sexo

Menstruación o miedo

Columna publicada el 18 de septiembre de 2015 en Sin Embargo.

Foto de la artista Rupi Kaur.Foto de la artista Rupi Kaur.

Hace unos años estaba yo muy emocionada con un flamante novio nuevo. Llevábamos tres meses, pero por cosas de viajes no nos había tocado estar juntos cuando yo tuviese la regla. Finalmente llegó ese día que siempre llega a toda relación heterosexual, el día en que nos daríamos besos y él bajaría su mano hasta mi entrepierna para sentir una barrera de algodón y plástico, y tendríamos que hablar al respecto. Antes de continuar quiero llamar la atención sobre que los bio-hombres en relaciones heterosexuales rara vez hacen pregunta alguna sobre la menstruación de su pareja hasta que llega este momento. Entonces me dijo “ah, no podemos tirar”, y agregó “pero no importa” con “consideración”, como para que yo no me fuera a sentir rechazada o mal. Yo, que tenía la firme intención de tener sexo según la definición clintoniana, abrí los ojos con estupor ¿cómo que no podemos? Luego me contó que a él no le importaba que las mujeres tuvieran la regla (¡ay gracias, que bueno que no te incomoda!); en sus relaciones pasadas la práctica estándar era que en “esos días” él era “muy paciente” con los cambios de ánimo y al coger hacían “otras cosas”, más específicamente, temporada de blow jobs.

Se imaginarán mi indignación. Todas las mujeres vivimos la menstruación de manera diferente y a algunas les gusta tener sexo y a otras no. Yo soy de las que sí, porque los orgasmos me alivian los cólicos y el mal humor, que no viene de una “locura hormonal” sino que es el mal genio natural fruto de sentir el cuerpo pesado y con un ligero malestar. Además esto del blowjob fest me pareció sumamente desigual. ¿Ellas no tenían orgasmos? No.

Finalmente lo conversamos y llegamos al acuerdo de que sí íbamos a coger. ¡Bien! Entonces el susodicho, con mucha galantería, trajo una toalla del baño, la puso sobre la cama, y me señaló que íbamos a coger ahí “para no manchar las sábanas”. ¿Cuál es la diferencia entre manchar unas sábanas y manchar una toalla? Básicamente que en la primera tendríamos un polvo normal, y en la segunda uno constreñido a los límites de la toalla, y en concentración para no manchar nada, es decir, un mal polvo. Porque si para coger nos vamos a poner asquientos, todo mal. Es casi imposible tirar sin manchar las sábanas de algún fluido; hasta ahora esos fluidos habían sido flujo vaginal y semen, ¿por qué con esos no había problema y con la sangre sí? La sangre menstrual es un fluido tan limpio como cualquiera, de hecho estoy casi segura de que la saliva tiene muchas más bacterias. ¿El problema es que es roja? Pues, hace rato se inventó un método muy efectivo para combatir las manchas en las telas: se llama lavar, y el mercado de detergentes y lavadoras cada vez es más sofisticado.

Toda esta anécdota de alcoba es para decirles que está muy mal que una experiencia tan definitiva de las bio-mujeres (es decir, mujeres con vagina, vulva, útero, ovarios, etc.) no se discuta, y se mantenga como un tema marginal cuya sola mención parece un conjuro para espantar a los hombres. (En serio, inténtenlo: si están hablando con un grupo de mujeres y un hombre llega de metiche a preguntar de qué hablan, contéstenle que hablan de la regla, y será como si lo hubieran multiplicado por cero). Y este rechazo a veces es institucional, ¿se acuerdan cuando el año pasado Instagram censuró la foto de una chica que tenía una mancha menstrual en el pantalón de su pijama? ¿Por qué una foto así ofende a alguien? O hace parte de una estrategia de marketing: ¿han visto como los comerciales de toallas higiénicas y tampones insisten en que la regla “huele”, en que es “incómoda”, y en que nos hace sentir “inseguras”? Es comprensible que fluidos como el orín o materias como la mierda sean simbólicamente ofensivas porque son desechos del cuerpo, pero, ¿no debería la sangre menstrual entrar en la misma categoría que la saliva, o el flujo vaginal, o la misma sangre cuando brota de otras partes del cuerpo? Y esto es especialmente raro porque cuando la sangre sale de otra parte del cuerpo es una señal de alerta: algo anda mal, hay una herida. la sangre menstrual, en cambio, por donde la miren, siempre es una buena noticia.

