narcotráfico

Las palabras del “Chapo”

Columna publicada el 13 de enero de 2016 en El Espectador.

“Es una realidad que las drogas destruyen”, dijo El Chapo Guzmán en su entrevista para Sean Penn para la revista Rolling Stone, revelada en días posteriores a su recaptura.

Penn le pregunta si se siente responsable por todas las vidas que ha “acabado” debido al consumo de drogas, el capo afirma que no, y luego le dice que no cree que el narcotráfico se vaya a acabar con su posible captura. En lo segundo, El Chapo tiene razón. Pero la razón de fondo por la que el narcotráfico no se acaba con la captura de narcos es que siguen vivos montones de prejuicios sobre las sustancias psicoactivas. El Chapo nos recita la más importante de todas estas falacias: que las drogas destruyen.

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Los motivos del crimen

Columna publicada el 18 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Protesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: FácticoProtesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: Fáctico

Les voy a contestar la gran pregunta que aún nos ronda sobre el multihomicidio ocurrido hace dos semanas en la colonia Narvarte: ¿por qué los mataron?

A juzgar por cómo lo cuentan los medios, esta es una gran película de misterio con coloridos personajes: la activista y el fotoperiodista (¿tenían una relación sentimental o eran parte de una conspiración para revelar un secreto de Duarte que fuese aún más oscuro que la información que ya es pública?); la maquillista con conexiones en la política Michoacana; la empleada doméstica, olvidada, pero inocente, que estaba en el lugar equivocado; y, para completar este capítulo policíaco de “Medias de seda”, una colombiana, buscona y mostrona (“como somos las colombianas”), ¿edecán?, ¿trabajadora sexual?, ¿narcotraficante?, anunciaron antes de darnos su nombre y luego sacaron fotos para hacer evidente su gusto por todo lo brillante, desde el misterioso Mustang en el que “huyeron los asesinos” hasta su elección de bikinis dorados.

Entonces nos preguntamos por qué estaban estas cuatro personas juntas en el apartamento un viernes durante el día, cómo fue que la quinta roommate tuvo la suerte de salvarse por ir al trabajo (recuerden amigos, cumplir el horario godín los mantendrá a salvo). ¿Qué tenían que ver los unos con los otros? ¿Cuál es el mensaje que envía un asesinato tan brutal que según la PGJDF fue exprés: en 40 minutos, que vienen siendo 10 minutos por víctima? ¿Fue para silenciar una vez más la libertad de expresión y el ejercicio a la protesta? Esta hipótesis no es muy taquillera entre los medios oficialistas que seguro se preguntan: ¿para qué quedarnos en eso de la censura cuando tenemos a una “prostituta” y un departamento lleno de drogadictos”? Sexo, drogas y rocanrol. ¿Qué más quieren?

Porque, además, ya sabemos que en el cenicero del cuarto de Nada Vera había rastros de marihuana y que un vecino, que también contó que al departamento entraban “extranjeros de diversas nacionalidades”, les gritaba que dejaran de “quemarle las barbas al diablo” que al parecer es vernáculo para “dejen de fumar porro.” Nadia: marihuanera de vida díscola. También encontraron una sospechosísima pastilla con forma de corazón, como esa que se comió Leonardo DiCaprio en la película de Romeo y Julieta, y que después lo puso “todo loco” y por “sus locuras” todo el mundo se murió. Pero esperen, peor aún, Rubén Espinosa dio positivo para, cha channnn, ¡cocaína!

La trama del entrelíneas nos dice que seguro la colombiana era una puta que tenía tormentosos amoríos con un dealer, y Nadia y Rubén, que eran unos hedonistas irresponsables, llegaron a afteriar y le marcaron al dealer violento que en vez de venderles drogas se ensañó en asesinarlos, y torturar especialmente a Mile Virginia Martín, que, como toda femme fatale, “lo merecía”. Por ahí saltan algunos personajes secundarios como “El viene viene” y “El malabarista” a quienes podemos darles una o dos líneas en la historia, para poder así salpicar a todos los grupos vulnerables de la ciudad –porque los hombres también son discriminados por clase, no lo olvidemos–.

