violencia

El ojo morado de Carolina Sanín

Columna publicada el 2 de noviembre de 2016 en El Espectador.

Escribir el título de esta columna me dio terror y dolor.

Resulta que existe un grupo en Facebook que se llama “Chompos”, en donde estudiantes de los Andes, la universidad más cara y “exclusiva” (¿o excluyente?) de este país, se dedican a reproducir y glorificar formas de violencia que están naturalizadas en Colombia: el racismo, el clasismo y el machismo. Hace unas semanas se les ocurrió hacer un meme en el que comparaban a mujeres con comida. Y no a las mujeres en general, sino a unas muy específicas: Carolina Sanín y María Paulina Baena, que son dos voces fuertes en el panorama de opinión nacional. No las escogieron para el meme por ser bonitas o atractivas, para elogiarlas por su voz o hacerles un cumplido. Lo que tienen en común Sanín y Baena es que son mujeres que se salen de los roles de género tradicionales y con eso, desafían el statu quo. Así que la manera de “devolverlas a su puesto” es reducirlas a un objeto de consumo como la comida, y todo esto envuelto en el cuentico de que es “solo un chiste”.

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Rajados en libertad de prensa

Columna publicada el 23 de diciembre de 2015 en El Espectador.

Muchos dicen que la situación de la libertad de expresión en Colombia, y especialmente la libertad de prensa, ha mejorado en los últimos años.

Sin duda ya el narco no le pone bombas a El Espectador, ni andan degollando periodistas en la capital. Esos ataques espectaculares son cosa del pasado. Ahora las amenazas son tácitas, los periodistas sabemos qué se puede decir y qué no sin que nadie nos de instrucciones, y basta el sonido de una moto rondando la casa para entrar en pánico o la posibilidad de una denuncia por injuria y calumnia —que quizá ganes aunque el proceso legal te lleve a la quiebra— para que “escojamos” callarnos. La violencia en Colombia se ha sofisticado; en eso siempre estamos a la vanguardia.

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Un paseo por lo exótico

Columna publicada el 20 de noviembre de 2015 en Sin Embargo.

Los latinoamericanos vemos y entendemos y aprendimos el mundo bajo ese filtro de “Occidente”, y nos lo aplicamos a nosotros mismos. Foto: CuartoscuroLos latinoamericanos vemos y entendemos y aprendimos el mundo bajo ese filtro de “Occidente”, y nos lo aplicamos a nosotros mismos. Foto: Cuartoscuro

En la nueva serie gringa Quantico, (koo-aahn-tee-kou) un grupo de guapos y brillantes agentes en entrenamiento para el FBI trata de descubrir quién de ellos está detrás de unos ataques terroristas en Nueva York. Por aquello de la diversidad, la serie está protagonizada por una actriz india (Priyanka Chopra), y las gemelas del grupo son de hecho ¡musulmanas! Por supuesto, cada personaje tiene un secreto. El secreto de muchos consiste en hablar por teléfono usando alguna lengua árabe.

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Tolerancia

Columna publicada el 24 de octubre de 2015 en El Heraldo

Yo no le eché gasolina a la casa, ni a ella ni a los pelaos. Tampoco los maltraté, lo único que yo hice fue prender el colchón y fue afuera de la casa”, declaró Federmann Carrillo. En la primera versión del incidente se dijo que el hombre había rociado con gasolina a su esposa, Katty Milena Reyes, y a sus tres hijos. En la foto que acompaña el artículo se puede ver la huella del colchón incinerado sobre el pasto. “Yo salí con los niños y llamé a la Policía y se lo llevaron, él ni a mí, ni a los niños nos echó gasolina”, dijo Reyes. “En ningún momento me golpeó ni a los niños, lo que quiero es que esto se arregle y que él vea por los pelaos porque yo no tengo a más nadie”, y añadió que “si de verdad” ella y los niños hubiesen sido agredidos, habría presentado cargos para encarcelarlo.

Esta noticia es paradigmática de cómo sucede la violencia doméstica. Para Reyes, una agresión sería un golpe directo a ella o a sus hijos, como si llegar borracho a sacarlos de la cama y quemar el colchón con gasolina no fuera un gesto dramáticamente violento e intimidante. Es violencia doméstica, simbólica, física y psicológica. Y no es que Reyes sea tonta o que no la pueda reconocer; como bien dice, necesita que su agresor esté libre para que la ayude con la manutención de sus hijos porque no tiene a nadie más.

