periodismo

La periodista que puso el pecho

Perfil publicado en El Espectador el 10 de diciembre de 2016.

La foto de la periodista Lorena Beltrán en la portada de El Espectador es el desnudo más revolucionario que se ha visto en los últimos años en Colombia. En la foto, Beltrán muestra con honor las cicatrices que le dejó el cuestionado médico Francisco Sales Puccini, después de una cirugía de reducción de busto en el 2015. Las cicatrices que hoy lleva Beltrán le atraviesan los senos y rodean el pezón, y tienen aproximadamente un centímetro de grosor. Son el testimonio de cómo un médico irresponsable puede atentar contra la identidad y la salud física, mental y emocional de sus pacientes.

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¿Palabras necias, oídos sordos?

Columna publicada el 16 de noviembre de 2016 en El Espectador.

En 2012 trabajaba como oficial de comunicaciones en Women’s Link Worldwide y una de mis tareas era observar y llevar registro del matoneo que Mónica Roa recibía en internet en respuesta a su trabajo en defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Colombia.

Era como sumergirse en un fétido estercolero para separar el odio en sus diferentes vetas. A finales de abril de ese año el matoneo se hizo más intenso y en vísperas del 10 de mayo (aniversario de la Sentencia 355/06) alguien disparó a la oficina de la organización. Quienes estaban en la oficina, entre ellas Roa, salieron ilesas, y de recuerdo quedó un hueco en el cristal de la ventana. Por supuesto, no prosperó la investigación de la Fiscalía, así que es imposible saber si ese matoneo en redes tuvo una consecuencia tridimensional, pero hoy recuerdo el incidente a la luz de la radicalización de la extrema derecha en las redes sociales y en la política. Las feministas llevamos un largo rato hablando de los peligros de la creciente misoginia en internet, pero para variar no nos tomaron en serio. Hoy pienso en todas las veces que he escuchado decir “no les hagas caso”, “no alimentes al troll” y en todo el daño que nos ha hecho esa política biempensante de “a palabras necias, oídos sordos”.

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Cimac Noticias y la voz de las mujeres

Columna publicada el 9 de marzo de 2016 en Sin Embargo.

Desde principios de la década de los ochenta, se señalaba que las mujeres no estaban presentes en las agendas de los medios mexicanos ni eran fuente de información, y menos aún eran consideradas como audiencia. Los medios, (ni antes de los ochenta ni ahora) han estado pensados para las mujeres, y el problema va desde que las noticias no nos toman en serio hasta la violencia y discriminación que sufren las reporteras. En un informe de 2005 del Instituto Nacional de las Mujeres de México, señala que del tiempo dedicado a las mujeres, “sólo tres por ciento corresponde a entrevistas o declaraciones de políticas o de deportistas de élite; 12 por ciento se relaciona con mujeres que fueron entrevistadas porque eran madres, esposas o hijas de un protagonista masculino de la información, mientras que padres, esposos e hijos en las mismas circunstancias sólo aparecieron en uno por ciento de las ocasiones. Finalmente, se observó que sólo en 18 por ciento de las noticias se hizo referencia a un asunto sobre mujeres”. Han pasado 10 años, y la desigualdad ha disminuido muy poco, basta abrir cualquier periódico para notarlo.

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¿Nota rosa o amarilla?

Columna publicada el 19 de septiembre de 2015 en El Heraldo

Debo confesar que se me hizo un nudo en la garganta al ver en YouTube la entrevista que el periodista Omar Vásquez, disfrazado de ‘La Diva Rebeca’, le hace a la actriz y presentadora Ana Karina Soto. Vásquez, con una peluca rubia, un brillante vestido rojo, una interpretación afectada y una camaradería cruel –ofensiva para travestis y mujeres–, saca su celular en medio de la entrevista, y le muestra a Soto una página porno. A continuación le dice, frente a las cámaras, que en esa página está “su video”, y le da play. Entonces Soto guarda silencio y mira anonadada al celular.