Con el pequeño detalle de que no vivimos en una película, sino en la realidad. En la realidad, el dealer que te lleva drogas a la casa no te mata, porque si lo hiciera se le acabaría el negocio. En la realidad, esos mismos periodistas que con altisonancia escriben “drogas”, quizás se echan ¿de vez en cuando? un pase y un porro el fin de semana igualito que Nadia y Rubén. ¿No se dan cuenta de que cuando escriben sus notas amarillistas, su hipocresía contribuye a la impunidad de los crímenes contra sus colegas? ¿De cuándo acá dar positivo en un examen de drogas prueba que se trata de un consumidor sistemático, o problemático (que no son lo mismo, hay consumidores funcionales)?  En la vida real, ese “bajo mundo de las drogas” no es tan bajo; el mundo de los consumidores es bastante pedestre y seguro, como lo atestiguan las largas filas en los baños de las fiestas del D.F.

A todas estas sería importante diferenciar entre narcotraficantes (ilegal) y consumidores (legal) y recordar que el consumo de ninguna manera implica tráfico de drogas. También que la razón del narcotráfico no son los consumidores; los consumidores existían desde siempre, mucho antes de que existieran los narcotraficantes, cuya única razón de ser es la prohibición de algunas drogas (drogas como el alcohol, la nicotina, el azúcar, y la religión no están prohibidas), prohibición que no se ha levantado porque el negocio resulta más lucrativo para “los poderosos” si se mantiene en la ilegalidad.

Pero ahora hablemos de “La colombiana”. ¿Cómo es que una muchacha “de cuna humilde” logró viajar a México y tener un Mustang? Seguro, era algo ilegal, recuerden que “todo lo del pobre es robado”. Según una nota reciente del periódico El Tiempo en Colombia, retomada en México por el semanario Proceso, Mile Virginia Martín hizo varios “viajes sospechosos al extranjero” (es que los pobres no deberían salir ni de su barrio), y el más “sospechoso” de todos es uno a España. Ejem. Y bueno, la Visa de turista en México se le había vencido y estaba de ilegal, como me imagino que están tantas mujeres colombianas y latinoamericanas. Claro, hay detalles en el expediente que nos darían a entender otra historia, pero convenientemente, no han sido filtrados a la prensa.

Otra posibilidad es que Mile Virginia Martín tuviera un sugar daddy, lo cual, que yo sepa, no es una actividad de alto riesgo, sino un arreglo de lo más común en México y en muchos lugares del mundo. Finalmente el Mustang resultó ser del “novio”, o el amante casual, Daniel Pacheco, que ha sido detenido, y en cuya foto aparece con visibles golpes en la cara. Al parecer, Pacheco es un tipo muy torpe y se dio contra el picaporte, digo, contra la patrulla, o creo que también escuché el rumor de que “se tropezó voluntariamente contra el puño cerrado de un policía”, no estoy segura, pero, en todo caso, ya saben lo fácil que es hacerse a un ojo morado en la vida cotidiana. Antes es un milagro que no hubiera chocado el Mustang.

¿Y Mile Virginia? ¿Al fin sí era “puta”? Ella ya no puede desmentirlo. Pero, ¿y si lo fuera, qué? ¿Acaso los crímenes contra las trabajadoras sexuales sí pueden quedar en la impunidad? La fama de putas que tenemos las colombianas, y de narcotraficantes, es una fama que tiene su origen en condiciones reales: nuestro país tiene un gravísimo problema de violencia, la movilidad social es prácticamente inexistente para todos y además las mujeres tienen muy pocas oportunidades laborales y más si pertenecen a la clase trabajadora. En ese panorama, que por cierto es similar al mexicano, no es de extrañarse que muchos vean en el narcotráfico su única posibilidad para ascender socialmente, y eso, es culpa de un Estado que no le ofrece oportunidades a sus ciudadanos, y, ante un problema como el narcotráfico que afecta más a los más vulnerables, termina por criminalizar la pobreza. A eso podemos sumarle las condiciones geopolíticas y climáticas que hacen de Colombia un lugar privilegiado para la producción y distribución de drogas como la cocaína y la marihuana, que sería una ventaja, y no un problema, si estas sustancias fueran legales.