Está muy mal porque es muy triste y cruel construir una relación con el cuerpo de otra persona pero rechazando fluidos o momentos de ese cuerpo. Ahora, esto es aún peor cuando ese rechazo es una práctica sistemática, dentro de las parejas heterosexuales y hacia el cuerpo de las mujeres.

Foto de la artista Rupi Kaur. Esta imagen de la serie se hizo famosa pues fue censurada en Instagram.

El rechazo simbólico a la menstruación ocurre en casi todas las culturas y tiene un precio muy alto para las mujeres. No hace mucho en Latinoamérica, tener la regla era un mandato de encerrarse en la casa. Y bueno, el prejuicio más dañino y ubicuo de todos: que cuando tenemos la regla las mujeres nos volvemos locas. Y es que la gente se lo cree en serio. Levanten la mano las mujeres en relaciones heterosexuales que han visto caer al piso sus argumentos con el ad hominem de “es que estás brava porque tienes la regla”.

“Ay pero es que lo de las hormonas es cierto, es biológico”. Antes que nada, todas las mujeres tenemos cuerpos diferentes y tenemos experiencias diferentes de la menstruación. Esto no solo cambia de mujer a mujer, cambia de periodo a periodo. Los cuerpos de las mujeres, para decepción de la publicidad, no son estandarizados y la experiencia de ser mujer es múltiple. Para las personas que solo entienden cosas mirando tablas de Excel esto debe ser muy dificil de digerir. Otros, muchos, dirán que darle poder coercitivo a unos cuerpos tan variables es un peligro para todos. Por eso esos chistes malísimos de que las mujeres no pueden ser cabezas de Estado porque mandarán cualquier empresa al caño en la emocionalidad de alguna regla.

El euro-falo-logo-centrismo (digamos “falogocentrismo” y demos gracias al filósofo colombiano Juan Fernando Mejía por esta palabra) nos ha hecho creer que las cosas estables y regulares son la información válida y discernible. Quizás, si a las bio-mujeres nos hubieran dejado hablar en los tiempos en que se inventó este prejuicio, habríamos propuesto que pensáramos desde los cambios, los ciclos, las olas, antes que desde las líneas y las cuadrículas. Tuvo que llegar la posmodernidad para que un par de hombres: Deleuze y Guattari, desconstruyeran y criticaran esa lógica lineal, masculina y europea, diciendo en Mil Mesetas, que las avispas tienen todo que ver con las orquídeas. Pensamos desde nuestros cuerpos porque es todo lo que tenemos. El pensamiento occidental se ha construido desde los cuerpos de los hombres y desde la negación de los cuerpos de las mujeres. Por eso nuestras categorías de lo inteligible no contemplan la diferencia, lo inesperado, lo irregular. Como no tenemos categorías, terminamos diciendo que lo inesperado o irregular no es inteligible, y eso se extiende a las mujeres y sus cuerpos. Disculpen el párrafo en jerga de filósofos pero no pude evitarlo.

Mi punto es que sí, los cuerpos de las mujeres, nuestras hormonas, nuestros cerebros, siempre están cambiando, en mayor o menor medida según cada mujer. Quizás algunas mujeres son más emocionales cuando tienen la regla, o reaccionan a todo de una manera más fuerte que lo normal, pero esto no es necesariamente malo, todos esos cambios nos permiten entender el mundo desde otros puntos de vista, y las emociones, desaforadas o no, suelen estar diciéndonos cosas importantes y muchas veces legítimas.

Además, ¿quién dijo que los hombres no son emocionales? Muy contrario al estereotipo clásico de la masculinidad, los hombres son personas, también con hormonas, cambios y emociones. Ellos también “se ponen regludos” y “hacen panchos” sin justificación hormonal aparente y más de una vez al mes, pero sin el miedo de ser acusados de irracionales por defecto.