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Trolls y acceso a los derechos

Por reclamar el derecho a la educación de su hijo, una madre se ha visto temporalmente desplazada y amenazada de muerte. Y es culpa de los trolls. Así como lo leen.

Axan es un niño de cuatro años que vive en la ciudad de Hermosillo, en el estado de Sonora, México y no puede estudiar. A pesar de que en México hay mil razones que dificultan el acceso a la educación de niños y niñas, a Axan le niegan su acceso a la educación por la razón más estúpida de todas: que trae el pelo largo. Axan no quiere cortarse el pelo. Es una de las primeras decisiones que toma sobre su cuerpo, como cuenta su mamá, A. de la Maza, quién le está enseñando la importancia de la autonomía corporal. A pesar de que la Constitución le garantiza a Axan su derecho a la educación, al libre desarrollo de la personalidad y a no ser discriminado por el género, el reglamento del colegio se convierte en algo incluso más importante que los derechos humanos, algo que no solo es injusto, sino peligroso. ¿Cuántas instituciones privadas violan los derechos humanos de las personas con el argumento de que ellos tienen sus propias reglas? ¿Por qué parecen más importantes los modales o las normas arbitrarias de un colegio que los derechos humanos? Con estas preguntas en mente, la madre de Axan acude a las instancias pertinentes: Conapred, Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y la Secretaría de Educación y Cultura del estado de Sonora. Además, hace una petición en la plataforma Change. Se genera una discusión y se escriben varios artículos al respecto, como Por escuelas libres de estereotipos de género y por Sociedades libres de estereotipos de género en el blog de Estefanía Vela en el El Universal, una entrevista a la madre de Axan en Vice, Flashback 80’s y Axan FAQ y El espejo de Axan en Animal Político y  mi columna en Sin Embargo, entre otros.  

Entre todo esto, se desató el trolleo.

Primero, las personas no pueden entender por qué la madre no simplemente obliga a su hijo a seguir unas reglas pendejas. La pasión con la que la gente empieza a defender la obligación de seguir reglas absurdas es brutal.

Aparentemente, si asumes una postura crítica, el Estado mexicano te desaparece: o eso podría uno entender de la cantidad de tuits que vincula no cortarse el cabello, con el destino trágico de los 43 normalistas de Ayotzinapa que llevan un año desaparecidos. El mensaje enviado con la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa fue claro y distinto: obedecer o desaparecer. La gente se lo recuerda a la mamá de Axan.

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Luego se enteran de que el hogar de Axan es monoparental, es decir, que su madre decidió tenerlo sola, y para mayor horror, que A. de la Maza es lesbiana. Entonces, los cibernautas empiezan a “denunciar” que la madre de Axan quiere “convertirlo” en una mujer, “obligándolo” a llevar el pelo largo. Empiezan a escarbar fotos de Axan en redes sociales, escogen aquellas en las que tiene un broche en el cabello para afirmar que lo “visten de niña” (aun cuando lleve pantalones y camiseta). Ser mujer o ser homosexual, se reduce a llevar un broche en la cabeza.

 

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Luego el trolleo escala a amenazas. Amenazas con “violación correctiva” a la madre de Axan, ni más ni menos.

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Las amenazas de violación se hacen extensivas a las mujeres que hemos escrito del caso, como Estefanía Vela  y yo , y a la abogada que lleva el caso de Axan, Aleh Ordóñez.

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Luego en las amenazas se incluyen fotos de armas de fuego.

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Incluida la foto de un arma de fuego junto a un papel escrito a mano que señala a la madre de Axan. Después de buscar las imágenes en internet, parece que fueron creadas especialmente para estas amenazas, pues no son reutilizadas, ni sacadas de las cuentas de fotos de algún narco o algo por el estilo.

Hace rato que el asunto dejó de ser un problema de disenso en internet, o un debate sobre las normas escolares. Ahora, hay ciudadanos mexicanos que usan las redes sociales para amenazar de muerte a una mujer que exige el derecho a la educación de su hijo. Dichas amenazas se extienden a todas las personas que apoyan a la madre, que, para sorpresa de nadie, también son mujeres. Y lo peor de todo resulta que las amenazas son para “proteger” a Axan de su propia mamá.