Por otro lado, en Colombia, para muchas mujeres “ser bonita” es la única forma de movilidad social y muchas veces un par de tetas de silicona son cuestión de supervivencia. A eso tenemos que sumarle que Colombia vive a diario el drama de la trata de personas, especialmente de mujeres con fines de explotación sexual. Mi país es origen, paso y destino de trata de personas y cada día es más conocido por el turismo sexual. Si muchas colombianas se dedican a la prostitución es porque venimos de un país violento que trata a las mujeres como objetos (hasta nos ofrece el ministerio de cultura en sus spots publicitarios que invitan a “venir a ver nuestros, paisajes, nuestras frutas, nuestras mujeres”). Ser trabajadora sexual, no es motivo vergüenza. Pena les debe dar a los que pagan por sexo sin preguntar por las condiciones laborales de las prostitutas, a los proxenetas explotadores, a los gobiernos cómplices de la explotación del cuerpo de las mujeres. A pesar de estas condiciones adversas, todos los y las colombianas somos personas, todos existimos, todos tenemos derecho a la dignidad. Si Mile Virginia Martín era trabajadora sexual -que no lo sabemos-, eso no la hace desechable.

Colombianos de la asociación de colombianos en México “Me muevo por Colombia” protestan en El Ángel el domingo 16 de agosto. Foto: Eliji Fukushima

Todo este discurso, que pinta buenos y malos, que nos pone a los espectadores en posición de hacer un juicio moral sobre los asesinados, solo lleva a construir una insensibilidad hacia las víctimas. “No eran como nosotros, ellos eran malos” y por eso “se lo merecían”. Pero no es así. Todas las vidas importan. Todos los muertos merecen ser nombrados. Todos los crímenes deben ser investigados exhaustivamente. “Mile Virginia sí era una cualquiera, cualquiera de nosotras” dijimos el domingo en un comunicado como asamblea de colombianos en México, Me muevo por Colombia. Lo dijimos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad como migrantes pero también lo dijimos para hacer ver que un crimen como este nos pone en peligro a todos. Por eso pedimos #JusticiaParaMile #JusticiaParaLxsCinco y memoria para, en ella, mantenerlos vivos.

Ahora que por fin están exhaustas las líneas narrativas en esta deliberación hipotética les voy a revelar la verdad: la verdadera razón por la que mataron a Nadia, Yesenia, Mile, Olivia Alejandra y Rubén. ¿Están listos?

Los mataron porque pudieron.

Porque ninguna actividad, ilegal o no, ningún oficio, ninguna nacionalidad o gentilicio es justificación o explicación de un crimen como este. Los mataron porque en la Ciudad de México se puede cometer un crimen tan atroz a plena luz del día y en una colonia de clase media, y esto puede ocurrir con la tranquilidad de que lo más probable es que quede en la impunidad. Las cinco personas asesinadas en la Narvarte presentaban, todas, formas de vulnerabilidad que los hacían invisibles ante el Estado y esto los dejaba desprotegidos: eran casi todos migrantes, realizaban oficios irregulares o mal pagados, eran ilegales, mujeres, desplazados de la violencia, parte de una clase trabajadora invisible. Hoy muchos medios de comunicación se indignan ante este ataque a la libertad de prensa, pero siguen regateando los sueldos de los periodistas, pagándoles tarde y explotando su trabajo, y este es el momento de admitir que esas prácticas laborales inventadas en tiempos de La Plantación dejan a casi todos los periodistas de México (y de América Latina) muy vulnerables. Todas estas condiciones de vida precaria que experimentaban Olivia Alejandra, Nadia, Mile, Yesenia y Rubén, -sin cuya trágica presencia este caso no habría llegado a la prensa y serían simplemente otras cuatro mujeres asesinadas- facilitaron los asesinatos.

Los mataron porque pudieron, porque las vulnerabilidades de todos se sumaron para que el crimen pudiera ocurrir,  para hacer de las cinco personas asesinadas, ciudadanos de última categoría, con menos derechos que todos los demás, y por eso, la investigación no promete ser exhaustiva y en cambio parece que se quedará en los estereotipos comunes. En la vida real, nada podemos hacer con una serie de motivos para el asesinato si no tenemos la oportunidad, y esa oportunidad, en México, es estructural: la injusticia es el estado del Estado. Desprotección e impunidad casi absoluta: por eso los mataron.

La colombiana de la Narvarte

Columna publicada el 5 de agosto de 2015 en El Espectador.

El fin de semana pasado hubo un brutal multihomicidio en la Ciudad de México. Sucedió en la colonia Narvarte, un barrio tranquilo, de clase media. Las víctimas fueron cinco: un hombre (al que encontraron vestido) y cuatro mujeres, todas desnudas, torturadas y violadas.