Hace años, Ana Karina Soto fue víctima de revenge porn o ‘porno de venganza’. Su pareja de ese entonces grabó, sin permiso, un video de los dos teniendo sexo después de una fiesta. No le dijo a Soto de la existencia del video. Cuando terminaron y Soto estaba a punto de casarse con el también actor Pedro Palacio, el ex-novio publicó el video en Internet. Como cuenta Soto en esta entrevista, la divulgación del video, que es una violación imperdonable a su privacidad, hizo estragos en su vida personal y profesional. No solo se rompió su relación con Palacio (que dijo estar agobiado por el video) sino que el canal para el que trabajaba no volvió a mandarla a trabajar en terreno durante un año o más. Esto sin contar con el ataque a su honra y dignidad, la violación a su privacidad, y el hostigamiento que vivió por parte de su expareja, un inconfundible crimen de género.

“¡Yo no había visto esto!”, dice Soto antes de quedarse sin palabras. Vásquez le dice cruelmente “esa eres tú”, y declara “gordi, este suceso marcó su vida indiscutiblemente”, antes de preguntarle “¿qué se siente verlo?”. Ana Karina Soto rompe en llanto frente a la mirada indolente de Vásquez y de la cámara. Nos cuenta la historia del novio abusador que la atacó divulgando el video. Suena de fondo, una melodía triste, de cajón. Nos enteramos, además, de que para Soto no hubo justicia después de este episodio, su ex no tuvo condena, y ella sufrió los impactos del acoso: hostigamiento callejero, depresión, ansiedad. Soto buscó terapia, y luego siguió viviendo tratando de no pensar en el asunto. Hasta ahora. Vásquez continúa: “¿que se siente ser la puta del país?”. Luego, el video de YouTube es retomado por un sinnúmero de medios de comunicación como la gran ‘chiva’ periodística.

Debería darles vergüenza a los medios y especialmente a Vásquez (que se disfraza de drag para atacar con misoginia a su entrevistada) revictimizar a una mujer inocente en público para ganar clics. Soto no merecía que la obligaran a hablar en cámaras de un evento traumático, es una mujer sobreviviente de un ataque de género y su intimidad debe ser respetada. El porno de venganza no es un chiste, ni una nota roja, es un problema mundial del que somos víctimas especialmente las mujeres, es un ataque a nuestra moral sexual, y un peligro latente que enfrentamos todas hoy en día. De nada tiene que avergonzarse Ana Karina Soto, ni le debe a nadie una explicación. Lo que se merece Soto es que le pidan, como mínimo, una disculpa. El periodismo está para darle dignidad a la voz de las víctimas, no para violar la vida privada de los ciudadanos, ni para revictimizar morbosamente a las mujeres.

Los motivos del crimen

Columna publicada el 18 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Protesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: FácticoProtesta frente a la PGJDF el 16 de agosto. Foto: Fáctico

Les voy a contestar la gran pregunta que aún nos ronda sobre el multihomicidio ocurrido hace dos semanas en la colonia Narvarte: ¿por qué los mataron?

A juzgar por cómo lo cuentan los medios, esta es una gran película de misterio con coloridos personajes: la activista y el fotoperiodista (¿tenían una relación sentimental o eran parte de una conspiración para revelar un secreto de Duarte que fuese aún más oscuro que la información que ya es pública?); la maquillista con conexiones en la política Michoacana; la empleada doméstica, olvidada, pero inocente, que estaba en el lugar equivocado; y, para completar este capítulo policíaco de “Medias de seda”, una colombiana, buscona y mostrona (“como somos las colombianas”), ¿edecán?, ¿trabajadora sexual?, ¿narcotraficante?, anunciaron antes de darnos su nombre y luego sacaron fotos para hacer evidente su gusto por todo lo brillante, desde el misterioso Mustang en el que “huyeron los asesinos” hasta su elección de bikinis dorados.