Algunos, supuestamente menos violentos, empiezan a decir que la petición viola los derechos a la intimidad de Axan, pues las leyes actuales son muy estrictas respecto al uso de imágenes de niños y niñas en medios de comunicación. Quizás es por esta intimidación legal que el video que aparecía en la petición de Change, en el que el mismo Axan manifiesta su deseo de llevar el pelo largo, ha sido removido de la red. Lo absurdo es que la misma ley (Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes) dice que el requisito para divulgar estas imágenes es la autorización de quien tiene la patria potestad del menor, en este caso, la madre de Axan, quien es la fuente primaria de las imágenes, autorizando implícitamente el uso de las mismas. Por otro lado, contrario a lo que dicen los trolls, estas imágenes no están siendo usadas para estigmatizar o vulnerar a Axan, sino para defender sus derechos y para discutir un problema público. Quizás deberíamos aplicar esta misma ley contra los trolls que han buscado otras imágenes de Axan en la red, y las han usado sin permiso expreso de la madre, para acompañarlas de mensajes homofóbicos y usarlas con fines amenazantes.

El presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) de Sonora, Raúl Ramírez, ya dijo que, como es evidente, la escuela está obligada a recibir a Axan, ¡y con el pelo largo! “Sí es una discriminación, porque por más que firmen contrato los derechos humanos son irrenunciables”, dijo Ramírez. Sin embargo, las declaraciones del presidente de la CEDH no restauran ni garantizan los derechos de Axan, cuya situación se hizo aún más compleja:

Ante amenazas de muerte y de violación correctiva, y los insistentes rumores de que “la vamos a denunciar ante el DIF para que le quiten a su hijo”, A de la Maza tuvo que salir, temporalmente, de Hermosillo. No puede ni quiere irse a vivir a otro lugar porque no se trata de escapar a donde sí le permitan ejercer sus derechos, se trata de que los derechos otorgados en la Constitución se garanticen a todos los niños y niñas de México. Por eso, hoy Axan y su madre no pueden estar aquí ni allá, se encuentran en situación temporal de desplazamiento forzado por misoginia en internet. Y todo por defender el derecho a la educación y libre desarrollo de la personalidad de su hijo.

¿Cómo afrontar estas amenazas? ¿De verdad tendría que andar con escoltas o policías una madre cualquiera y su hijo? Quienes escribimos sobre el caso y resultamos trolleadas, al menos nos vemos en el marco de las agresiones a la libertad de expresión, pero ¿y la madre?, ¿y la abogada? y, en todo caso, ¿por qué alguna de nosotras tendría que sentir tan siquiera un poquito de miedo por pedir que se le garantice el derecho a la educación a un niño?

Lo peor es que hay una respuesta para esto. Tanto en internet como en los espacios tridimensionales, está mal visto y es amenazante que las mujeres hablen en público y defiendan derechos. A las mujeres se nos permite hablar en público para ser víctimas, pero no para tomar posturas críticas ante la sociedad. Las mujeres que invitan a otras mujeres a hablar en voz alta son doblemente peligrosas. Por eso, que una madre se movilice para reclamar el derecho a la educación de su hijo será bien vista siempre y cuando lo haga desde el papel de víctima, y sin cuestionar a la sociedad. Que una mujer cuestione los estereotipos de género es un doble desafío, pues con su mensaje y con su gesto se sale de lo que le permiten las estructuras de poder. Puede ser algo tan sencillo como un corte de pelo. Lo que se pone en juego es el “orden” de la sociedad, un orden en el que las mujeres, los niños y niñas, los y las ancianas, los y las indígenas, o negras, o pardos, son ciudadanes de segunda categoría. Por eso, que cualquiera de estos grupos exijan sus derechos es altamente problemático: ¿qué tal que nos demos cuenta de que somos personas?

La misoginia en internet tiene una forma muy definida: hay una especial saña en los ataques hacia las mujeres y rápidamente las amenazas se dirigen hacia las familias de las mujeres y/o tienen contenido sexual, por ejemplo, se amenaza con violación. También comienzan por atacar la moral sexual de las mujeres, es decir, esta mujer no puede hablar porque es puta, o promiscua, o lesbiana, o frígida (porque no hay forma de ganar). También hay ataques a la inteligencia o la capacidad de raciocinio de las mujeres, entonces somos brutas, locas, no entendemos, “no vemos más allá”. Estos elementos son persistentes a todos los trolleos a mujeres en internet (aquí, y aquí pueden ver otros casos sobre los que he escrito, y aquí un artículo de la Fundación Karisma sobre el mismo tema) y son un problema real porque la misoginia en internet vulnera efectivamente nuestra libertad de expresión y nuestro acceso a los derechos. Como acaba de ocurrir con Axan.