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¿Quién es el mero mero?

Columna publicada el 14 de julio de 2015 en Sin Embargo.

Meme tomado de InternetMeme tomado de Internet

La reciente fuga de “El Chapo” Guzmán de un penal de “máxima seguridad” ha revivido las comparaciones entre el capo mexicano y Pablo Escobar. El colombiano se escapó de la cárcel llamada La Catedral, en Envigado (municipio del Área Metropolitana de Medellín) en julio de 1992, un año después de que se entregara y luego de haber forzado a la Asamblea Constituyente a negar la extradición con una sangrienta guerra contra el Estado en la que murieron miles de civiles.

Escobar planeó su entrega desde 1989 y mandó a construir, en terrenos suyos y cercanos a su tierra natal, una cárcel a su medida en la que viviría junto con sus cuatro lugartenientes. El capo le pidió a su abogado, Guido Parra, que acordara con el alcalde de Envigado la construcción de la cárcel en un terreno adquirido por él en el cerro de la Paz, que forma parte de la geografía de su infancia.

Supongo que en el caso de Escobar no se puede -tampoco- hablar de una fuga, cuando fue el mismo narcotraficante quien escogió los terrenos y diseñó su lujosa mansión -que le concedieron como cárcel junto a sus secuaces-  a su antojo, con lámparas, cortinas, cuadros, altares a la Virgen y mesas de billar; jacuzzis, criaderos de animales para los hijos de familiares y empleados, entre un sinfín más de lujos, extravagancias y excesos. Quizás el Chapo estuvo un poquito más incómodo, aunque, sin duda, tuvo con la holgura suficiente para mandarse a hacer un túnel desde su ducha, lo cual no tendría que sorprender a nadie porque ya sabemos que los túneles son su especialidad.

Hoy abundan los titulares, artículos de prensa y hasta memes que comparan la fuga de un capo con la otra, el poder (quién tenía más plata según Forbes, más carros, y aun ¡más mujeres!), y hasta la BBC se pregunta si “El Chapo” es “el Pablo Escobar” del siglo XXI. ¿De verdad eso importa? A mí, que como colombiana viví esa violencia y vi cómo la cultura narco, desde sus valores hasta sus gustos permearon toda la sociedad de mi país,  me preocupa y me angustia muchísimo el tonito comparativo de los medios y el afán por escoger cuál de los dos fue más grande, más malo, más bigotón, el mero mero macho, cuyo nombre los narcocorridos cantarán sin tregua.

Hasta me han dicho que “El Chapo” admiraba profundamente a Escobar. Ya se ven en redes sociales mensajes que afirman que el capo mexicano “sería mejor presidente”. Y aunque el estándar de Peña Nieto es muy fácil de superar, la pregunta es: ¿Para cuantos mexicanos y colombianos este modelo de violencia machista se está convirtiendo en algo aspiracional? ¿Qué efectos tiene eso?

Ser el “capo de capos” no es ningún logro. Ahí no hay nada que celebrar. No crean que las fugas espectaculares y las sangrientas balaceras son un testimonio de la “astucia” de estos delincuentes. Son, más bien, el  testimonio de la desigualdad de nuestros países, en donde una de las pocas formas efectivas de movilidad y ascenso social parece ser el narcotráfico, cuyos réditos son inmediatos y exorbitantes. Y son testimonio de una fuerza pública corrupta (pues ninguna de esas cosas pudo haber pasado sin que supieran el ejército y la policía) y la complicidad de las personas en el poder, políticos y empresarios con el narco y sus maneras de blanquearles las cuentas. La “guerra contra las drogas” no se acaba porque no hay voluntad política para hacerlo, y no la hay porque hay mucha gente que gana mucha plata con el narcotráfico. Escobar y Guzmán son meras fachadas cuyo ego fue y ha sido alimentado por gobiernos, medios y sociedades que sucumbieron ante la fascinación de su maldad.

Estos capos, convenientemente endiosados, protagonistas de historias y mitos, tienen la función útil de ser cabezas visibles de un problema. Cortas la cabeza y dices en la prensa que se acabó. El 2 de diciembre de 1993, día en que asesinaron a Escobar miembros del ejército colombiano, la DEA y los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), Luz María, su hermana dijo “¿Y creen que porque mataron a Pablo se acabó el narcotráfico en Colombia?”. Y no. Porque “acabamos” con todos nuestros capos y contrario a lo esperado, la producción de cocaína sigue estable, si es que no ha incrementado.

