Plebiscito

2016: el año de la “posverdad”

Columna publicada en El Heraldo el 31 de diciembre de 2016.

Cada noviembre,  el diccionario Oxford elige una “Palabra del año”, que pretende encapsular lo más importante y representativo del año que materia de lenguaje y cultura. Las elecciones suelen estar llenas de clarividencia. En 2015, la Palabra del año fue el ‘emoji’ que llora de la risa, un guiño de inclusión a los alfabetos pictográficos que cada vez se hacen más importantes en nuestro uso del lenguaje. La palabra para el 2016, aunque acertada, es mucho menos optimista: “posverdad”.

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Los tiempos de la mentira

Columna publicada en la Revista Contacto de la Universidad del Norte, Barranquilla, edición de diciembre de 2016.

Nadie se dio cuenta de cómo las noticias falsas se tomaron las creencias populares hasta que se notó en las urnas debacles como Brexit, el No al Plebiscito del proceso de paz colombiano, la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos. Nadie se dio cuenta, pero estaba ocurriendo frente a nuestras narices.

Hace un par de años unas niñas se empezaron a desmayar en el Carmen de Bolivar. Primero dijeron que era el diablo. Pero pronto los padres de familia y hasta personal de los colegios, estaban convencidos de que la culpable era la vacuna contra el papiloma humano, que les había sido aplicada meses atrás en una campaña del Ministerio de Salud. La vacunación masiva se debió a que esta vacuna, que previene virus de de transmisión sexual del papiloma humano, que produce el cáncer de cuello uterino, es una de las principales causas de mortalidad de mujeres en Colombia. La vacuna solo es efectiva si se aplica antes de comenzar la vida sexual, y por eso se le puso a niñas en los primeros años de bachillerato. La historia tuvo eco en los medios de comunicación, que llegaron hasta a afirmar que la vacuna causaba suicidios. Aunque el Ministerio de Salud sacó miles de estudios e informes, no hubo poder humano para desmentir el mito de que la vacuna era nociva, y hasta la fecha, la cosa se discute.

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¿Palabras necias, oídos sordos?

Columna publicada el 16 de noviembre de 2016 en El Espectador.

En 2012 trabajaba como oficial de comunicaciones en Women’s Link Worldwide y una de mis tareas era observar y llevar registro del matoneo que Mónica Roa recibía en internet en respuesta a su trabajo en defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Colombia.

Era como sumergirse en un fétido estercolero para separar el odio en sus diferentes vetas. A finales de abril de ese año el matoneo se hizo más intenso y en vísperas del 10 de mayo (aniversario de la Sentencia 355/06) alguien disparó a la oficina de la organización. Quienes estaban en la oficina, entre ellas Roa, salieron ilesas, y de recuerdo quedó un hueco en el cristal de la ventana. Por supuesto, no prosperó la investigación de la Fiscalía, así que es imposible saber si ese matoneo en redes tuvo una consecuencia tridimensional, pero hoy recuerdo el incidente a la luz de la radicalización de la extrema derecha en las redes sociales y en la política. Las feministas llevamos un largo rato hablando de los peligros de la creciente misoginia en internet, pero para variar no nos tomaron en serio. Hoy pienso en todas las veces que he escuchado decir “no les hagas caso”, “no alimentes al troll” y en todo el daño que nos ha hecho esa política biempensante de “a palabras necias, oídos sordos”.

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No había vivido lo suficiente para saber que el corazón se te desgarra porque falla un acuerdo político

Columna publicada en Univisión el 6 de octubre de 2016.

Hay una anécdota que funciona perfectamente para explicar la relación que tenemos los y las colombianas con eso que podría llamarse el orgullo patrio: nos inventamos que habíamos sido elegidos como el país con el tercer himno más hermoso del mundo. El rumor se regó como pólvora y pocos preguntaron por la naturaleza de tan particular competencia, ¿cómo eran las categorías? ¿quiénes fueron los jueces? Eso sí, lo que estaba claro era que había ganado la Marseillaise.

Esta anécdota inventada nos dice mucho de los colombianos y nuestro nacionalismo vergonzante: solo diciendo que quedamos de terceros la historia era creíble. Un primer lugar habría sido cuestionado inmediatamente por cualquier colombiano. Esta arraigada costumbre de hacernos zancadilla, de no confiar en nosotros mismos, es uno de los sinos que explican que, ante la sorpresa de todos, incluso de la oposición, ganara el No a los acuerdos de paz en las votaciones del domingo.

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Al son que me toquen bailo

Columna publicada el 10 de septiembre de 2016 en El Heraldo.

Arturo Char, senador de Cambio Radical y hermano del alcalde de Barranquilla, acaba de hacer público su voto por el “Sí” en el plebiscito con una salsa, compuesta por él mismo, en donde invita a decir “Sí a la paz”. Así lo reveló La Silla Caribe, en una entrevista reciente en donde le preguntan al senador por qué su preferencia es tan unívoca, cuando el líder de su partido, Germán Vargas Lleras, y su mismo hermano (que tiene aspiraciones a la vicepresidencia en clave con Vargas Lleras), se han mostrado ambiguos en su “sí, pero con reservas” a los acuerdos de paz. Arturo Char contesta que tanto el vicepresidente como el alcalde apoyan el proceso “a su manera”, que están “muy ocupados”, “con muchas cosas en la cabeza”, que las reservas son técnicas y que todos, como él, están emocionados.

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La falacia de la cárcel

Columna publicada el 7 de septiembre de 2016 en El Espectador.

Uno de los argumentos para votar “No” en el plebiscito que ha hecho eco entre los y las colombianas es “que la guerrilla no pagará cárcel”.

Esto de entrada es falso, pues solo habrá amnistía para delitos políticos y conexos, pero no para los crímenes de lesa humanidad como el secuestro, las desapariciones y violencia sexual. Es decir, estos crímenes necesariamente tendrán que ser sancionados en el sistema de Jurisdicción especial para la paz, y ahí se determinará si el castigo será la cárcel (entre 15 a 20 años para quienes se nieguen a confesar y dar información que permita reparar a las víctimas, y penas alternativas haciendo labores restauradoras, como desminar los campos o construir obras públicas, para los y las que sí colaboren con los procesos de justicia). Como explica Rodrigo Uprimny en uno de los recientes videos de DeJusticia, “no es verdad que esta sea una paz con impunidad”; habrá justicia, pero una justicia distinta.

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