¿Cómo regular el discurso de odio de los trolls? Una amenaza de asesinato o  violación correctiva no hace parte de la libertad de expresión, es discurso de odio. Este es un discurso que ataca a la persona o grupo con base en atributos como el género u el origen ético y que incita a tomar acciones violentas en su contra, un discurso que, por supuesto no está protegido por la libertad de expresión. Por si acaso alguien se pregunta cómo diferenciar entre un insulto cualquiera y un discurso de odio hay una prueba sencilla: si se está usando para callar a alguien que exige derechos, no es libertad de expresión.

Sin embargo, muchas veces el discurso de odio es visto como algo normal, especialmente cuando es contra las mujeres. En Latinoamérica decir “muere puta lesbiana engendro del demonio” es algo hasta casual, y por eso, la misoginia en Internet contra las mujeres se convierte en un discurso de odio sin censura social manifiesta.

Por otro lado, no tenemos mecanismos efectivos; no hay manera de evaluar estas amenazas. Como el discurso de odio es emocional e irracional, no hay manera de saber cuáles de esos trolls se quedarán en amenazas verbales y cuáles tienen la intención de violar o matar. A juzgar por las imágenes de armas, lo mínimo que podemos asumir es que tienen la intención y los medios para hacerlo. Quizás nunca cumplan materialmente, pero basta con la sensación de inseguridad y ansiedad que provocan para que cada mujer se lo piense dos veces antes de decir algo en internet, y que se lo piense tres antes de reclamar sus derechos. El daño psicosocial que producen los ataques de misoginia en Internet no cabe en ninguna ecuación de riesgo.

 

El anonimato, aunque es un derecho importante para los usuarios de Internet y debe ser protegido, juega en nuestra contra en caso de misoginia en Internet pues se convierte en un factor de incertidumbre cuando no sabemos quiénes son los usuarios que lanzan amenazas; es decir, el troll puede ser cualquiera. A esto se suma la razonable desconfianza de las mujeres a los sistemas legales que deben protegerlas. Sin duda, los mecanismos legales y penales son insuficientes para controlar el problema de los trolls, por eso, es importante tener una aproximación holística al problema. Quizás, lo más dificil de todo es que los ataques de ciberviolencia no son tomados en serio, como si lo que ocurre en internet no fuera parte de la “vida real”. Es ridículo creer que una amenaza de asesinato o de violación correctiva se resuelve con un “ignóralos, la gente está muy loca”, y sin embargo, esta es con frecuencia la reacción de la fuerza pública y jueces.

“La libertad de expresión es un derecho fundamental y su preservación requiere la vigilancia de todos”, afirma el informe de Naciones Unidas, y esto quiere decir que que cada cibernauta tiene una responsabilidad compartida con los casos de ciberviolencia. Por ejemplo, los usuarios de Twitter tenemos una responsabilidad ética de denunciar las cuentas de donde vinieron los ataques. Pero eso no es suficiente. Solo podremos usar el increíble potencial de Internet para defender nuestros derechos, de manera efectiva,  si entre todos construimos un espacio en donde la gente pueda exigir sus derechos fundamentales sin ser perseguida. Y para esto tenemos que darnos cuenta de que los perseguidores no son los otros, cuentas de Twitter anónimas, identidades abstractas. Son, en cambio, personas muy reales, con una violencia muy real que a la menor provocación desata su antropofagia. Online y Offline, necesitamos educación, sensibilidad, debate, para lidiar con toda esa rabia.

Queridos trolls

Columna publicada el 4 de agosto de 2015 en Sin Embargo.