Gloria Steinem tiene un ensayo bellísimo que se llama Si los hombres pudieran menstruar, en el que se burla de Freud y le dice que el poder de parir hace que una “envidia del útero” tenga mucho más sentido. Algunos apartes de texto (la traducción es mía): “Si los hombres pudieran menstruar, alardearían de cuánto y qué tan largos son sus períodos”, “Los estudios estadísticos mostrarían que los hombres tienen mejor rendimiento en deportes y ganan más medallas olímpicas cuando tienen sus periodo”, “Generales, políticos de derecha y fundamentalistas religiosos dirían que la menstruación es prueba de que solos los hombres pueden servir a Dios y al Estado, ocupar altos cargos, ser sacerdotes, ministros o el mismo Dios, dirían que sin la purga mensual de sus pecados las mujeres solo pueden ser sucias e impuras”, “Sin la ventaja biológica de poder medir los ciclos de la luna y los planetas, ¿cómo podría una mujer tener maestría en cualquier disciplina en la que fuera necesario un sentido del tiempo y el espacio?¿cómo podría una mujer hacer religión o filosofía, estando desconectada de los ritmos del universo?”. Amo con todo mi corazón a Gloria Steinem.

Una anécdota final: una vez otro novio me dijo en alguna pelea que era que estaba yo muy emocional por la regla. Así que una vez pasó mi periodo, seguí poniéndome la toalla higiénica todos los días como si nada. El veía las envolturas en el canasto del baño, y yo de vez en cuando me quejaba de un cólico. Por supuesto me las ingenié para no coger, y él no puso mucha resistencia. Eso sí, durante los quince días de no-regla, siguió diciéndome que mis emociones estaban exaltadas. Yo hacía caras de apapacho y él hasta llegó a jurar que el olor de mi piel había cambiado (“más almizclado” decía -jaja-). En la siguiente pelea dramática, le conté de mi experimento, que comprobó, más allá de toda duda, que puedo ser temperamental todos los días de mi vida.

Foto de la artista Rupi Kaur.

Foto de la artista Rupi Kaur.

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Reggaetón y literatura

Artículo publicado el 7 de agosto de 2015 en i-D

Entre los argumentos en contra del reggaetón uno de los más recurrentes y aceptados es que sus letras no tienen un valor cultural o literario y que por el contrario denotan una “falta de cultura”. Por supuesto, esa expresión coloquial entiende “cultura” según unos modelos hegemónicos, eurocentristas y anglocentristas, en donde la cultura viene siendo una cosa reverencial de ver y no tocar, y que incluye a, y solo puede apreciarse con, la música “clásica” o instrumental, o con música indie de guitarritas simplonas que aguadan estribillos del pop anglosajón. Por eso, la gente asociará a Beethoven con “lo culto” aunque solo lo escuche en el ringtone del celular, y tendrá una apreciación vergonzante del reggaetón que sí escucha en su cotidianidad.

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Sexo por baile

Columna publicada el 18 de julio de 2015 en El Heraldo

En una columna de Ámbito Jurídico, el abogado Eduardo Varela Pezzano habla de “El problema de prohibir los bailes eróticos en Cartagena”. Aunque el abogado argumenta que el proyecto no debe prohibir bailar reguetón o champeta a los adultos, está de acuerdo con “regular los bailes sexuales o eróticos de menores de edad”. “Los niños y niñas tienen que divertirse, pero sin incitar deseos sexuales que puedan llevar al riesgo de embarazo a una temprana edad por culpa de los colegios. Aquí no hay nada que discutir”. Yo en cambio creo que lo que hay que discutir en esa afirmación es mucho. ¿Qué es un contacto físico de tipo sexual? ¿Cuáles son los bailes de niños y cuáles son los bailes de adultos? Creo que en el debate sobre el proyecto censor del Concejo cartagenero se está dando por sentado que el reguetón y la champeta son “bailes sexuales y eróticos” y que sus movimientos pélvicos “incitan al deseo”.

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Medicar las ganas

Columna publicada el 13 de junio de 2015 en El Heraldo.

Recientemente se ha vuelto a hablar de la comercialización de una pastilla semejante al Viagra, pero para las mujeres, que serviría para tratar la ‘baja’ libido de muchas. En un artículo reciente en el Washington Post, Cindy Pearson, directora ejecutiva de la National Women’s Health Network, feminista y activista por la salud de las mujeres, cuenta que por primera vez la FDA ha aprobado la pastilla, usando el argumento de la igualdad de sexos: si hay Viagra para hombres, ¿por qué no para mujeres?