Entonces nos preguntamos por qué estaban estas cuatro personas juntas en el apartamento un viernes durante el día, cómo fue que la quinta roommate tuvo la suerte de salvarse por ir al trabajo (recuerden amigos, cumplir el horario godín los mantendrá a salvo). ¿Qué tenían que ver los unos con los otros? ¿Cuál es el mensaje que envía un asesinato tan brutal que según la PGJDF fue exprés: en 40 minutos, que vienen siendo 10 minutos por víctima? ¿Fue para silenciar una vez más la libertad de expresión y el ejercicio a la protesta? Esta hipótesis no es muy taquillera entre los medios oficialistas que seguro se preguntan: ¿para qué quedarnos en eso de la censura cuando tenemos a una “prostituta” y un departamento lleno de drogadictos”? Sexo, drogas y rocanrol. ¿Qué más quieren?

Porque, además, ya sabemos que en el cenicero del cuarto de Nada Vera había rastros de marihuana y que un vecino, que también contó que al departamento entraban “extranjeros de diversas nacionalidades”, les gritaba que dejaran de “quemarle las barbas al diablo” que al parecer es vernáculo para “dejen de fumar porro.” Nadia: marihuanera de vida díscola. También encontraron una sospechosísima pastilla con forma de corazón, como esa que se comió Leonardo DiCaprio en la película de Romeo y Julieta, y que después lo puso “todo loco” y por “sus locuras” todo el mundo se murió. Pero esperen, peor aún, Rubén Espinosa dio positivo para, cha channnn, ¡cocaína!

La trama del entrelíneas nos dice que seguro la colombiana era una puta que tenía tormentosos amoríos con un dealer, y Nadia y Rubén, que eran unos hedonistas irresponsables, llegaron a afteriar y le marcaron al dealer violento que en vez de venderles drogas se ensañó en asesinarlos, y torturar especialmente a Mile Virginia Martín, que, como toda femme fatale, “lo merecía”. Por ahí saltan algunos personajes secundarios como “El viene viene” y “El malabarista” a quienes podemos darles una o dos líneas en la historia, para poder así salpicar a todos los grupos vulnerables de la ciudad –porque los hombres también son discriminados por clase, no lo olvidemos–.

Con el pequeño detalle de que no vivimos en una película, sino en la realidad. En la realidad, el dealer que te lleva drogas a la casa no te mata, porque si lo hiciera se le acabaría el negocio. En la realidad, esos mismos periodistas que con altisonancia escriben “drogas”, quizás se echan ¿de vez en cuando? un pase y un porro el fin de semana igualito que Nadia y Rubén. ¿No se dan cuenta de que cuando escriben sus notas amarillistas, su hipocresía contribuye a la impunidad de los crímenes contra sus colegas? ¿De cuándo acá dar positivo en un examen de drogas prueba que se trata de un consumidor sistemático, o problemático (que no son lo mismo, hay consumidores funcionales)?  En la vida real, ese “bajo mundo de las drogas” no es tan bajo; el mundo de los consumidores es bastante pedestre y seguro, como lo atestiguan las largas filas en los baños de las fiestas del D.F.

A todas estas sería importante diferenciar entre narcotraficantes (ilegal) y consumidores (legal) y recordar que el consumo de ninguna manera implica tráfico de drogas. También que la razón del narcotráfico no son los consumidores; los consumidores existían desde siempre, mucho antes de que existieran los narcotraficantes, cuya única razón de ser es la prohibición de algunas drogas (drogas como el alcohol, la nicotina, el azúcar, y la religión no están prohibidas), prohibición que no se ha levantado porque el negocio resulta más lucrativo para “los poderosos” si se mantiene en la ilegalidad.

Pero ahora hablemos de “La colombiana”. ¿Cómo es que una muchacha “de cuna humilde” logró viajar a México y tener un Mustang? Seguro, era algo ilegal, recuerden que “todo lo del pobre es robado”. Según una nota reciente del periódico El Tiempo en Colombia, retomada en México por el semanario Proceso, Mile Virginia Martín hizo varios “viajes sospechosos al extranjero” (es que los pobres no deberían salir ni de su barrio), y el más “sospechoso” de todos es uno a España. Ejem. Y bueno, la Visa de turista en México se le había vencido y estaba de ilegal, como me imagino que están tantas mujeres colombianas y latinoamericanas. Claro, hay detalles en el expediente que nos darían a entender otra historia, pero convenientemente, no han sido filtrados a la prensa.