Foto: Tomada de InternetFoto: Tomada de Internet

Desde que empecé a publicar textos en Internet (2006, pero con mayor regularidad en el 2008) recibo insultos que tienen que ver conmigo y con mi vida privada antes que con los argumentos de mis columnas. En los foros de mi columna en El Espectador hay un largo debate sobre si soy “fea” o “bonita”, también sobre si soy “promiscua” o “frígida”, y con cierta ubicuidad me dicen “puta”. Ninguno de estos apelativos es un insulto en sí mismo, puta es un oficio, y en mi caso, una imprecisión, pero la razón por la que esa palabra se convierte en un insulto es porque se siente y se reconoce la rabia y el odio con que la escriben. Luego vienen los insultos sobre mi estupidez, y mi “falta de preparación” (tengo dos carreras, y una maestría y 9 años escribiendo, pero ya sabemos que no tiene que ver con eso). A mi mamá la han buscado varias veces en redes para preguntarle “¿por qué no me abortó?”. La primera vez se sintió ofendida y asustada, lo conversamos y acordamos una respuesta que ella usa con mucha gracia cada vez que esto sucede. Luego me casé y resulta que mi marido es una “víctima” y un “mandilón”, y cada rato lo invocan para que venga y me “regule”. A él también le toca contestarle a los trolls.

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Cuando comencé a escribir me dijeron que esto era lo normal. Internet es así. Y si quieres escribir en público sobre temas públicos así reacciona la gente que “está muy loca”. Incluso que estos insultos son un indicador de éxito de las columnas. Sin duda, para hacer opinión, se necesita una piel dura. Si todo el mundo está de acuerdo con lo que dices, pues algo estás haciendo mal. Así que, en tiempos de Internet, cuando los lectores contestan, las peleas son más que esperadas. Además, a mí me encanta debatir, es lo que más me apasiona en la vida. Me gusta esa gimnasia socrática y creo sinceramente que el lugar natural para un filósofo en el mundo contemporáneo es el periodismo de opinión. Pero me gusta debatir en condiciones de igualdad, ni siquiera de respeto, de igualdad. El problema es que mis colegas columnistas hombres pelean para discutir sus argumentos. Nadie les saca a la esposa, no buscan a sus mamás ni a nadie de sus familias. No intentan desprestigiar su moral sexual, no hablan de su apariencia. Sé, además, que mis colegas columnistas mujeres, blogueras, periodistas, tuiteras, se enfrentan a lo mismo que yo, si no peor.

Un ejemplo de la prensa mexicana, en donde hay muchísimos periodistas con opiniones radicales con las que podemos estar de acuerdo o no, es lo que sucede con una periodista mujer, como Sanjuana Martínez, que cuando habla, resulta que es una loca, histérica, extremista, como quien dice, la mismísima Medea. Pero cuando un periodista hombre hombre habla, y dice algo equivalente, le dicen que está “enajenado por la ideología”. También me dijeron el otro día que “hay muchas periodistas mediocres que se escudan con que son ataques de género”. Resulta que también hay muchos periodistas hombres mediocres, los hay de sobra, y yo no los veo defendiendo a capa y espada sus pendejadas en Twitter. A las mujeres nos piden miles de “certificados de calidad” para poder hablar, mientras los hombres, simplemente hablan. He tenido miles de conversaciones sobre cómo manejar a un acosador que envía mensajes por el interno, de esos que de un día para otro le dan like a todas tus fotos de 2010. A otras colegas les han hecho doxxing (revelar sus datos personales, donde viven y cómo encontrarlas). Todas somos brujas, amas de casa, locas, histéricas, desesperadas, emocionales. Me repito todos los días que lo que me dicen a mí no es nada, que muchas mujeres lo tienen mucho peor. Y es verdad.

Un ejemplo: el año pasado, el senador José María Martínez, (@chemamtzmtz) mojó prensa al convertirse en Presidente de la discriminadora “Comisión de la familia”. En ese entonces la abogada y académica feminista Estefanía Vela (@samnbk), muy reconocida en Twitter por hablar a favor de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTI y de los derechos sexuales y reproductivos, cuestionó al senador por la comisión a través de Twitter, con mensajes que nunca respondió, y con una columna. Luego, para sorpresa y desagrado de todos, pero especialmente de ella, descubrimos que el político había usado una foto de ella, de sus ojos, que agarró de la página del CIDE, en donde Vela trabaja, como su fondo de Twitter. Martínez nunca contestó los reclamos de Vela por usar su imagen, pero sí respondió, días después, a las quejas que hicieron hombres tuiteros, dirigidas al senador. En su “explicación” Martínez dijo que “no era ella”, que era “la mujer de sus sueños”. ¿Me van a decir que eso no es intimidante?