En su artículo, Pearson explica cómo muchos intentos de una droga semejante han sido entre inútiles y peligrosos. También cita las miles de ocasiones en que se ha sobremedicado masivamente a las mujeres para hacer dinero. Por ejemplo, en los 90 se impulsó el uso de drogas para la ostopenia (baja densidad en los huesos) en mujeres sanas. En varios casos, la droga causó fracturas en vez de prevenirlas. Pearson también cuenta que el flibanserin, principal compuesto de este supuesto Viagra, solo ha mostrado beneficios mínimos y a solo un 10-12% de las mujeres que lo probaron. También señala que ha tenido serios efectos secundarios como bajas de presión y desmayos (una de las desmayadas tuvo una contusión en la cabeza). Pearson dice que la disfunción sexual femenina es un invento de las farmacéuticas, no un diagnóstico científico, pues no se sabe a ciencia cierta qué es lo que causa la baja libido en las mujeres, ni si se manifiesta de manera diferente en lesbianas y en heterosexuales. A diferencia del Viagra, que resuelve un problema físicomecánico: ayuda a que suficiente sangre llegue al pene para tener una erección, el flibanserin trata los neurotransmisores del cerebro; no resuelve un problema físico (vaginitis o falta de lubricación) y en cambio intenta medicar las ganas.

Antes del problema médico está el social y filosófico. ¿Por qué crear una pastilla para aumentar la libido de las mujeres? ¿Qué es lo que hace que las mujeres tengan baja libido? La libido es un fenómeno complejo desde el punto de vista físico y psicológico. No hay una sola razón para que las mujeres rechacen el sexo, pero con mucha frecuencia la explicación es más que evidente: que sus parejas no les gustan o que no las satisfacen sexualmente. A las mujeres nos dicen desde jóvenes que debemos “sopesar unas por otras” y a veces esas “unas” es la satisfacción sexual. Hasta hace poco se nos decía de manera casi unánime que las mujeres no debíamos hablar abiertamente de sexo, por eso muchas parejas tienen serios problemas de comunicación que no permiten mejorar las relaciones sexuales. A los hombres heterosexuales les han enseñado que la finalidad del sexo es la penetración y que se acaba cuando ellos ‘se vienen’. Como las mujeres son tan ‘complicadas’ y sus orgasmos son una cosa mágica e incomprensible, mejor ni ocuparse de ellos. En realidad, respetar, escuchar, y pedir consentimiento puede ser más barato y efectivo para levantar la libido de las mujeres. Es importante revolucionar socialmente la manera machista en que entendemos el sexo antes de caer en el facilismo peligroso de drogarnos. Pero, ya que la FDA está tan preocupada por la igualdad de sexos, ¿para cuándo los anticonceptivos para hombres?

Do you swallow?

Entrevista publicada en Sin Embargo el 27 de enero de 2015.

Beatriz Preciado

 

Beatriz Preciado (también conocida como Paul. B. Preciado) es una/o  de las/os  filósofos/as que lidera la vanguardia en Teoría Queer. Sus libros (los más populares son Manifiesto Contrasexual y Testo Yonqui) son una mezcla de manifiesto filosófico y performance, una especie de academia experimental que se escribe desde el propio cuerpo.

Preciado se doctoró en Teoría de la Arquitectura en Princeton e hizo una maestría en Filosofía contemporánea y Teoría de género en la New School for Social Research de Nueva York, donde tuvo como maestros a Ágnes Heller y Jacques Derridá. Su trabajo en filosofía retoma a autores contemporáneos como Deleuze, Guattari y Foucault, con quienes cuestiona los procesos biopolíticos de la cultura. Para él, las barreras entre “mujer” y “hombre” son tan arbitrarias como la delimitación de las fronteras en los países. Su crítica también señala a una sociedad de consumo dispuesta a permitir y vender todo tipo de intervenciones y modificaciones corporales para que se ajusten al canon pero que, al mismo tiempo, rechaza toda intervención que particularice al sujeto. Tras una investigación sobre la píldora anticonceptiva -o, mejor dicho, sobre las hormonas que consumimos y por qué las consumimos-, empezó a experimentar en él misma con testosterona, un ejercicio que dio origen a uno de sus manifiestos más famosos.

No es “hombre”, ni es“mujer”; no es “heterosexual”, ni “homosexual”, ni “transexual”. Simplemente es. Todo su trabajo se trata de desmontar estas categorías y señalar que son construcciones arbitrarias, etiquetas. Quizás sería mejor definirla como alguien en constante revolución, que va en contra de las normas que determinan políticamente el sexo y el género. O como un ejercicio filosófico sobre la vida en su dimensión somática, carnal y corporal.

