiene que ver con esa actitud cuestionadora y contestataria frente a un status quo. Creo que esa actitud puede verse en todo lo que identificamos como rock, pero también se encuentra en géneros como la champeta, cuyo discurso estético es, quizá de todos los ritmos colombianos, el más adverso a los discursos estéticos hegémónicos de las clases tradicionales y con poder, es decir, el más punk de toda Colombia. Yo pienso que esa actitud es lo más valioso que tiene el discurso del rock, y hoy me sorprende ver a los roqueros diciendo el adjetivo ‘rebelde’ con ironía, y levantando un dedo índice para decir con dogmatismo “lo que es” y “lo que no es”, de la misma manera que lo hicieron sus abuelos.

Reggaetón y literatura

Artículo publicado el 7 de agosto de 2015 en i-D

Entre los argumentos en contra del reggaetón uno de los más recurrentes y aceptados es que sus letras no tienen un valor cultural o literario y que por el contrario denotan una “falta de cultura”. Por supuesto, esa expresión coloquial entiende “cultura” según unos modelos hegemónicos, eurocentristas y anglocentristas, en donde la cultura viene siendo una cosa reverencial de ver y no tocar, y que incluye a, y solo puede apreciarse con, la música “clásica” o instrumental, o con música indie de guitarritas simplonas que aguadan estribillos del pop anglosajón. Por eso, la gente asociará a Beethoven con “lo culto” aunque solo lo escuche en el ringtone del celular, y tendrá una apreciación vergonzante del reggaetón que sí escucha en su cotidianidad.

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