Otra posibilidad es que Mile Virginia Martín tuviera un sugar daddy, lo cual, que yo sepa, no es una actividad de alto riesgo, sino un arreglo de lo más común en México y en muchos lugares del mundo. Finalmente el Mustang resultó ser del “novio”, o el amante casual, Daniel Pacheco, que ha sido detenido, y en cuya foto aparece con visibles golpes en la cara. Al parecer, Pacheco es un tipo muy torpe y se dio contra el picaporte, digo, contra la patrulla, o creo que también escuché el rumor de que “se tropezó voluntariamente contra el puño cerrado de un policía”, no estoy segura, pero, en todo caso, ya saben lo fácil que es hacerse a un ojo morado en la vida cotidiana. Antes es un milagro que no hubiera chocado el Mustang.

¿Y Mile Virginia? ¿Al fin sí era “puta”? Ella ya no puede desmentirlo. Pero, ¿y si lo fuera, qué? ¿Acaso los crímenes contra las trabajadoras sexuales sí pueden quedar en la impunidad? La fama de putas que tenemos las colombianas, y de narcotraficantes, es una fama que tiene su origen en condiciones reales: nuestro país tiene un gravísimo problema de violencia, la movilidad social es prácticamente inexistente para todos y además las mujeres tienen muy pocas oportunidades laborales y más si pertenecen a la clase trabajadora. En ese panorama, que por cierto es similar al mexicano, no es de extrañarse que muchos vean en el narcotráfico su única posibilidad para ascender socialmente, y eso, es culpa de un Estado que no le ofrece oportunidades a sus ciudadanos, y, ante un problema como el narcotráfico que afecta más a los más vulnerables, termina por criminalizar la pobreza. A eso podemos sumarle las condiciones geopolíticas y climáticas que hacen de Colombia un lugar privilegiado para la producción y distribución de drogas como la cocaína y la marihuana, que sería una ventaja, y no un problema, si estas sustancias fueran legales.

Por otro lado, en Colombia, para muchas mujeres “ser bonita” es la única forma de movilidad social y muchas veces un par de tetas de silicona son cuestión de supervivencia. A eso tenemos que sumarle que Colombia vive a diario el drama de la trata de personas, especialmente de mujeres con fines de explotación sexual. Mi país es origen, paso y destino de trata de personas y cada día es más conocido por el turismo sexual. Si muchas colombianas se dedican a la prostitución es porque venimos de un país violento que trata a las mujeres como objetos (hasta nos ofrece el ministerio de cultura en sus spots publicitarios que invitan a “venir a ver nuestros, paisajes, nuestras frutas, nuestras mujeres”). Ser trabajadora sexual, no es motivo vergüenza. Pena les debe dar a los que pagan por sexo sin preguntar por las condiciones laborales de las prostitutas, a los proxenetas explotadores, a los gobiernos cómplices de la explotación del cuerpo de las mujeres. A pesar de estas condiciones adversas, todos los y las colombianas somos personas, todos existimos, todos tenemos derecho a la dignidad. Si Mile Virginia Martín era trabajadora sexual -que no lo sabemos-, eso no la hace desechable.

Colombianos de la asociación de colombianos en México “Me muevo por Colombia” protestan en El Ángel el domingo 16 de agosto. Foto: Eliji Fukushima

Todo este discurso, que pinta buenos y malos, que nos pone a los espectadores en posición de hacer un juicio moral sobre los asesinados, solo lleva a construir una insensibilidad hacia las víctimas. “No eran como nosotros, ellos eran malos” y por eso “se lo merecían”. Pero no es así. Todas las vidas importan. Todos los muertos merecen ser nombrados. Todos los crímenes deben ser investigados exhaustivamente. “Mile Virginia sí era una cualquiera, cualquiera de nosotras” dijimos el domingo en un comunicado como asamblea de colombianos en México, Me muevo por Colombia. Lo dijimos conscientes de nuestra gran vulnerabilidad como migrantes pero también lo dijimos para hacer ver que un crimen como este nos pone en peligro a todos. Por eso pedimos #JusticiaParaMile #JusticiaParaLxsCinco y memoria para, en ella, mantenerlos vivos.