En persona, Paul es, digamos, la encarnación de los mismos cuestionamientos al género que hace en sus textos. La conocí el año pasado en el Hay Festival, en Cartagena, Colombia, donde tuve la oportunidad de entrevistarlo. Beatriz me habló de sus críticas al movimiento LGBTI y al feminismo, y también sobre sus posturas frente a la identidad, las drogas y el sexo.  Esta fue nuestra conversación:

¿Qué significa “Queer”?

Bueno, es un término que es anglosajón, pero, la verdad, podría decirse maricón, podría decirse puta, y hoy hasta se dice “cuir”, y se usa para reivindicar a las minorías sexuales.

Hay que diferenciar las políticas queer de las políticas de identidad. Queer en realidad es una injuria, un insulto del que se apropian resignificándolo los movimientos feministas y queer, retomándolo de los años 80, cuando estalló  la epidemia  del sida en EE. UU, precisamente como reacción a esas políticas de identidad que buscan la integración, ya sea de los gais y las lesbianas o de las mujeres en la sociedad dominante. El movimiento queer no busca relaciones supuestamente de igualdad y justicia dentro de la sociedad dominante.

Cuando las feminista quieren que las mujeres tengan los mismos derechos de los hombres o, en el caso de los homosexuales, que los homosexuales tengan los mismos derechos de los heterosexuales (derecho al matrimonio, derecho a la adopción), hay unos grupos que, por el contrario, dicen  “nosotros no queremos la igualdad dentro la norma heterosexual sino que lo que queremos es cuestionar la norma e inventar otras formas de relación social. No hacemos políticas gais o feministas; hacemos políticas queer, que cuestionan la norma“.

¿Qué opina del movimiento global por el matrimonio igualitario que en ciertos momentos ha usado como estrategia la comunidad homosexual para mostrarse como “normal“ y “tradicional“?

Sería erróneo hacer de la normalización de los homosexuales en la sociedad un objetivo político. Me parece más interesante poner en cuestión el matrimonio, que reúne a dos personas y las imagina como una célula de reproducción nacional. Cuando en Europa han aparecido las luchas para pedir el matrimonio homosexual, -aunque yo soy antimatrimonio-, he tenido que apoyar al movimiento porque la reacción homófoba ha sido tan fuerte y ha generado unas violencias sociales tan terribles que uno dice “bueno, si esto es lo que pensáis de la homosexualidad pues eso hay que batallarlo“.

Hay dos estrategias distintas: la crítica de la norma y transformación de la norma. El hecho de que dos personas homosexuales se puedan casar cambia el escenario político en el que de alguna manera la sociedad dominante ve el matrimonio. Estas políticas pueden ser estratégicas y hasta necesarias, pero no pueden ser el único objetivo de los movimientos de minorías sexuales. Sin una crítica de la norma se convierten en políticas que generan injusticia y desigualdad.

¿Cuál es el papel de la heterosexualidad dentro de esas construcciones sociales?

Cuando hablamos de heterosexualidad no hablamos de una manera de hacer el amor sino de un régimen político de pensar la masculinidad y la feminidad en función de la reproducción sexual y la normalización del ciudadano. No tiene nada que ver con si a usted le gustan los chicos o las chicas. Hay que darse cuenta de que por tu posición tienes un cúmulo de privilegios y de que estás situado en un lugar con poder político, no reconocerlo sería obsceno.  Por eso, uno puede tener una práctica heterosexual y ser crítico dentro de la heterosexualidad y ser incluso heterodisidente.

¿A usted le parece que la orientación sexual es una construcción política?

Creo que no hay una modificación política que no trasforme nuestras prácticas de deseo. Si tú comienzas a tener una mirada crítica respecto a la historia de la Colonización o la heterosexualidad, entonces tu mirada, el otro, cambia, y probablemente tu estructura de deseo cambia. Eso no quiere decir que, de repente, antes te gustaban los chicos y ahora te gustan las chicas, no. Lo que quiere decir es que es posible que tú imagines tu propio deseo de otro modo y de manera más abierta, e incluso que si esa posición disidente la llevas hasta el límite es posible que un día digas “no entiendo por qué sigo siendo heterosexual.“

El deseo se entiende como algo instintivo y primario ¿usted piensa que es intelectual?