Foto: Captura de pantalla de Twitter

A todas nos dicen, bienintencionadamente, “no les hagas caso”, “a palabras necias, oídos sordos”, “no les contestes porque los alborotas más”, el popular “don’t feed the troll”. Todas seguimos escribiendo estoicamente, haciendo como que esto es “normal”. Pero este es precisamente el problema: no es normal, es muy, muy violento. Ser mujer en internet y ponerse a opinar, es vivir en la ofensa y en la confrontación. Yo me levanto a diario a leer insultos, y aunque es evidente que no los creo -no me voy a poner a llorar porque me digan puta o estúpida-, sí siento cada vez un poquito del odio con el que lo escriben. Un odio que va dirigido a mí, Catalina, la persona, no la columnista. Tengo normalizados estos ataques, y trato de concentrarme en las críticas y los cumplidos. Sin embargo, también he pasado semanas horribles en las que me ha bajado ocho kilos y se me ha caído el pelo. A veces, si me despierto triste, me duelen un poquito más, si estoy feliz hasta me envalentonan, pero nunca, nunca me son indiferentes. Escribir pasa por hacerse vulnerable. Decir las opiniones en público es desnudarse un poquito, y es así como me tratan: como una mujer desnuda que camina en público.

Nueve años de ignorar los insultos en Internet no han hecho que disminuyan. Peor, esto de “no les digas nada” se enmarca en lo de siempre: decirnos a las mujeres que no podemos hablar porque es muy peligroso, y decirnos que si hablamos y nos atacaron fue porque nos lo buscamos. Así que, otra vez, estos insultos determinan por dónde podemos pasar, y así se construyen en internet los mismos callejones oscuros que evitamos cuando habitamos “la realidad”. Internet calca las vulnerabilidades y discriminaciones de la vida tridimensional. Todas las mujeres lo piensan dos veces antes de subir una foto o poner un comentario, porque todas estamos expuestas a lo mismo. Lo que pasa es que ni lo sentimos, pues tenemos introyectada esa autovigilancia desde pequeñas. Sabemos perfectamente como obligarnos a nosotras mismas a caminar dentro de esas líneas invisibles de la sociedad.

Mary Beard, una académica famosa por muchas razones, entre ellas por haber enfrentado a sus trolls en internet hasta hacer que uno le pidiera disculpas, tiene un ensayo llamado “Oh, cállate, querida” que leyó en una conferencia en el Museo Británico. En el ensayo habla de una de las pocas veces que aparece una mujer con una voz pública en la literatura romana. Era Lucrecia, esposa de un noble, Conlatinus, que fue violada por Tarquin, un príncipe. Lucrecia denuncia a su violador y después se suicida para conservar su virtud. Beard concluye que, en la historia de la literatura, específicamente en la literatura romana, las mujeres solo tienen voz cuando son víctimas, o cuando están hablando de sus hijos o de su familia. Lo mismo sucede hoy. Cualquier mujer que se salga de estos campos de discurso autorizados será atacada, regulada, perseguida. Cuando un hombre tiene comportamientos o asume roles femeninos es atacado. Más aún cuando habla en defensa de otras mujeres y les dice a otras mujeres que hablen: los ataques se duplican cuando una mujer incita a otras a salirse de su rol asignado, y esta es una de las razones por las que, por ejemplo, las defensoras de derechos sexuales y reproductivos, reciben aún más bilis. Hay una agresión extra que viene con el tema que tocamos: cada vez que hablamos, no solo desde una perspectiva femenina, sino propiamente de feminismo (o temas feministas, o denunciamos aquello que tiene que ver con mujeres), nos enfrentamos a que nuestro discurso se vea tergiversado, malentendido (el cuento de las “feminazis”); preso de generalizaciones absurdas (como “somos unas odia hombres”), de malentendidos que parecen intencionales (ni siquiera se esfuerzan por entender el argumento) y por ello, también somos agredidas de manera personal.

Tengo trolls de todo tipo: los ocasionales, los fachos radicales que me mandan al infierno usando mayúsculas sostenidas, los que se las tiran de racionales y escriben con apropiadas minúsculas y tildes, los que llevan años vigilando cada coma, con tanta atención y dedicación que los llamo “mis historiadores”. Aunque me digan que estos son unos “locos radicales”, pienso que son personas, que seguro salen de sus computadores e interactúan con nosotras en la vida diaria. Quizás, para muchos, ser un troll no es su identidad, es solo algo que hacen en Internet.