La violencia del narco ha venido sofisticándose en muchos aspectos, y Guzmán y los capos sucesivos de acá y de allá, más que ser competencia de Escobar, han sabido ser discípulos juiciosos que han tenido en cuenta los errores cometidos por su “maestro” para no ir a cometerlos. Los de ahora mandaron a sus hijos a estudiar a las universidades del  Ivy League y ya regresaron al país como “empresarios” y políticos, tal cual lo hiciera Michael Corleone en las tres películas de El Padrino, y como lo hizo la ilustre familia Kennedy, que amasó su fortuna con el contrabando de trago (narcotráfico prehistórico). Y puede que ya no tengamos balaceras en cualquier calle, pero todos sabemos por cuáles no se camina si no quieres que te metan un tiro; ya no hay amenazas de bomba en los colegios (recuerdo que cuando era niña cada semana nos hacían un simulacro de evacuación, por si acaso), pues ahora estudian juntos los hijos de los narcotraficantes, con los de los políticos, con los de los fiscales. Aprendieron a mimetizarse

Desde que llegué, he tenido montones de veces la conversación sobre Escobar cuando se enteran de que soy colombiana. Me preguntan por su vida (y le dicen “Pablo”) como si yo, por ser colombiana, tuviera que saberme de memoria la biografía del “héroe nacional” cual si se tratara de Benito Juárez. Me dicen que ya en mi país todo anda bien (sí,claro. Ajá) y que ese Escobar sí que era “un tipazo”, que todo lo hizo “por su mamá”, que “el pueblo” lo adoraba. Nada de eso es del todo cierto, y la novela sobre El patrón, si bien está basado en un relato periodístico, no es un documento histórico. Cuando dicen que en Colombia “ya todo está bien”, lo que están diciéndome, a mi modo de ver,  es que puede existir un hombre como él y que después la cosa puede resolverse con un final feliz.

La violencia de Escobar y de la guerra contra el narcotráfico ha dejado en Colombia hondas y gravísimas secuelas. Sirvió y aún sirve para justificar el paramilitarismo que,  conjuntamente con el Estado, quienes fueran los Pepes, después convertidos en las Autodefensas Unidas de Colombia, ayudaron a matarlo y se aprovecharon del momento de inestabilidad para cometer a sus anchas magnicidios, asesinatos a sindicalistas, líderes de izquierda y genocidios como el de la UP, mismos que convenientemente aún se le endilgan al Patrón y no a los verdaderos responsables. También, con los “falsos positivos” (nuestros “43”), se demostró que la fuerza pública es sobornable y corrupta. Las conocidas prácticas de Escobar (mandaba a pedir niñas de los pueblos para que se las entregaran “en sacrificio”) les dio a las redes de trata la idea de hacer “subastas de vírgenes” (¡así como lo leen!). Es decir, el perfecto comodín. La violencia del narco también les dejó a todos los periodistas un nivel de autocensura del que es muy difícil sacudirse. Pablo Escobar no fue nunca, ni bajo ninguna luz, un héroe. Guzmán tampoco.

El otro día me contó un amigo colombiano, de visita en D.F., que paseando por La Roma llegó a la intersección de las calles Medellín y Sinaloa. Su acompañante, mexicano, le dijo ¡voy a sacarte una foto! Mi amigo, a quien la bomba en el vuelo 203 de Avianca puesta por el Cartel de Medellín en 1989 le dejó un familiar y dos conocidos muertos, declinó en silencio. No hay manera de sentir orgullo por esos muertos.

Ofendidas

Columna publicada el 1 de julio de 2015 en El Espectador.

María Belén Mora, humorista chilena, hizo un sketch en el que las colombianas somos caricaturizadas (ojo, caricaturizadas) como prostitutas, y roza el tema de la coca. Ahí le entrega al presentador un “café con malicia”, y cuando él le pregunta si había llegado a Chile por la Copa América, ella responde: “¿Por qué otra razón una colombiana vendría a Chile? Pero ¿sabe usted?, yo tengo varias amigas que trabajan en el norte, en Antofalombia”, señalando que las colombianas que viven en Chile se dedican a la prostitución.

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