No se trata de que sea intelectual. El cuerpo es un espacio de construcción política y el deseo es el lugar invisible a través del cual se construye la norma. Por eso en una sociedad hegemónica, normativa, heterosexual, ser homosexual es, sobre todo, desear de otro modo. ¿Por qué cuando un niño quiere vestirse de mujer no se le deja? Porque está trasformando su estructura de deseo y lo que está mostrando al vestirse de otro modo es que es capaz de imaginar otra realidad.

Por eso me parece tan importante la práctica artística, la plástica, el cine, porque son los lugares donde se construye y se manipula la estructura del deseo.

¿Más que en escenarios legales o de derechos humanos?

Exactamente. Esos son los lugares en los que se dialogan de manera mayoritaria las políticas dominantes,  ya sea sobre gais y lesbianas o feministas. Van a decir, “bueno, cambiemos la ley”, pero la ley es posible que no modifique la estructura de deseo. Por eso me interesa la relación entre el activismo, la crítica y el arte. Un problema es que históricamente los artistas están en un lugar, los filósofos en otro y los activistas muy, muy lejos.

¿El Manifiesto Contrasexual fue un híbrido entre academia y activismo?

El Manifiesto Contrasexual es como una locura, en el mejor sentido del término. Mucha gente no entiende el manifiesto porque lo lee como si se tratara de una palabra autoritaria y en realidad es una parodia, tiene un estatuto performativo. Me interesaba trabajar en ese género particular que es el manifiesto, que es un estatuto de palabra que no busca representar nada, sino movilizar la realidad. Es como un puño que intenta golpear lo real y trasformarlo.

¿Como arte conceptual?

Exacto. Ese texto en realidad surgió de que yo estaba en un departamento de teoría de arquitectura y empecé a trabajar mucho sobre la historia de la sexualidad como historia de las tecnologías. Entonces el debate en el que yo estaba era con respecto a los juguetes sexuales, los dildos… y bueno, era algo muy histriónico porque en los debates feministas o lesbianos, si alguien hablaba de un dildo era como “¡oh, aquello es la representación del falo, el poder que viene a inmiscuirse en las relaciones lesbianas!”, y de pronto sacaban nociones psicoanalíticas lacanianas por todas partes. Nosotros en el departamento de arquitectura aprendíamos a entender la historia industrial del diseño desde el punto de vista de las historia de las tecnologías. Por ejemplo, yo me di cuenta de que el vibrador no es un sustituto del pene sino de la mano, la mano masturbadora. Con eso cambia mucho su lectura. El pene es una de las variantes del dildo, y no al contrario.

Usted también ha escrito sobre el condón y la píldora…

Cuando empecé a hacer una genealogía crítica de las hormonas, estaba mirando la historia de la comercialización de las hormonas sexuales y me encuentro con la píldora, que es el fármaco más vendido de la historia de la humanidad, la clave de la trasformación histórica y política del siglo XX, y me encuentro con un conjunto de elementos que desconocía. La píldora se inventa en los años 50 y se pone a prueba en Riopiedras, en Puerto Rico, pues se piensa originalmente como una técnica de depuración racial. En lo que están pensando es en contender el crecimiento de las razas no blancas. La altísimas dosis de estrógeno deja a una serie de mujeres esterilizadas de por vida y con otras complicaciones. Pero lo que ocurre es que cuando la píldora se ponen en venta, las mujeres blancas de clase media se apropian de la píldora y hacen algo distinto.

Usted, además, está experimentando con el consumo de testosterona, ¿cómo es eso?

En un momento dado yo decidí que quería tomar testosterona, pero no dentro de un proceso de cambio de sexo o de reasignación sexual. Yo no creo en la masculinidad y la feminidad, creo que son estructuras sociales de conocimiento que no existen en la Naturaleza y que, como la opresión de raza, han servido para materializar un dominio históricamente. Lo que me interesa es una especie de disidencia crítica de género, aunque yo entiendo que esa posición es un lujo político. Para aquellos que quieran hacer un cambio de sexo o un proceso de reasignación sexual me parece perfecto, no tengo una crítica, pero todos deben hacer un uso crítico de las tecnologías de gestión del cuerpo y de la sexualidad. Penetración vaginal con eyaculación, eso también es una técnica, entre muchas.