Ahora que por fin están exhaustas las líneas narrativas en esta deliberación hipotética les voy a revelar la verdad: la verdadera razón por la que mataron a Nadia, Yesenia, Mile, Olivia Alejandra y Rubén. ¿Están listos?

Los mataron porque pudieron.

Porque ninguna actividad, ilegal o no, ningún oficio, ninguna nacionalidad o gentilicio es justificación o explicación de un crimen como este. Los mataron porque en la Ciudad de México se puede cometer un crimen tan atroz a plena luz del día y en una colonia de clase media, y esto puede ocurrir con la tranquilidad de que lo más probable es que quede en la impunidad. Las cinco personas asesinadas en la Narvarte presentaban, todas, formas de vulnerabilidad que los hacían invisibles ante el Estado y esto los dejaba desprotegidos: eran casi todos migrantes, realizaban oficios irregulares o mal pagados, eran ilegales, mujeres, desplazados de la violencia, parte de una clase trabajadora invisible. Hoy muchos medios de comunicación se indignan ante este ataque a la libertad de prensa, pero siguen regateando los sueldos de los periodistas, pagándoles tarde y explotando su trabajo, y este es el momento de admitir que esas prácticas laborales inventadas en tiempos de La Plantación dejan a casi todos los periodistas de México (y de América Latina) muy vulnerables. Todas estas condiciones de vida precaria que experimentaban Olivia Alejandra, Nadia, Mile, Yesenia y Rubén, -sin cuya trágica presencia este caso no habría llegado a la prensa y serían simplemente otras cuatro mujeres asesinadas- facilitaron los asesinatos.

Los mataron porque pudieron, porque las vulnerabilidades de todos se sumaron para que el crimen pudiera ocurrir,  para hacer de las cinco personas asesinadas, ciudadanos de última categoría, con menos derechos que todos los demás, y por eso, la investigación no promete ser exhaustiva y en cambio parece que se quedará en los estereotipos comunes. En la vida real, nada podemos hacer con una serie de motivos para el asesinato si no tenemos la oportunidad, y esa oportunidad, en México, es estructural: la injusticia es el estado del Estado. Desprotección e impunidad casi absoluta: por eso los mataron.

Juego de tronos

Columna publicada el 8 de julio de 2015 en El Espectador.

La semana pasada el fiscal Montealegre hizo unas declaraciones imprecisas, amañadas y muy peligrosas: le dijo a la ciudadanía que tomar videos o hacer grabaciones de sucesos públicos y compartirlos con cualquiera que no sea “las autoridades”, o subirlas a Internet, es un delito en Colombia.

No lo es, y es muy grave que un funcionario construya, con declaraciones mentirosas, un clima de autocensura, miedo y desinformación. Recordemos que los servidores públicos cuando hablan a los medios representan la voz del Estado, por eso su libertad de expresión es menor que la de otros ciudadanos. Tener a un fiscal general inventando delitos es más que inaceptable.

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Lo escrito, escrito está

Columna publicada el 17 de junio de 2015 en El Espectador.

Este lunes fue citado a audiencia el periodista Juan Esteban Mejía por delito de injuria.

Mejía escribió un artículo para la revista Semana sobre las malas prácticas del médico general Carlos Ramos Corena, en cuya clínica fallecieron varias pacientes de cirugía estética. El artículo fue revisado por el equipo editorial de Semana que, como es normal, hizo varios cambios en el texto. Por ejemplo, en la versión original entregada por Mejía, decía “Un médico general logró fama y reconocimiento como cirujano…” y en la versión final se lee “Un hombre sin licencia se convirtió en uno de los cirujanos…”. Sobre esa imprecisión (era un médico general, no un hombre sin licencia), que en principio no fue culpa de Mejía, versa la denuncia por injuria. Ramos inicialmente denunció a Semana, pero la revista le dijo a la Fiscalía que el responsable de la nota era el periodista, que hoy ya no trabaja para ellos.

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