paz

No había vivido lo suficiente para saber que el corazón se te desgarra porque falla un acuerdo político

Columna publicada en Univisión el 6 de octubre de 2016.

Hay una anécdota que funciona perfectamente para explicar la relación que tenemos los y las colombianas con eso que podría llamarse el orgullo patrio: nos inventamos que habíamos sido elegidos como el país con el tercer himno más hermoso del mundo. El rumor se regó como pólvora y pocos preguntaron por la naturaleza de tan particular competencia, ¿cómo eran las categorías? ¿quiénes fueron los jueces? Eso sí, lo que estaba claro era que había ganado la Marseillaise.

Esta anécdota inventada nos dice mucho de los colombianos y nuestro nacionalismo vergonzante: solo diciendo que quedamos de terceros la historia era creíble. Un primer lugar habría sido cuestionado inmediatamente por cualquier colombiano. Esta arraigada costumbre de hacernos zancadilla, de no confiar en nosotros mismos, es uno de los sinos que explican que, ante la sorpresa de todos, incluso de la oposición, ganara el No a los acuerdos de paz en las votaciones del domingo.

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Paisajes sonoros

Columna publicada el 29 de septiembre de 2016 en El Espectador.

En su discurso del lunes, Timochenko, o Rodrigo Londoño, como deberíamos llamarle ahora, les “ofreció” perdón a los y las colombianas por el daño que han causado las Farc.

El verbo que usó es, digamos, curioso, porque uno “ofrece disculpas” y “pide perdón”, pero el contexto en que lo dijo no dio lugar a ambigüedades. Frente a los medios, frente a una plaza llena de civiles que representaban a muchos sectores del país, frente a las víctimas, pidió el perdón reticente que tanto le hemos reclamado a la guerrilla (y que también nos compete a todos: Ejército, Estado, políticos, paras, financiadores de cada uno de los bandos, e incluso los ciudadanos que hemos visto la guerra a través del noticiero). Fue la frase memorable que salvó un discurso farragoso, la más contundente señal de esperanza de toda la ceremonia de firma de los acuerdos de paz.

Luego vino un momento inesperado, pero cargado de tanta fuerza simbólica que ha podido reemplazar todos los discursos: cuando Londoño hacía esa impajaritable referencia a García Márquez que aparece en todos los discursos políticos que buscan “conectar con el pueblo” (y que siempre pasa por alto la ironía de que Cien años de soledad sea precisamente una gran crítica a la guerra y a la política colombiana), el estridente ruido de un avión Kfir (con los que bombardeaban a las Farc) le cortó la voz. Es más, vimos a Londoño palidecer, mirar hacia arriba con miedo, recobrar el aliento, esperar, sonreír y soltar la segunda mejor frase de su discurso: “esta vez pasaron para saludar la paz y no para tirar bombas”.

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Columna publicada el 24 de agosto de 2016 en El Espectador.

olombia ha estado en conflicto (casi) permanente desde la Guerra de los Mil Días.

La historia del país está marcada por generaciones y generaciones que vivieron en medio de la violencia, la desigualdad y el despojo. No conocemos otro entorno que no sea el conflicto y la sospecha. En un contexto como este, decir sí, creer que un acuerdo de paz es posible, imaginar otro país con optimismo y no con vergüenza, es un acto revolucionario.

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Derechos de las mujeres: la medida de paz

Columna publicada el 8 de marzo de 2016 en El Espectador.

“La cultura de un pueblo se mide en la participación que la mujer tenga en los destinos de ese pueblo” decía, Baldomero Sanín Cano en su ensayo-discurso Evaluación social de la mujer, en 1927, cuando Colombia empezó a discutir los derechos de las mujeres. Hoy, casi un siglo más tarde, y después de tantas conquistas en materia de derechos para las colombianas, la frase tiene una vigencia decisiva: nuestra capacidad de construir una paz sostenible y duradera está directamente relacionada con las garantías de los derechos de las mujeres y su participación en los procesos de paz.

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¡Adelante Jineth!

Columna publicada el 4 de febrero de 2016 en El Espectador.

La periodista y defensora de derechos humanos, Jineth Bedoya lleva 15 años pidiendo justicia por los delitos de secuestro, tortura y violencia sexual de los que fue víctima. No han sido 15 años de espera pasiva, durante este tiempo, Bedoya ha realizado un valiente trabajo en defensa de las mujeres víctimas de violencia en Colombia y se ha convertido en un símbolo como mujer periodista sobreviviente a la violencia. ¡No es hora de callar! la campaña que lidera, se ha convertido en un referente internacional y es uno de los más sólidos movimientos de víctimas en Colombia. El martes de esta semana uno de sus victimarios, el exparamilitar Mario Jaimes conocido como el Panadero, aceptó los cargos y pidió perdón públicamente a la periodista.

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Hace treinta años

Columna publicada el 7 de noviembre de 2015 en El Heraldo

Hace treinta años estaba en casa con mis abuelas en Barranquilla, triste porque era la víspera de mi cumpleaños, y mi mamá estaba de viaje en República Dominicana. Mis abuelas me tenían ocupada haciendo manualidades: la idea era que yo iba a ayudar a hacer las sorpresas de mi fiesta, armar las cajitas, llenarlas de dulces. Recuerdo que mi bisabuela salió de la cocina, corriendo, a prender el televisor del comedor, que era de perilla, blanco y negro. Se escuchó la voz de un locutor de noticias que paralizó la casa. Mis dos abuelas y Anita, la empleada doméstica, se acercaron perplejas al televisor. Mi abuela dijo que nos fuéramos a su cuarto, donde estaba el televisor a color en una mesita bajo la ventana. Tras ajustar las antenas empezaron a verse llamas en la pantalla. Yo recuerdo con toda claridad esta imagen de las llamas que dejó a mis abuelas estupefactas y calladas.

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