Después de mi aproximación crítica a la sexualidad yo no me haría un cambio de sexo. Sin mi tradición feminista seguramente yo hubiera cambiado de sexo, pero ahora me costaría identificarme como hombre y tener una posición masculina. Lo que decidí es que quería inventar, llevar a cabo, un protocolo de administración de testosterona que no fuera uno de cambio de sexo. Hoy la gente habla de inbetweens (intermedios), que son gente como yo, que no está ni en la masculinidad ni en la feminidad… pero no es que la masculinidad esté aquí, la feminidad en otro lado, y hubiera un espacio intermedio. Es, más bien, que la feminidad y la masculinidad realmente no existen.

¿Su discurso ha cambiado con los cambios que ha tenido su cuerpo al tomar testosterona?

Cuando yo escribo Testo Yonki estoy pensando en muchos protocolos que inventan otros escritores a principios del siglo que XX. Están trabajando con otras drogas que modifican la percepción, como Benjamin con el hachís o Freud con la cocaína o Micheaux con la mezcalina. Hay toda una tradición de narcoestéticas, de pensadores que usan las drogas para pensar. Para mí esa es una tradición en la que yo me inspiro.

¿Y la testosterona es una sustancia que modifica la percepción?

Claro que modifica la percepción, pero no modifica tu modo de pensar. La testosterona es un compuesto químico y produce un conjunto de variaciones endocrinológicas de temperatura, de masa muscular, pero lo mismo podemos decir del LSD, del MDMA o de la insulina o del Prozac. Es una sustancia que obviamente pasa por tu metabolismo, es una tecnología de la subjetividad, pero no modifica tu postura ideológica. Sobre todo con esa relación construida e imaginada entre violencia y testosterona. Yo no soy nada violento y la testosterona no me ha vuelto más violento en absoluto. Por ejemplo, lo que sí me dio fue un hambre tremenda, también excita sexualmente, o la excitación sexual aumenta, pero puede ser como la de ciertos momentos del ciclo menstrual. Me gusta mirarlo de una manera más transversal y más amplia. En realidad todos los cuerpos producen testosterona, progesterona y estrógeno, y trazar el límite de dónde termina un hombre y dónde comienza una mujer es muy difícil. La píldora también modifica la percepción del cuerpo que la toma.

¿De qué se trata la Farmacopornografía?

La farmacopornografía es un régimen político. Yo decido en un momento dado inventar esa noción, porque la filosofía también inventa conceptos para, no solo describir lo real, también es un ejercicio de proyección política y ficción.

¿Cómo se construye la masculinidad y la feminidad? A través de un paso por instituciones: el colegio, la academia, el espacio doméstico, el hospital (para establecer la diferencia entre lo normal y lo patológico); el espacio doméstico para establecer la diferencia entre el cuerpo productivo y reproductivo. Eso también explica por qué yo trabajo mucho con arquitectos. Porque me interesa nuestra estrecha relación con las técnicas de normalización del cuerpo y cómo son observables desde la arquitectura. Pero en el siglo XX me doy cuenta de que hay una serie de técnicas que se convierten en “el sujeto sexual”; ya no son arquitectónicas, son técnicas que podemos llamar “ligeras”, “blandas”; que tienen la forma de lo bioquímico, o que son técnicas mediáticas audiovisuales que tienen la forma de lo numérico, son digitales.

Ejemplos  puedo darte desde los más simples hasta los más complejos. Imagínate la diferencia entre un corsé del siglo XIX, que moldea el cuerpo femenino y el pecho, realzándolo, como forma de representación social en el espacio. ¿Diferencia entre el corsé y el pecho de silicona? El pecho de silicona está en el cuerpo, toma la forma del cuerpo mismo y, sobre todo, ya no puede separarse… y de ahí los conflictos interminables que ha habido con la adulteración de la silicona: las mujeres volvían a sacarse sus implantes y resulta que el implante se disolvió y se volvió parte del cuerpo. Para mí eso es un ejemplo perfecto de cómo operan las tecnologías farmacopornográficas: cuando tú tomas una píldora anticonceptiva, esta hace parte de ti. Un condón, en cambio, es una ortopedia política, hay una diferencia entre un pene y un condón, uno se pone y se retira. La píldora es un mecanismo de control por vía oral, una ingestión; de ahí que la anorexia y a la bulimia sean los males actuales, porque la relación que tenemos con el poder es una relación de oralidad y ¿qué hacemos con las tecnologías de poder? Nos las tragamos.