Pero la verdad es que no es algo que se quede en Internet. Cuando una mujer se enfrenta con un agresor en la calle, que le grita “puta”, este agresor tiene un costo más alto: su víctima le verá la cara, lo verán otras personas, él verá la cara de su víctima y su reacción y hasta de pronto hace una conexión humana. Por su parte, la víctima de la agresión ha elegido salir a la calle que asume de suyo un mundo hostil. Está vestida y en actitud de combate (así habitamos las mujeres el espacio público) y como las palabras se las lleva el viento, quizás en unas semanas ya no recuerde lo que le dijo su agresor. En cambio, en Internet, el costo para el agresor es mucho menor. Está detrás de una pantalla y no puede ver a la agredida; quizás lo hace anónimamente y entonces ni siquiera recibirá una censura social de sus pares. La víctima, en cambio, recibe este mensaje en sus objetos más íntimos: su teléfono personal, su computadora. Quizás está metida entre las cobijas viendo su feedde redes sociales, en su casa, en su intimidad, cuando es más vulnerable. Además, los mensajes en internet estarán ahí para siempre. Para siempre.

No somos conscientes de cómo las dinámicas de estas agresiones han cambiado. Pese a que el 72.% de las personas que han reportado abuso en Internet entre 2003 y 2013 fueron mujeres, cuando hablamos de la violencia en línea, no nos creen, o nos dicen que estamos siendo hipersensibles. Según Take Back The Tech, 49% de las mujeres que han experimentado violencia relacionada con la tecnología acudieron a las autoridades, y estos casos fueron investigados solo en un 41%, por eso las mujeres no le tienen fé a las autoridades. En internet, la violencia contra las mujeres puede ir desde acoso, hostigamiento, extorsión y amenazas, robo de identidad, doxxing, alteración y publicación de fotos sin consentimiento, y todas estas cosas afectan de manera real la vida de las mujeres porque generan daño a la reputación, aislamiento, alienación, movilidad limitada, depresión, miedo, ansiedad, trastornos de sueño entre otros. Las mujeres entre los 18 y los 30 son las más afectadas, la mayoría de los ataques (40%) son cometidos por personas conocidas, el 33% de las veces hay un daño emocional- Además muchos creen que esta es “una nueva forma de violencia” que necesita “nuevas leyes” cuando todas sabemos que es la misma violencia de siempre. Los derechos a la privacidad, a la libertad de expresión, a decidir libremente y el derecho a la integridad personal están interrelacionados, atacar uno afecta a todos, y crea relaciones desiguales de poder.

Por eso, mi invitación con este texto es a que lo hablemos en voz alta. No quiere decir cada mujer le tenga que contestar a cada uno de sus trolls. La vida cotidiana de las mujeres es muy violenta y si alguna no quiere echarse un pogo por Internet eso es más que comprensible. Pero creo que, en la medida de lo posible, tendríamos que visibilizar estas violencias, ser solidarias y solidarios cuando veamos que le pasan a los demás, y revisar nuestros propios argumentos en línea para evitar el sexismo. Cada vez que una mujer tiene miedo de hablar en línea, nos están silenciando un poquito a todas. Las leyes, y las medidas penales son insuficientes y peligrosas (leyes que regulen y penalicen el lenguaje pueden ser aún más restrictivas para nuestra libertad de expresión). Por eso, la única salida a este problema es la regulación social, y para eso, es importante que todos y todas, las que podamos y queramos, hagamos acciones conscientes para que internet sea menos hostil.

Y menos hostil no significa que no vayamos a pelearnos. El disenso es la fuerza vital del debate público en una democracia. No significa ser “polite” (porque con tonos y palabras amables también se puede atacar e insultar), ni es cosa de tratar a las mujeres como delicadas florecitas que se van a romper. Se trata de que logremos reconocer el impacto de nuestras palabras, de que seamos capaces de evaluar el daño que pueden hacer (¿qué vulnerabilidades interseccionales tiene la persona a la que insultamos?, ¿tiene más o menos poder que nosotros?), y de reconocer estos golpes debajo del cinturón (directo a los genitales) en la mayoría de la discusiones. Discutir sí, con sexismo no. Discutir sin olvidar que nuestras ideas no existen en el vacío, que somos personas con cuerpos y vidas que han sido determinantes para tener esas ideas, y que el mundo virtual, es tan real como cualquier de nuestras realidades.